Nerea Barros para 20minutos
Nerea Barros posa en el Hotel NYX de Madrid con vestido y riñonera de AMT, zapatos de MIISTA y pendientes de Klimbim.  LAZARINA

Un viaje a África cambió las prioridades de Nerea Barros (Santiago de Compostela, 1981). Aunque desde niña ha tenido un gran sentido de la empatía, la ganadora del Goya -se hizo con el cabezón en 2015 por su papel como Rocío en La isla mínima- vivió de cerca la dureza y la belleza de territorios en los que la vida es otra cosa. 

Fruto de esas experiencias nacen sus próximos pasos, que miran más allá de su faceta como actriz; aunque no renuncia a esa parte, también tiene sobre el papel un cortometraje que planea dirigir y un documental alrededor de realidades, figuras y "mujeres fuertes". Aunque las mire desde arriba, su hablar sereno y sus grandes planes muestran que también es una de ellas.

Mucha gente situó su nombre en el mapa tras ganar el Goya como actriz revelación por La isla mínima, ¿supuso ese premio un antes y un después?

Totalmente. Un premio así te cambia la vida, y a mí me la cambió para bien. Supuso que la gente que lucha por el cine reconociera mi trabajo; es un privilegio que me han dado los académicos, que de alguna manera me están diciendo que el camino que he elegido en mi trabajo es el correcto.

Usted también vota en la academia…

Es algo interesante, porque es un cambio importante y hay una parte de ti que se pregunta «¿quién soy yo para votar, para juzgar el trabajo de otra persona?». Pero lo hago, con mucho trabajo y esfuerzo; cuando voto me lo tomo muy en serio.


El año siguiente, como es costumbre, fue usted la que entregó un Goya.

Tener otro Goya en las manos es increíble. Es un premio precioso, físicamente uno de los más bonitos del mundo. Hay algo dentro del Goya que atrae mucho, y me encantó podérselo entregar a otras dos personas y sentir la emoción desde el otro lado. Como no sabes a quién se lo vas a dar te pones nerviosa cuando abres ese sobre, cuando dices el nombre. Fue muy bonito sentir la emoción de otras personas en ese escenario, aunque fuesen totalmente diferentes a mí, en este caso productores.

Ahora ya ha experimentado eso de ser productora.

Pero cuando entregué ese Goya no tenía ni idea de cómo funcionaba. Pensaba que eran los que manejan el dinero (risas). No eres consciente de lo que implica.

¿Cómo lo ve ahora?

Completamente diferente. Pasé por un viaje a África, hace dos años, que me cambió la vida y la cabeza. Estuve en Kenia, en Ruanda y en la República Democrática del Congo visitando a una de las protagonistas de un documental que dirigiré.

¿En qué sentido le cambió?

En muchos. Agarras perspectivas sobre la vida, te das cuenta de que África tiene cosas terribles y maravillosas que te hacen click en el cerebro. Permitió que saliera algo que estaba latente en mí, porque además de ser actriz, siempre he tenido la necesidad de crear y contar cosas. 

¿Cuándo se dio cuenta de eso?

En gran parte después de trabajar con Hernán Zin, que fue el que provocó este viaje a África y también el que me pidió ayuda en Morir para contar. Cuando visualicé ese documental por primera vez para ayudar a Hernán a completarlo, mi instinto me dijo que necesitaba un protagonista, un hilo conductor que aunase códigos artísticos.

¿Qué le ha dado participar en un proyecto como Morir para contar?

Gracias a él hemos hecho un recorrido por festivales marvilloso. Hemos ganado la Palma de Plata en México, hemos estado en Cracovia, en China, ganamos en la Seminci el año pasado y ahora estamos en Netflix, llegando a todo el mundo de una forma que nunca creímos posible. Ver que un trabajo como ese, un homenaje a los mejores periodistas de guerra de nuestro país, llega y transforma a tanta gente te hace sentir muy feliz y orgullosa.

Habla de generar empatía, ¿cómo se asume esa tarea desde la perspectiva de actriz?

Yo creo que soy actriz porque, básicamente, hay algo que está hiperdesarrollado dentro de mí. Eso no me hace mejor ni peor persona, solo es una cualidad, como quien es bueno en matemáticas. Yo tengo esa cualidad para sentir lo ajeno, para empatizar con mi alrededor. De pequeña me costaba gestionarlo, pero a día de hoy es un arma absoluta y necesaria para realizar mi trabajo. No puedes juzgar, tienes que entender y empatizar para construir algo que se va a meter dentro de ti.


Su papel en La isla mínima es especialmente duro, ¿cómo trabaja la empatía hacia una situación como esa?

Es duro crear un personaje que sufre si lo haces desde la entraña, si dejas tu cuerpo y tus emociones en favor de la persona que has construido. En La Isla Mínima yo me basé en mi madre y en muchas mujeres gallegas que han luchado y dado la vida por otros. Las madres son heroínas que dan todo por sus hijos, y cuando les ocurre algo, mueres en vida. En el caso de Rocío, mi personaje, solo sigue viva para hacer justicia, por difícil que sea.

Es una situación muy dolorosa…

Sí, pero también es maravilloso dejar todo eso dentro de ti. Es doloroso, porque los personajes así siempre lo son, pero al mismo tiempo son interesantes y es un privilegio participar en ese tipo de película. El personaje de Rocío me ha dado mucho.

Habla de las mujeres gallegas como inspiración, ¿qué queda en usted de su tierra?

Todo. Aunque lleve 11 años viviendo en Madrid, llevo todo de mi tierra. Sé que es difícil de entender para mucha gente; en nuestra tierra hay una palabra, que es morriña, con una connotación un poco melancólica. A mí esa palabra me inspira fuerza, soy quien soy porque llevo a una gallega dentro. Muchas veces, cuando necesito descansar, me voy allí porque me da esa fuerza. Siempre que construyo un personaje tiene algo de gallega.

¿De qué trata ese proyecto con el que ha viajado a África?

Aún le queda mucho, pero está en el papel. Se llama La barrera de cristal y es un documental que gira en torno a tres mujeres españolas increíbles que están en primera línea de la primatología mundial. No solo eso: están salvando y regenerando la economía en los pueblos y ayudando a la gente que les rodea, algo muy importante en países tan peligrosos como la República Democrática del Congo, Congo o Indonesia.

Es una nueva historia con personajes y testimonios fuertes, ¿encuentra relación con Morir para contar?

Totalmente. Son perfiles valientes, que arriesgan su vida, y no es una frase hecha. Lo que me fascina de esos personajes es que son personas que lo dejan todo por los demás. Tienen unas ganas muy fuertes por cambiar el mundo, incluso cuando ese mundo lo ignora. Son personas increíbles, y creo que es justo y necesario mostrarlo desde un punto de vista artístico. Ese es mi reto: mostrar vivencias potentes en lugares increíbles, donde entiendes qué es el planeta.

Aparte de ese documental, ¿qué proyectos tiene en mente?

Estoy a punto de empezar el rodaje de un corto, que puede que se convierta en largo y que vino a raíz del viaje. Tiene que ver con la naturaleza y se llama Memoria porque, cuando fui a África, recuperé una parte de mi memoria que creía perdida. Muchas veces pensamos que la tierra es débil, cuando es todo lo contrario; eso es lo que quiero retratar en ese viaje experimental cinematográfico.

¿Qué hay de su vertiente como actriz?

Acabo de rodar una serie de Netflix, Días de Navidad, de tres capítulos. Es otra joya de Pau Freixas en la que he trabajado con tres mujeres increíbles: Verónica Echegui, Anna Moliner y Elena Anaya. El primer capítulo gira en torno a unas niñas, en el siguiente esas niñas somos nosotras y en el último nuestros papeles los interpretan Ángela Molina, Victoria Abril, Verónica Forqué y Charo López.

Varios de sus trabajos están disponibles en Netflix, ¿cómo cambian servicios como este la visibilidad del cine español?

Lo que permiten estas plataformas es muy interesante. Puedes llevar una película o un documental a muchos países del mundo, y antes eso era imposible. Hacemos nuestro trabajo con el objetivo final de llegar al público y a veces es difícil. Cada vez es más complejo poder estrenar una película en cines y tener la capacidad económica para hacer la campaña necesaria y movilizar al espectador. Y eso es solo en España; sacarla fuera es casi imposible. Globalizar el cine español como hace Netflix es algo muy bueno.