Lo que tal vez no sabía es que fueron industrias pecadoras –los cigarrillos y los bombones– las que estuvieron detrás del nacimiento del práctico invento. Ambas se enfrentaban al mismo dilema: ¿qué material flexible, resistente y ligero podía proteger de la humedad a ambos productos para hacérselos llegar al gran público? El aluminio, por supuesto. De modo que nació el papel albal, aunque no fue Albal, sino Reynolds quien creó la primera empresa dedicada a la producción de papel de aluminio, allá por 1919. A España llegó en los setenta. El papel de aluminio no se introdujo en los hogares americanos hasta la década de los cincuenta, veinte años antes de que llegara a España. Fue en 1976, con un célebre anuncio que mostraba a un albañil (hoy, operario de la construcción) al que se le caía su bocata a un charco, lo que le hacía jurar en arameo y, a continuación, descubrir el papel Albal. Y con ese nombre se quedó. No sabemos si gracias a aquel anuncio hoy los españoles somos los mayores consumidores de Europa de papel de aluminio: nada menos que 870.000 kilómetros al año, papel suficiente para envolver 22 veces la Tierra a la altura del Ecuador. Porque el entrañable albal sirve para muchas más cosas que para envolver alimentos. Ahí van algunas: cubrir los altos de los armarios y de la cocina para no tener que fregarlos; darse mechas en el pelo; proteger las carnes en el horno y como pelota de fútbol, a falta de una de verdad. Sin embargo, el aluminio no vive últimamente su mejor momento, tanto por la irrupción del envoltorio plástico (el no menos célebre Glad) como por la misteriosa vinculación entre el aluminio y la enfermedad del Alzheimer, recientemente descubierta.