Ella, que "sei bella da morire", está cargada de razones para hacer la maleta y salir disparados a su encuentro. Paisajes únicos, belleza a cada paso, una mesa a la que sentarse para disfrutar de sabores auténticos, y vinos con los que compartir cada descubrimiento. Nos acercamos a Italia con un guía excepcional, su Embajador en España, Stefano Sannino.

Hay días en los que una necesita fugarse, y se fuga. Los demás no se dan cuenta porque aquí seguimos, de cuerpo presente, pero la escapada nos dibuja una sonrisa luminosa. Hoy Italia es el destino. Y llegan en tropel los colores de Positano, la calma de San Gimignano, la serenidad de una calle escondida de Florencia. Y también, cómo no, una pizza Margarita con una copa de Barolo.

Esta vez la fuga es posible. Pisamos territorio italiano sin salir del barrio de Salamanca, en Madrid. El antiguo palacio de los Marqueses de Amboage, sede de la Embajada de Italia, es un esquinazo con la bandera tricolor ondeante que se aísla del mundanal ruido con una jardín muy solicitado para la celebración de fiestas y eventos.

El cámara, Guillermo, el fotógrafo, Jorge, y una servidora, respiramos la belleza a través de tanta armonía arquitectónica, tantos estucos, mármoles y bronces, sin poder evitar la sensación de que nos hemos colado en una novela del XIX. Dejando a la derecha la señorial escalera que protege la vida privada del embajador y los asuntos de Estado, nos encaminamos al comedor de gala con paso decidido. Tenemos un plan y estamos en ello. Daremos la vuelta a Italia a través de algunos de sus productos enogastronómicos más emblemáticos mientras nos acercamos a destinos que no nos debemos perder. Accede a ser nuestro guía el Embajador de Italia en España, Stefano Sannino. Nos recibe con una conjuntivitis que le está haciendo puré, pero con amabilidad innata y la resistencia entrenada por la vida diplomática. A nuestro alrededor, un ir y venir de quesos y embutidos, botellas de vino, los candelabros de plata, la cubertería con el escudo de la Casa de Saboya, y los jarrones de flores. "Encantado de teneros aquí. Es un placer presentaros los sabores de Italia acompañado de Nicoletta. Sin querer, nos hemos transformado en una apareja gastronómica".

Nicoletta Negrini, maestra en el arte de la cocina, y en el de la dolce vita, pone orden en el pequeño ejército que ha respondido al requerimiento. Y mientras la mesa del comedor se va convirtiendo en un bodegón exquisito, la cocina es un trajín. "Vamos a iniciar este recorrido por Italia a través de sus productos con uno de los más emblemáticos...".

Nicoletta, apasionada por una tierra de la que se ha convertido en la voz del sabor, comienza la ruta gastronómica. "Queso parmigiano reggiano, cuyo nombre viene de Parma y Reggio Emilia, y también se fabrica en Bolonia y Módena, cuatro ciudades de la región Emilia-Romagna". "Y que son cuatro ciudades a cual más bonita y llena de encanto", sentencia el embajador. "Bolonia, capital de la región, con sus torres, la torre Garisenda y la torre Asinelli, sus pórticos, los más largos del mundo, Casa Isolani, construido en madera en el siglo XIII o el pórtico del Palacio de Podestà, famoso por el efecto acústico de sus bóvedas". "Y con la Plaza de Neptuno emblema de Bolonia y el "gigante" en la fuente para quien este bodegón resultaría un aperitivo largo", remata Nicoletta. De Bolonia a Parma, donde nos espera el Teatro Reggio, un espacio para la ópera construido en el siglo XIX ligado a Verdi, "que todos los años celebra un festival dedicado al compositor. Los parmesanos tienen fama de apasionados y exigentes. No es un público fácil. Visita obligada al Duomo, la catedral de Parma de estilo románico con un fresco de la época renacentista, y el Baptisterio a su lado, de mármol rosa de Verona, un punto de encuentro de la arquitectura románica con la gótica que hay que conocer", afirma el embajador.

El cámara les sigue, el fotógrafo también, y nos cruzamos las miradas. El plan está funcionando.

Nos cuenta Nioletta, que el grana padano no debemos confundirlo con el anterior queso porque mientras el primero lleva mucha nata en la leche y es de larga curación, el grana padano tiene una curación de diez a doce meses. Se produce en Veneto, Piamonte, Lombardía y Trentino, y esta última región inspira al embajador porque "Trento es una joya de los Alpes, a los pies de los Dolomitas. Pasear por sus calles del centro te remonta a épocas pasadas. Y sus bodegas elaboran vinos muy reconocidos". Como el espumoso con el que brindamos.

Nada como un vino con bollichine, o sea, con burbujas, para celebrar que es más lo que nos une que lo que nos separa con Italia. Chocamos las copas con un "Ferrari", histórica bodega que consigue una combinación perfecta de clima y terruño. "Hecho con el Método clásico, que antes llamábamos Methode Champenoise y que en España llamáis Método tradicional. Tomemos también un Prosecco, que se produce en el noroeste, entre el Veneto y Friuli. Este es de la colina de Valdobbiadene, muy cerca de Venecia, fresco y ligero".

"Venecia es Venecia, pero hay que conocer el Veneto"

Totalmente olvidada ya la conjuntivitis, Stefano Sannino apunta "En este momento Italia está haciendo un gran esfuerzo para que la Unesco reconozca las colinas de Prosecco como patrimonio de la humanidad. Se trata de las colinas de Conegliano y Valdobbiadene. Porque, efectivamente, ese paisaje esculpido en terrazas, adecuado para la viticultura desde la antigüedad, se moldea por el trabajo manual. Y es de una belleza impresionante y desconocida que te obliga a salir de las rutas establecidas. Venecia es Venecia, pero hay que conocer el Veneto". De momento, nosotros descubrimos las características organolépticas de este espumoso de color amarillo tenue, con un sabor fresco que nos recuerda a la manzana verde, la pera y el melocotón blanco, y nos lleva a un atardecer rosado en la colinas del Veneto.

Esta vuelta a Italia alrededor de una mesa nos detiene en otro queso, el taleggio. Es nombrarlo y nos plantamos en el Piamonte "porque es una región menos conocida de lo que se merece. En la frontera con Suiza y Francia, con las más altas montañas y los más grandes glaciares del país. En Turín, tienes que dar un paseo por Piazza Castello, el alma de la ciudad, y visitar el Palacio Madama y el Teatro Reggio. Es una ciudad en la que no te esperarías encontrar el museo sobre la cultura egipcia más antiguo del mundo, toda una razón para visitarla . Y, una vez allí, la enogastronomía es una propuesta firme". Lo confirma Nicoletta. "Son vinos elaborados en la región de la Langhe. ¿Sabes que allí una hectárea de tierra para hacer Barolo puede valer más de un millón de euros? El Barolo, el vino de la nobleza, uno de los mejores de Italia, se realiza con la variedad de uva nebbiolo, autóctona, y especialmente complicada en su cultivo y cuidado. El nombre hace referencia a la niebla con la que se cubre la zona del Piamonte entre finales de octubre y principios de noviembre, la fecha, tan tardía para nosotros, en la que se lleva a cabo la vendimia". Y es un vino muy peculiar, a decir del embajador, porque "no quiere gustar, en el sentido de que no hace concesiones fáciles, es genuino y muy serio".

Aunque para seria Enrica, la cocinera, que quiere saber cuando pone el agua a hervir para la pasta pero, entusiasmados como estamos en esta ruta del placer de los sentidos, no obtiene respuesta. Andamos también con poco respeto por el mapa y así, por las buenas, estamos otra vez en el Veneto. "Quiero nombrar otro vino tinto del Veneto", apunta el embajador,"Amarone de la Valpolicella, elaborado a partir de uvas pasas, que se secan al sol para que la concentración de azúcar sea más alta y después se vendimia". Oscuro, muy oloroso, aterciopelado en la boca, nos podría recordar al Pedro Ximénez. Perfecto para después del almuerzo. "Valpolicella son las colinas alredor de Verona, el hogar de Romeo y Julieta. Y en Verona hay que visitar la Arena, uno de los anfiteatros más conocidos del mundo, donde en verano se representa la mejor ópera de Italia en la noche, bajo las estrellas". Son ambos un par de maníacos de la ópera y sospechosamente románticos. Pero si ya Romeo exclamó "No hay mundo fuera de los muros de Verona, sino purgatorio, tormento, el mismo infierno", no hay nada que discutir.

Nicoletta se acerca convincente "prueba el pecorino toscano, un queso de oveja que nos recuerda al manchego español y lo acompañamos del Brunello Sangiovese de Montalcino". La sangiovese, una uva muy popular y parecida al tempranillo es, en esta caso, todo un tesoro enológico, resultado de las travesuras de unos aguerridos viticultores que, tras clonarla, produjeron la sangiovese brunello de un rojo intenso y que solo se encuentra en Montalcino, la puerta de entrada perfecta para la Valdorcha. "Todas las fotos de la Toscana, las suaves colinas, los cipreses, los viñedos y los pequeños pueblos medievales, son de la Valdorcha", nos dice por lo bajini el Embajador. Y sabe una, a estas alturas, que el sábado que viene por la tarde el planazo va a ser ver de nuevo "Viaje a la Toscana" en el sofá, con amigas y una copa de vino con bollichine.

Nicoletta nos la da con queso y nos devuelve a la realidad. "Esta versión del pecorino es de Cerdeña. Oveja en italiano es pécora, y de pequeña pécora, llegamos a pecorino. Su sabor fuerte, e intenso, de queso muy curado, representa muy bien el carácter de la isla". Como todos sabemos que aquí una pequeña pécora tiene otras connotaciones cambiamos de tercio preguntando por la Costa Esmeralda. "No te defraudará, con la isla de la Magdalena y su mar turquesa, azul y blanco. Pero tienes que descubrir la costa alrededor de Cagliari, la capital. Y en la parte noroccidental Bosa, una aldea de pescadores, el pueblo de las casas pintadas, con una playa de aguas poco profundas que resultan luminosas. Y un antiguo pueblo minero, Montevecchio, al que para acceder tienes que atravesar una arquitectura industrial ya en desuso, y llegas al terminal que han transformado en un pequeño hotel. Acude muy poca gente, que al caer la noche, se va. Te quedas como en la Arena de Verona, bajo las estrellas, pero con el mar en frente, y casi en soledad".

Mozzarella di bufala de la Campania

¿Puede el embajador vibrar con más orgullo patrio? La repuesta es sí. Y la culpa es de la mozzarella di bufala recién llegada de la Campania, su tierra de origen. "Sin olvidar Capri, Ischia y Procida, las vibrantes islas del gofo de Nápoles, o la Costa Amalfitana, de belleza reconocida, al lado de Battipaglia hay un pequeño pueblo que se llama Paestum, fundado por los griegos, en el que sobre una llanura verde encontramos tres templos majestuosos, el Templo de Hera, el de Neptuno y el de Ceres, y que reflejan la luz de manera diferente según avanza el día. Se recomienda una caminata nocturna en verano". En la mesa, junto a la mozzarella, la burrata, que se cierra con un lazo como un regalo y nos traslada a la Puglia, en el tacón, "con Gargano, el espolón de Italia que avanza hacia el Adriático, Lecce y su barroco, muy reconocible por las decoraciones excesivas del exterior de sus edificios y que recuerda al plateresco español, Galipolli, Ostuni que llaman la ciudad blanca, Alberobello y los trulli, las cabañas con forma de cono del siglo XV, Salento ahora tan de moda. El mar juega con toda la paleta de azules y verdes. De ese mar se extraen los erizos de sabor inigualable".

Ahora sí, Enrica nuestra cocinera por hoy, anuncia con autoridad de mamma que en quince minutos tenemos que estar todos en la mesa porque pone el agua a hervir sin más contemplaciones. El cámara derrapa por lo que nos queda de bodegón, el fotógrafo dispara sobre la mesa de cristal y madera de Cassina en la que nos aguardan la arquitecta Teresa Sapey y Clelia Brigante, alma de la Embajada. Y como en un dueto previamente ensayado los protagonistas de este delicioso paseo por Italia se reparten los papeles.

La una propone prosciutto San Daniele, hecho con el cerdo blanco más caro de Europa, y origen en un pequeño pueblo a dos horas de Vencia, en la región Friuli-Venecia Giulia, mientras el otro apunta a la calidad de vida de Trieste, de cara al mar, con una luz y brillo peculiar porque la Bora, su viento característico, borra cualquier atisbo de niebla, y donde su Piazza dell'Unitá, de armónicas proporciones, es como un escenario que tiene a un lado el mar.

Insiste la una en la coppa di Parma, embutido de forma cilíndrica con un sabor suave y equilibrado, la pancetta, panza de cerdo curada en salazón, similar al bacon pero enrollado, y el guanciale, con el que hacer la verdadera salsa carbonara. Más, la bresaola, de carne de buey, típico del valle Della Valtellina, en la Lombardía, y finalmente la mortadela "el regalo que la corte de Bolonia ofrecía cuando visitaba las otras cortes en el año 1.300, porque era el caviar de la época".

Reclaman en cocina a Nicoletta y allí que se va mientras señala el salami que, en su opinión representa el carácter y el clima del país, con un gusto suave en Milán y aumentando la potencia del picante según descendemos hacia Calabria donde La Sila, "ya en el extremo de la península, cuenta con una cadena de montañas de espectacular belleza en un territorio casi virgen, y pequeños pueblos a los que, cuando llegas en invierno, es como entrar en una película. Parecen estar fuera del tiempo, con las mujeres aún vestidas de negro como hace cien años". Conoce bien esta tierra el embajador, que de allí es su familia materna. Y dado que la punta de la bota nos lanza a Sicilia asomamos la nariz a una copa de Nero d'Avola. Con un aroma lleno de carácter, toques de violeta y especias, ciruela, grosella negra, chocolate, y un poco de tabaco. Un reflejo del espíritu potente y talentoso de la isla, la señal que nos indica que hasta aquí llegó nuestra osadía, una muestra más de que si la belleza nos emociona, los sabores nos acercan. Y el inicio del fin de nuestro plan.

Dispersado el equipo por sus quehaceres, Guillermo lamenta en la cocina que las cámaras aún no registren aromas porque la salsa bolognesa está de muerte, abuela. Jorge y su cámara captan la luz hermosa de Madrid que se filtra desde el jardín como si Fra Angelico nos hubiera inspirado el encuentro. Nicoletta ordena en la cocina. Enrica actúa con precisión. El mayordomo desempeña sus labores sin dilación.

Nos sentamos a la mesa. Llegan los spaghetti carbonara cuya ejecución hemos grabado en vídeo para remangarnos con la receta en casa uno de estos días. También la tagliattella con ragú de ternera. El Barolo en las copas. En el postre, ante el placer del tiramisú y al borde del soponcio, una vez más, el anfitrión nos recuerda "Hay que salirse de los caminos conocidos y buscar nuevos destinos".

Les dejamos disfrutar de la charla, que bastante guerra hemos dado, y recogemos los bártulos seducidos por Italia. Sabíamos que no había escapatoria. Nuevamente, hemos caído rendidos a sus pies. Recordamos a Neruda quien pasara en Capri algunos de sus mejores días, donde terminó "Los versos del capitán" y donde, camino de los farallones, una placa recoge sus palabras "Capri, reina de roca, en tu vestido de color amaranto y azucena viví desarrollando la dicha y el dolor, la viña llena de radiantes racimos que conquisté en la tierra".

Que es verdad. Que Italia es bella da moririe.