Pepa Flores, la estrella de cine que ya no quiere brillar

La actriz Pepa Flores, en una imagen de 2014, en Málaga.
La actriz Pepa Flores, en una imagen de 2014, en Málaga.
GTRES

Es la protagonista de la semana. Pepa Flores recibió el sábado el Goya de Honor por su trayectoria cinematográfica encarnando a Marisol. Un merecido galardón que, sin embargo, ha dejado un mar de dudas y preguntas que, tal vez, no tengan respuesta nunca. Pepa decidió no acudir a recoger el máximo reconocimiento del cine español.

Fueron sus tres hijas las que, emocionadas, sostuvieron el 'cabezón' mientras pronunciaban un discurso cargado de lágrimas y pesar. Su ausencia, anunciada pocos días después de conocerse el juicio de los académicos, ha despertado un encendido debate que, como en todo, tiene dos posiciones enfrentadas e igualmente interesantes. Los que ensalzan su coherencia se dan de bruces contra los que mantienen que Pepa fue incongruente al aceptar un premio que, en efecto, loa una etapa que ella repudia. Una niñez robada que desembocó en dos intentos de suicidio, uno en Madrid y otro en Barcelona, y muchas horas de terapia.

Alejada de todo y abrazando un anonimato que nunca podrá ser, Pepa se instaló en Málaga desde donde ve la vida pasar, acompañada de sus perros, sin viajar y con pocos compromisos. Aunque no ha olvidado quién fue, apenas habla de ello. Ni siquiera con Massimo Stecchini, con el que lleva cerca de treinta años.

Ha rechazado conceder entrevistas, acudir a eventos relacionados con el cine o a presenciar homenajes (sí acudió, por ejemplo, a la entrega del galardón a la malagueña del siglo XXI). Es la forma en la que protesta contra una maquinaria que, dice, le destrozó la vida. Pepa enterró a Marisol cuando descubrió que su alter ego escondía un pozo de abusos, tocamientos y explotación.

Una conclusión que le costó compartir públicamente pero que fue clave para su desaparición mediática. Nada queda de aquella joven, de brillante talento, a la que tenían secuestrada para hacer negocio. Su descubridor, Manuel Goyanes, fue también su máximo verdugo. Pepa llegó a confesar que Goyanes no solo hizo caso omiso cuando le explicó que un fotógrafo había abusado sexualmente de ella, sino que esa misma noche lo sentó en su mesa.

Episodios lamentables que son reflejos de una vida dura que empezó a virar después de divorciarse de Carlos Goyanes, hijo de su director, y con el inicio de la relación con Antonio Gades, con quien contrajo matrimonio en Cuba con Fidel Castro como padrino.

El bailarín, con el que tuvo a sus tres hijas, fue el amor de su vida y uno de los motivos claros de su transformación. Junto a él, Pepa descubrió la libertad que nunca había conocido y empezó a rebelarse contra todos y contra todo. No solo en sus decisiones personales, sino también en las profesionales.

Tras despojarse de la candidez, de esa dulzura perfectamente encorsetada, la crítica empezó a darle la espalda. Aunque se convirtió en la actriz mejor pagada de España, nadie por aquel entonces quería que la niña rubia de ojos azules fuera una mujer. Harta de lamerse las heridas, en 1985 tomó la decisión más importante: empezar su tercera vida alejada de los focos. Y en ello está.

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