Santa Marta, una placita tímida y apacible

  • Un espacio que se esconde junto a la catedral y el Palacio arzobispal y al que se sólo se asoma la Giralda.
  • Naranjos, buganvillas y gitanillas y el aroma de los jazmines o las damas de noche habitan este lugar.
  • La leyenda dice que aquí fue donde don Juan Tenorioraptó a doña Inés.
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Plaza de Santa Marta, en Sevilla.
Plaza de Santa Marta, en Sevilla.
R. G.

Desconocida incluso para muchos sevillanos, la Plaza de Santa Marta (quizás fuera mejor llamarla Placita) es un remanso de paz en medio del bullicio de la ciudad de Sevilla. El lugar donde, según la leyenda, Don Juan Tenorio raptó a doña Inés. Un espacio que se esconde junto a la catedral y el Palacio arzobispal (dos de los monumentos más visitados) y al que se sólo se asoma la Giralda.

Unos pocos naranjos, algunas buganvillas y gitanillas y el aroma de los jazmines o las damas de noche habitan este lugar oculto de las miradas, coqueto en la modestia de su empedrado y sus paredes blancas, apacible para el caminante cansado, romántica donde robar un beso furtivo… Quizás uno de los rincones más encantadores de Sevilla.

El angosto callejón de Santa Marta nos acerca hasta esta placita que no tiene más salida que el mismo paraje por el que se entra. Pasear por él es como adentrarse en otro tiempo. La plaza es uno de los pocos restos que quedan del antiguo hospital de Santa Marta, fundado en 1385.

Preside su centro una cruz de piedra sobre pedestal, procedente del antiguo hospital de San Lázaro, obra de Diego de Alcaraz en 1564.

EL MITO

La leyenda dice que esta placita fue testigo del diálogo entre don Juan y doña Inés en la obra Don Juan Tenorio de José Zorrilla:

Inés. ¿Qué es esto? Sueño..., deliro.

Juan. ¡Inés de mi corazón!

Inés. ¿Es realidad lo que miro, o es una fascinación...? Tenedme.... apenas respiro...Sombra.... huye por compasión. ¡Ay de mí...!

(Desmáyase DOÑA INÉS y DON JUAN la sostiene. La carta de DON JUAN queda en el suelo abandonada por DOÑA INÉS al desmayarse.)

Brígida. La ha fascinado vuestra repentina entrada, y el pavor la ha trastornado.

Juan. Mejor: así nos ha ahorrado la mitad de la jornada. ¡Ea! No desperdiciemos el tiempo aquí en contemplarla, si perdernos no queremos. En los brazos a tomarla voy, y cuanto antes, ganemos ese claustro solitario.

Brígida. ¡Oh, vais a sacarla así!

Juan. Necia, ¿piensas que rompí la clausura, temerario, para dejármela aquí? Mi gente abajo me espera: sígueme.

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