Cantabria
Cantabria  EMMA GARCÍA

La tierruca, como llaman cariñosamente a Cantabria, es un destino amable, económico y algo cada vez más importante para muchos: poco masificado. El lugar perfecto para disfrutar de unas vacaciones en familia -mucha naturaleza y lugares pensados para los más pequeños, una buena combinación- y en las que la gastronomía, claro, jugará un papel muy destacado.

Nos plantamos en Santander desde Barcelona con Vueling. La ciudad es acogedora y tranquila. Se puede pasar un día o dos visitando el Sardinero, el Palacio de la Magdalena -que perteneció a Alfonso XIII y se convirtió desde entonces en el palacio veraniego de la familia Real- la catedral, la Maruca o el Centro Botín. Y comiendo rabas, claro, uno de los inventos de los que más suelen presumir los santanderinos.

El Centro Botín, situado en el muelle de Albareda sobre los centenarios jardines de Pereda, merece una visita y una parada para comer. Además de disfrutar de este espacio y de las exposiciones, podemos comer en su restaurante El Muelle. Allí, Jesús Sánchez, chef de El Cenador de Amós (dos Estrellas Michelin), ofrece un estupendo menú por poco más de 17 euros, y el precio de la carta ronda los 25 euros.

Santillana de Mar

Para dejar la ciudad y adentrarse en el resto de Cantabria lo ideal es moverse en coche. Una de esas paradas obligadas es Santillana del Mar, considerada por muchos uno de los pueblos más bonitos de España. Y también más visitados, por cierto.

Pasear por sus empedradas calles medievales o visitar la colegiata de Santa Juliana y su claustro del siglo XII es una delicia, casi tanto como merendar un vaso de leche fresca del día y un sobao pasiego por un par de euros en la puerta de Casa Quevedo. Y, de paso, pedir para llevar un par de quesadas realmente espectaculares.

Si queremos pasar la noche en Santillana del Mar, más que recomendable es el hotel Casa del Marqués para acabar de sumergirnos en el ambiente medieval. Fue el hogar del Marqués de Santillana y se ha convertido en un hotel de cinco estrellas romántico y acogedor en el que cuidan hasta el más mínimo detalle. La oferta gastronómica en Santillana del Mar es limitada pero, además del Parador, encontramos entre sus callejuelas El Pasaje de los Nobles, un restaurante agradable con producto de la zona.

Quesos y cuevas

Al despedirnos de Santillana podemos parar en la quesería Milagros donde, además de poder comprar quesos típicos como los quesucos de Liébana, Picón o Nata -todos con Denominación de Origen-, podremos dar un paseo por la ganadería para ver las vacas, perros, gatos y algún caballo. Incluso disponen de hospedaje para pasar la noche y cocina para los huéspedes.

Visitar alguna de las cuevas con testimonios paleolíticos también es obligado en la agenda. Cantabria es la región con mayor cantidad de cuevas rupestres del mundo, así que es recomendable echar un vistazo a la web oficial que gestiona este patrimonio y reservar plaza para entrar.

Nosotros visitamos Covalanas, donde pueden entrar 56 personas al día. Permiten la entrada a niños -se entra a oscuras y con linternas, toda una experiencia para los más pequeños- y la caminata que hay que hacer para llegar hasta la cueva es muy bonita y nada complicada. El momento perfecto para parar a disfrutar del paisaje y comer unos bocadillos.

Anchoas, claro

Las anchoas son el producto estrella de Cantabria, así que no podemos irnos sin probarlas y sin comprar unas cuantas cajas para llevar a casa. Tanto Santoña como su vecino Laredo son lugares perfectos para hacerlo e incluso, si nos animamos, dar un paseo en barco hasta el faro, visitar una conservera o la lonja de pescado. Nada como ver el trabajo de las mujeres preparando las anchoas para entender el precio de este producto.

También famosos en toda Cantabria son sus dulces. Además de los sobaos y las quesadas, los hojaldres tienen gran protagonismo. Si hacemos una parada en Reinosa, tenemos que entrar en la pastelería Vejo para probar sus famosas Reinosas, unas rosquillas hechas con hojaldre húmedo y abundante mantequilla que dicen se consiguen gracias al frío de la zona. Pantortillas también de hojaldre, tortos, o nevaditos de almendra son otras maravillas que podemos encontrar allí.

Solo por comer en El Pericote de Tanos vale la pena hacer una parada en Torrelavega. Un restaurante sencillo y sin ínfulas especializado en carne. Ellos mismos compran las reses y hacen el seguimiento de todo el proceso. Un local no apto para veganos, económico y en el que es imposible quedarse con hambre.

Pasar un día entero en el parque de Cabárceno nos parece una buena manera de acabar el viaje y mucho más interesante que cualquier parque de atracciones. Es necesario ir en coche para recorrer el parque, y aunque tienen varios restaurantes y cafeterías con diferentes menús y precios, podemos preparar nuestro propio picnic y disfrutarlo en alguna de las zonas destinadas para ello.