Sánchez, de la mayoría de la moción de censura a la soledad ante el 10-N

Pedro Sánchez, en el debate a cinco.
Pedro Sánchez, en el debate a cinco.
20minutos | EFE/Juan Carlos Hidalgo

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, llega más solo que nunca a la próxima cita con las urnas. Hace 19 meses, llegó a La Moncloa a hombros de la mayoría que compusieron junto al PSOE otros siete partidos. Hace siete, se presentó a las elecciones del 28-A con la expectativa de llegar a un acuerdo con Podemos. De cara al 10-N, el candidato del PSOE ha dejado atrás a todos sus antiguos socios. A Podemos, para presentarse como el único presidente posible. A los independentistas, para reforzar su firmeza sobre Cataluña. Aunque se adivinan algunos acercamientos al PP, ha evitado mostrarlos para presentarse también contra el bloque PP, Ciudadanos y Vox.

Además, el 10-N se han convertido en una ocasión para un nuevo cambio del candidato socialista, que con el avance de los días y las dificultades para subir en las encuestas ha buscado dar una mayor imagen de firmeza con medidas para Cataluña cercanas a las exigencias de Pablo Casado o Albert Rivera y situarse más al centro, alejándose de Pablo Iglesias y su insistencia en la coalición. Ante la existencia de casi un 25% de indecisos y la previsión de que Ciudadanos perderá buena parte de sus votantes, Sánchez fue virando hacia el centro, donde finalmente se instaló con el anuncio de que, si sigue en Moncloa, nombrará vicepresidenta económica a una de las ministras más alejadas de Podemos, la titular de Economía, Nadia Calviño, con la que cuenta para capear la desaceleración que viene.

Con todo, Sánchez se ha seguido reivindicando como la única alternativa para un Gobierno “progresista” y como el presidente que “sí va a dar una respuesta de izquierdas” a las demandas de los ciudadanos. Sin embargo, en la muda de piel de esta campaña se ha dejado, además de la cercanía a Iglesias, propuestas como la subida del IPRF a las rentas más altas, dentro de un programa electoral en el que sugiere que los ricos paguen más pero no detalla cómo.

Planes no previstos

Premeditado o no, Sánchez ha vivido esta transformación ante un 10-N que no parece que vaya a ser lo que el presidente y su equipo esperaban en abril o en septiembre. Factores como la sentencia del procés y su digestión en Cataluña, la desaceleración económica o el crecimiento de Vox en las encuestas han cambiado el guión del líder socialista, que pese a todo sigue presentándose como la única alternativa posible de que haya Gobierno. Se trata, dice, de elegir entre él y el bloqueo que representan a derecha y a izquierda todos los demás candidatos.

En todas las encuestas aparece como el ganador de las elecciones, pero salvo el CIS, que le concede entre 133 y 150 escaños, el resto pronostican sin excepción que en el mejor de los casos el PSOE se quedará como estaba, con 123 escaños. Es algo tan probable, según los sondeos, como que pierda diputados, una hipótesis impensable en el plan de que unas elecciones reforzarían su mayoría.

El imprevisible camino que han tomado los acontecimientos incluye también el hecho de que no han funcionado los dos puntos fuertes con los que su equipo contaba en campaña, Cataluña y la exhumación de Franco. Debían servir para contrarrestar la culpa que los electores pudieran echar a Sánchez por no haber sido capaz de llegar a un acuerdo de investidura en verano y la irrupción de Íñigo Errejón y su Más País. El PSOE primero la saludó y luego la atacó, hasta hacerle responsable de la posible pérdida de escaños progresistas en las provincias donde se presenta.

La estrategia de Sánchez en Cataluña no ha tenido éxito. El mismo día de la sentencia del procés, el presidente trató de abrir una “nueva etapa” en la crisis catalana, de recuperación de la convivencia frente al órdago independentista. Sin embargo, lo que siguió han sido semanas de disturbios de inusitada violencia en los años que ha durado el procés, que han perjudicado a Sánchez ante una parte del electorado, que desearía una mano más dura de la que suponen los recursos al Constitucional o el control sobre la administración digital de la Generalitat. Primero amagó con aplicar la Ley de Seguridad Nacional e incluso el 155; después se aferró a la “proporcionalidad” de la respuesta para no hacerlo y terminó bailando con la defensa de la plurinacionalidad que tuvo que incluir en su programa por la presión del PSC.

La complicación de la situación en Cataluña, con riesgo de "cronificarse” según alertó el propio Sánchez, hizo que la anunciada exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos no luciera tanto como esperaba el PSOE. El presidente no perdió con ella, pero probablemente ha servido más para movilizar el voto de la ultraderecha que el progresista.

Contra la derecha y la ultraderecha

Precisamente, en la recta final de campaña, Sánchez ha intensificados sus mensajes sobre el riesgo de que Vox llegue al Gobierno de la mano del PP y Cs. Con este último pudo haber pactado una cómoda mayoría de 180 diputados en mayo, pero ni Sánchez lo intentó ni Rivera lo habría aceptado, con el cordón sanitario contra él que ha levantado solo ahora, cuando Ciudadanos está en horas bajas. Ahora, el único que le garantiza apoyar su investidura si no hay otra opción pero Rivera es el candidato a quien más ha ignorado Sánchez de cara al 10-N. 

El presidente renunció en el debate a arremeter contra Abascal y su discurso xenófobo, a favor de ilegalizar el PNV o acabar con el Estado de las autonomías. Un día más tarde, corrigió el tiro con una acusación que, de momento, cierra la posibilidad de acuerdo con el PP. Acusó a Casado y Rivera de “callar y transigir” con Abascal y “achantarse” ante sus “barbaridades”.

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