¡Socorristas, todos al agua!

«¡Todos al agua y cinco largos para calentar!», grita Pedro a sus alumnos: Dicho y hecho.
Dos alumnos, aprendiendo a salvar vidas en una piscina.
Dos alumnos, aprendiendo a salvar vidas en una piscina.
Roberto Ruiz
Casi 40 jóvenes de 16 a 35 años dejan las chanclas a un lado y se tiran al agua. Uno por uno, en orden, comienzan a tomar cuatro de las calles de la piscina del Stadium Casablanca.

Cuando este curso haya finalizado, la mayoría de los aspirantes obtendrán su título de socorrista y podrán hacer realidad un sueño o, al menos, conseguir un dinero extra en vacaciones trabajando en una piscina.

Son las dos de la tarde y el sol es de justicia. Al momento, los alumnos se colocan aletas en los pies. Ha llegado la hora de los arrastres, en los que, por parejas, uno simula estar ahogándose mientras el otro trata de llevarlo hasta la orilla.

«Lo primero que aprenden es a tirarse a la piscina manteniendo la cabeza fuera del agua para no perder de vista a la víctima», explica Pedro.

Una vez en el agua, si la víctima está muy nerviosa y se mueve, es crucial inmovilizarla. «Una víctima nerviosa puede tener más fuerza que el socorrista», asegura Cristina, una de las aspirantes. Por eso aprenden una llave que les permite arrastrar al ahogado sin hacerle daño.

A pesar de todo, la precaución es la principal lección. Ni teoría ni primeros auxilios ni natación pueden sustituir a la vigilancia que debe mantener en todo momento un profesional del salvamento. «El mejor socorrista es aquel que nunca tiene que realizar un rescate», apostilla Cristina.

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