Existen en un vacío legal, tienen numerosos nombres, envoltorios e incluso principios activos diferentes y sus efectos precisos son difíciles de catalogar y predecir, aunque cada vez existen más evidencias de los importantes riesgos que pueden conllevar para la salud. Se trata de los canabinoides sintéticos, una enorme familia de sustancias que colectivamente reciben los nombres de 'pescao', 'hardcore' o 'spice' y que, según informa Miguel Rubio Colomer, psicólogo del Programa de Prevención de Proyecto Hombre a 20minutos, ha consumido un 42% de los jóvenes atendidos actualmente en los programas de la organización.

La existencia de esta familia de drogas está íntimamente ligada a la política prohibicionista. La penalización de las drogas (en cualquiera de sus formas) trae aparejadas una serie de dificultades para su consumo: a menudo implica precios más caros, una mayor dificultad en el acceso y, sobre todo, el riesgo de una sanción. Por ello, desde hace décadas, han sido muchos los que han buscado maneras de sortear este escollo, y una de ellas es a través de los 'legal highs' o 'colocones legales': sustancias psicoactivas que por diversas razones no están reguladas y por tanto pueden adquirirse y consumirse de manera legal o alegal.

Entre ellas, se encuentran los llamados 'research chemicals' o 'químicos de investigación'. Se trata de sustancias sintetizadas en laboratorio que buscan imitar los efectos de otras sustancias ilegales a base de replicar su molécula con pequeños cambios, y que a menudo emprenden una auténtica carrera contra los legisladores, ya que los productores saben que serán rápidamente ilegalizadas. Sin embargo, hay un lapso temporal entre la creación de la sustancia y la detección, estudio y posterior regulación de la sustancia en el que los consumidores pueden adquirir la sustancia. Cuando finalmente se prohíbe la venta, el productor sólo tiene que efectuar pequeños cambios químicos en el compuesto y el proceso vuelve a comenzar.

¿Una alternativa legal al cannabis?

Este es el caso del 'pescao'. Los cannabinoides sintéticos, a los que el epíteto se refiere, son una amplísima familia de sustancias (solo el grupo de los cannabinoides JWH, el más habitual aunque no el único, comprende 450 moléculas diferentes) que interactúan con el sistema endocannabinoide (un tipo de receptores en el sistema nervioso involucrado en abundantes procesos fisiológicos y que es el mismo que interactúa con el cannabis) de formas variadas, provocando los efectos psicoactivos buscados. Estas sustancias, normalmente, se rocían sobre mezclas herbales secas para darles una presentación similar al cannabis tradicional. También, destaca a 20minutos Xoán Carbón, experto en nuevas drogas del programa de la Asociación Bienestar y Desarrollo ABD Energy Control, se puede encontrar de manera más anecdótica en productos con un 'packaging' muy concreto y en un formato líquido muy parecido al de los cigarrillos electrónicos.

A medida que estas sustancias se van haciendo más conocidas, aparecen diferentes fabricantes y cambia frecuentemente su nombre comercial y la molécula concreta (o mezcla de ellas) empleada. De ahí vienen algunos de los nombres por los que se conoce a estas drogas, como 'spice', 'Hardcore', 'K2' o 'Black Mamba'.

A pesar de todo, ello no implica necesariamente que los efectos sean tan parecidos a los asociados al consumo de cannabis. El sistema endocannabinoide es muy complejo, y moléculas distintas pueden provocar procesos muy diferentes. Según explica Carbón, "distintas moléculas pueden tener distintos grados de afinidad con los receptores. El cannabis se liga parcialmente, por lo que se 'autolimita', y por ello no hay sobredosis de cannabis: llega un punto en el que no por consumir más los efectos son mayores, y la dosis máxima que sería posible consumir queda lejos de la dosis que sería letal. En cambio, los cannabinoides sintéticos tienen mucha mayor afinidad, por lo que si hay dosificaciones peligrosas".

Xoán Carbón aclara que a menudo los episodios más graves se producen por sobredosis accidentales, ya que "al tratarse de unos polvos disueltos y rociados sobre hojas secas, la concentración no es homogénea, y un consumidor puede hacerse un porro con cierta cantidad de hojas que contengan una dosis normal, y en cambio que en el siguiente haya una dosis mucho mayor sin saberlo". Así, destaca que, mientras en dosis bajas sus efectos si pueden recordar a los del cannabis, en dosis altas son muy diferentes, pudiendo llegar a provocar convulsiones o ataques similares a los de la epilepsia.

Rubio alerta sobre sus efectos en el organismo, ya que, aseguran, provoca "taquicardia e hipertensión arterial, arritmias, midriasis, mioclonias (movimientos bruscos involuntarios), agitación, hipertermia, convulsiones, confusión, estupor, agitación, insomnio, fiebre, sudoración abundante, temblores, mareos, vértigos, ataxia (parálisis de cualquier parte del cuerpo), descoordinación, euforia, alteraciones de la conducta, alteraciones visuales y alucinaciones". A largo plazo, afirma, existe el riesgo de desarrollo de patologías psiquiátricas de tipo psicótico.

Uno de los mayores problemas es la falta de información disponible. Existen pocos estudios que evalúen los peligros de cada una de las sustancias, y a menudo los consumidores no son conscientes de cuál están empleando. Por ello, los efectos pueden ser difíciles de prever, y sus consecuencias a largo plazo son prácticamente desconocidas; sin embargo, desde lugares como Reino Unido, donde los cannabinoides sintéticos tienen una historia más larga y conocida, llegan informes de casos de alarmante deterioro físico por el consumo continuado de estas drogas.

Desde Energy Control confirman que la sustancia tiene cierto potencial adictivo. Por un lado, pueden producirse dependencias de carácter psicológico, "como ocurre con los videojuegos, las tragaperras...", pero también existen casos en los que aparece un síndrome de abstinencia fisiológico, con náuseas, convulsiones y otros síntomas; lo que además se ve agravado porque los usuarios desarrollan tolerancia a estas sustancias (necesitando progresivamente más para notar los mismos efectos) y porque la duración de los efectos es menor que en el caso del cannabis. Sin embargo, puntualizan, la incidencia de consumo se ve fuertemente determinada por las circunstancias del consumidor: "es mucho más habitual que se produzca en personas en situación de vulnerabilidad, o en determinados contextos, que recurren a la sustancia por su bajo precio y su conveniencia al ser difícilmente detectable". Por ello, la probabilidad de desarrollar dependencia, como ocurre con todas las sustancias, debe ser evaluada caso a caso.

"Me molesta que la gente sea tan estúpida"

Los primeros cannabinoides sintéticos fueron sintetizados por primera vez por el químico John W. Huffman entre la década de los 80 y comienzos de este siglo, como parte de una investigación financiada por el Instituto Nacional de Drogodependencia estadounidense. El objetivo era elaborar drogas que actuasen sobre el sistema endocannabinoide con fines terapéuticos. En este tiempo, Huffman y su equipo desarrollaron más de 400 sustancias que, inicialmente, se utilizaron para el estudio de este sistema, algo que implicó un gran avance en el entendimiento científico del mismo y de las posibilidades médicas que ofrecía.

Sin embargo, en 2006, en Alemania, se detectó la presencia de algunas de estas sustancias en los "colocones legales" 'K2' y 'Spice', que se vendían originalmente como mezclas naturales de hierbas que servían de "alternativa legal" a la marihuana. Al respecto, Huffman llegaría a decir, en una entrevista para el medio especializado Chemical & Engineering News, "me molesta que la gente sea tan estúpida como para usar esto".

Posteriormente su consumo se extendería a Reino Unido, donde ha llegado a causar problemas serios en localidades como Wolverhampton, donde se conoce principalmente por su marca 'Black Mamba', o Manchester. En este país, el más afectado de Europa, se produciría un pico en la incidencia de los cannabinoides sintéticos en torno a 2014-2015.

Igualmente, aparecerían casos en Estados Unidos, donde se conoce coloquialmente como 'k2', provocando que un buen número de estados regulasen alguno de los compuestos, lo que no ha impedido la sustitución por otros para poder seguir comercializando el producto, que normalmente se vende como incienso, especificando que no es apto para el consumo humano. Su uso recreativo impulsó el inicio de recolección de datos en base a los cuadros de los pacientes atendidos por su intoxicación, sin que se hayan realizado estudios controlados de sus efectos en humanos. También, a diferencia de lo que ocurre con la marihuana, se reportaron los primeros casos de muertes producidas por complicaciones derivadas de su consumo a corto plazo.

En España, desde Proyecto Hombre afirman que ya se encontraba disponible por vía online desde 2004 (si bien no atendieron a ningún paciente por el consumo de esta sustancia hasta 2014). Desde entonces, dicen que "no han parado de crecer las atenciones en nuestro recurso", especialmente registrando un crecimiento de atenciones por esta causa desde 2018. "Actualmente un 42% del total de jóvenes atendidos refieren haber consumido esta sustancia", concluyen.

En cambio, Energy Control mantiene que el consumo de cannabinoides sintéticos en España "es muy escaso, y circunscrito a contextos muy concretos", algo que reflejan las incautaciones y la presencia a pie de calle. Según detalla Carbón, "un ejemplo sería el caso de la cárcel, en el que por su bajo precio y por su indetectabilidad se consume como sustituto de la marihuana"; sin embargo, dada la situación del cannabis en España, "donde tiene un bajo precio, está bastante disponible y las consecuencias legales no son demasiado graves, no llegando en ningún caso a supuestos penales", la mayoría de jóvenes sigue optando por la sustancia natural.

La legalización de la marihuana y la lucha contra el 'pescao'

En consonancia con esta hipótesis, y ante los pocos resultados logrados por los intentos de perseguir la sustancia, que casi siempre terminan en su sustitución por nuevas alternativas más desconocidas, varios estudios en Estados Unidos han relacionado la despenalización del cannabis con una reducción de la prevalencia del consumo de cannabinoides sintéticos. Por ejemplo, el departamento de salud de Nueva York, en un informe sobre estas sustancias, declaraba que la legalización de la marihuana "tiene el potencial de reducir la creciente carga sanitaria, de seguridad y de costes asociada al uso (de cannabinoides sintéticos)".

Así, los investigadores teorizan que la legalización del cannabis elimina los principales atractivos que llevan a los usuarios a consumir cannabinoides sintéticos: su bajo precio y su (comparativamente) menor riesgo legal (reducido aún más por su baja detectabilidad), algo que corrobora un estudio llevado a cabo por científicos del King's College en Londres que arroja que el 93% de quienes consumen cannabinoides sintéticos lo hacen en sustitución de cannabis real.

Precisamente, esta teoría explicaría también su baja prevalencia en España, comparada con otros países europeos. Así, el Global Drug Survey británico recoge que los países con legislación más laxa relativa al cannabis en europa (Países Bajos, Portugal y España) son también en los que menos se consumen estas drogas. Con todo, existen críticas a esta correlación, ya que los otros países con menor incidencia de consumo (Noruega y Suiza) tienen, en cambio, regulaciones muy estrictas respecto del cannabis; por ello, los expertos advierten de que el estatus legal de la marihuana no es el único factor importante en la lucha contra el consumo de 'pescao', si bien debe ser tenido en cuenta.