En la Cañada
Una de las niñas cuyo hogar, una infravivienda, será derruida en breve y desalojada, junto a uno de los cientos de gatos que quedarán abandonados a su suerte.  JORGE PARÍS

La Cañada Real Galiana transcurre por Madrid como una columna vertebral que una mayoría de madrileños prefiere no ver, cuya existencia incluso desconocen. 14 kilómetros que parten de Coslada y pasan por la capital hasta terminar en Rivas Vaciamadrid, tocando casi el municipio de Getafe.

Personas de todo tipo de procedencia llevan asentándose en lo que fue una vía pecuaria hasta 2011 desde mediados del siglo pasado: inmigrantes rurales de distintas partes de España; madrileños que quisieron vivir allí o contar en esa zona con una segunda vivienda; españoles de etnia gitana; familias de Marruecos y Rumanía y poblaciones de otros núcleos chabolistas desmantelados. Una larga y heterogénea zona de asentamientos dividida en seis sectores en los que viven 7,283 personas, 2.548 de ellos menores de edad, según los últimos datos oficiales. El más poblado y conflictivo es el último, el sexto, con 2.953 habitantes, 1.211 de ellos menores.

De los animales que habitan el último sector la Cañada Real, desde perros y gatos hasta caballos, gallinas, cabras o cerdos vietnamitas, no hay censos. Pero existen, a cientos.

Y no habrá censos, pero sí titulares. Si se busca en las hemerotecas, las noticias recientes protagonizadas por el maltrato animal se suceden. Noticias pequeñas, que pasan poco más que desapercibidas en medio de la vorágine informativa local: la Guardia Civil desmantela un criadero ilegal de gallos; la Policía rescata ocho galgos anémicos y malheridos; la Policía encuentra en una vivienda de la Cañada Real a 18 animales abandonados; la Policía rescata tres perros de caza en un zulo de cinco metros rodeados de excrementos, etc.

En 2017 se alcanzó un pacto histórico en Madrid para regularizar la situación de la Cañada en el que participaron la Comunidad de Madrid y los tres Ayuntamientos en los que se asienta: Rivas Vaciamadrid, Madrid y Coslada. El Pacto Regional por la Cañada Real Galiana asume desde su planteamiento que requerirá de varias legislaturas para ejecutarse por completo. Un proyecto necesario que no pretende solo mejorar las condiciones de vida de las personas que allí habitan, sino que quiere también recuperar medioambientalmente la zona.

El Sector 6 "es incompatible con los usos residenciales" y ya está siendo ya desmantelado. Los derribos y los realojos de una población "en situación de extrema vulnerabilidad y familias en situación de exclusión severa" que contempla el convenio entre la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid del 31 de julio de 2018 empezaron el pasado 28 de diciembre.  

A un lado y otro de la polvorienta carretera que atraviesa la Cañada se pueden ver chabolas derruidas. También animales de todo tipo, perros (la mayoría galgos y pitbulls) y gallinas sobre todo, también cerdos vietnamitas. Pero hay muchos más que no se ven; la mayoría de los canes viven permanente atados o encerrados en chamizos y a los gatos se les da muy bien esconderse.

Por eso 17 entidades de protección animal que trabajan en la Cañada se han unido para reclamar que en este pacto regional de 70 páginas y en el convenio posterior de 76, así como en su ejecución,  se han olvidado por completo de los animales en el proceso. ¿Qué va a pasar con ellos cuando concluyan los derribos y realojos del sector 6? Aseguran que quedarán en gran número abandonados en la zona, expuestos a morir de hambre o enfermedades o vagabundear por las zonas limítrofes.

En el primero de los documentos hay una sola referencia a ellos en los anexos; una breve línea que el Comisionado del Gobierno de la Comunidad de Madrid para la Cañada Real Galiana, José Antonio Martínez Páramo, aclara que "no va destinada a perros y gatos sino a los que puedan producir problemas de salubridad", aparentemente dando por hecho que el abandono de perros y gatos en gran número que en su mayoría están sin vacunar, desparasitar y que no han sido socializados adecuadamente no puede ser potencialmente un riesgo también para la salud pública.

Una de las peticiones de las asociaciones que han levantado la voz, además de recursos para el realojo de los animales en protectoras y santuarios, es que se permita tener a los animales en los pisos de protección, porque les consta que hay familias que querrían llevarse con ellos a algunos de sus animales. Martínez Páramo asegura que "no existe ningún impedimento para que las familias puedan acudir a sus nuevas viviendas con sus mascotas, siempre que cumplan las ordenanzas municipales", uno de los requisitos de las protectoras. Añade que "la empresa que ganó el concurso y prepara a las familias dándoles un curso de convivencia también les enseña cómo tratar a las mascotas, por ejemplo les dicen que en las zonas comunes tienen que ir atadas. Otra cosa es que las familias decidan abandonarlas", y remite como responsable de la problemática que eso pueda generar a su homólogo en el Ayuntamiento de Madrid, Pedro Navarrete. 

Navarrete, por su parte, apunta que es un planteamiento poco realista que las familias se puedan llevar a sus perros y gatos: "son las propias familias las que no quieren o asumen que no pueden hacerlo". Pone como ejemplo a un pitbull  cuya familia será realojada en un pocos días y que ya ha recogido una protectora a la que se lo ha cedido. "Su dueña es la primera que reconoce que no se puede llevar ese perro, es peligroso, muerde a las personas que no conoce. Yo le dije que se podía buscar un lío si se lo llevaba al piso".

"La responsabilidad la tienen los propietarios", añade, "ellos tienen que ser conscientes de que tener quince animales es un problema y las administraciones no tienen recursos ilimitados".

El Comisionado del Ayuntamiento reconoce que el de los animales en la Cañada es "un tema complicado" en gran medida por culpa de la ley de bienestar animal de la Comunidad de Madrid aprobada en 2016 por Cristina Cifuentes y que imponía el sacrificio cero en las perreras municipales sin dotarlas de recursos. "Me gustaría que la Comunidad se implicara más en este problema", insiste Navarrete, asegurando que la perrera municipal está saturada y que buscarán una solución con la ayuda de las asociaciones protectoras que trabajan en la Cañada.

Mati Cubillo, presidenta de la Federación de Asociaciones de Protectoras y Defensa Animal de Madrid (FAPAM) asegura que en la primera reunión, mantenida el pasado viernes, "se avanzó, pero solo un poquito"; se habló de la problemática existente y se acordó elaborar un censo aproximado y coordinarse mejor con las asociaciones que trabajan en la Cañada durante los realojos.  "Hay que poner dinero encima de la mesa, para residencias o para lo que sea. Las asociaciones de Madrid no tenemos capacidad para sumir esa cantidad de animales. También para  profesionales que los valoren, hay perros muy agresivos, entrenados para atacar y defender las chabolas". 

¿Por qué no se ha buscado una solución antes? "Un proceso de realojo va lento y hasta ahora se han ido quedando los perros otras familias. Pero ahora estamos llegando a una zona en la que tienen muchos animales. Y está la ley de sacrificio cero", repite, señalando que no es que sea algo malo en absoluto, pero desde luego dificulta la situación.

"Precisamente lo que reprochamos al comisionado es que, viendo desde hace mucho tiempo la problemática de los animales, que también es un problema de seguridad pública, no la hayan contemplado hasta ahora, que en todos estos años hayan mirado para otro lado", añade Cubillo.


El pitbull de esta familia, que será realojada en pocas semanas, ha sido ya recogido por una protectora. (JORGE PARÍS)

En la rotonda del vertedero municipal de Valdemingómez esperan a 20minutos cuatro mujeres que llevan mucho tiempo adentrándose en este sector 6, con frecuencia solas y jugándose el tipo, por amor a los animales. Son Pura Pérez, presidenta de la protectora Animales Con Un Nuevo Rumbo (ACUNR), Sonia, de Proyecto Cañada y Susana y Ana de la asociación Equipo Rescate Animal (ERA). Asociaciones todas ellas impulsoras de la campaña que reclama atención para estos animales.

Su misión, autoimpuesta por no ser capaces de obviar el sufrimiento animal que abunda en esta zona, es ganarse la confianza de los que aquí habitan; lograr que les regalen a sus animales para buscar para ellos un futuro mejor y rescatar los que vagan por allí abandonados, lo que requiere con frecuencia "rutinarlos", acostumbrarlos a acudir todos los días a una hora a comer a un sitio determinado para poderlos capturar. También intentar mejorar las condiciones de los que tienen las familias llevándoles piensos, productos antiparasitarios e incluso poniendo chips y vacunando cuando pueden contar con soporte veterinario.

"Sí, desde que han empezado los realojos y derribos estamos recogiendo más animales que la gente de la Cañada nos da y abandonados", explica  Pérez. La presidenta de ACUNR también cree que la ley de sacrificio cero supuso empezar la casa por el tejado. "De estos animales se tendría que hacer cargo el Ayuntamiento, pero en La Fortuna están saturados. La Cañada es enorme, no solo el sector 6. La Comunidad echa balones fuera a los ayuntamientos que tienen que afrontar la ley de sacrificio cero que aprobó la Comunidad. Para todos es un marrón. Coges animales que hay que evaluar, que llevan toda la vida atados, sin socializar y que probablemente tienes que condenar a pasar toda la vida encerrados por esa ley". 

Sus dos furgonetas avanzan por la bacheada y polvorienta carretera que atraviesa la Cañada dejando atrás el punto en el que se reparte metadona y a muchas personas drogodependientes. Por el camino se ven sobre todo pitbulls y galgos, también algunos gatos y gallinas; en una de las viviendas incluso hay pequeños y oscuros lechones de cerdos vietnamitas sueltos, pero no se pueden hacer fotos; esas familias no lo permitirían y hay que respetarlo para evitar situaciones desagradables.

Las voluntarias avanzan hasta llegar a una casa que no merece ese nombre en la que vive una mujer gitana de poco más de treinta años con sus cinco hijos que saluda con cariño a "las de la protectora". 

Esa misma mañana han derribado otras dos infraviviendas vecinas, la suya aún queda en pie pero por poco tiempo. La llamada para iniciar el realojo puede producirse en cualquier momento y están deseando irse de allí. Explica que "eso no es vida" y es obvio que tiene razón. No tiene coche y tiene que tirar adelante sola con los cinco niños en unas circunstancias muy duras.  A su espalda hay un incendio que aún humea. A escasos cincuenta metros de dónde vive con sus hijos se ha incendiado el pasto. Por suerte los bomberos ya han logrado controlarlo.


Uno de los niños sobre los restos de pasto calcinado. (JORGE PARÍS)

En el interior de la chabola, justo en la entrada, hay una galga. Tiene un ojo dañado y habla de ella con cariño: "La crié a biberón desde que tenía quince días". Está muy enfadada con otra asociación que subió un vídeo a las redes sociales en el que decían que maltrata a sus animales. Puede que no tengan agua corriente, pero sí móviles y acceso a lo que allí se cuenta. "¡Eso es mentira!. Los animales son como nosotros, sienten, ya lo sé yo", insiste en varias ocasiones indignada.

Al otro lado de la vivienda hay un galgo joven, un macho juguetón, y el interior de la casa está lleno de cachorros de gatos. Dos camadas enteras de las dos hembras que tienen. Los niños empiezan a perseguirlos por la casa para traerlos: "toma este es el mío, mi favorito, pero es tuyo si te gusta", dice la niña de nueve años sonriendo.


Varios de los gatitos con María, sus hijos y la infravivienda que habitan al fondo. (JORGE PARÍS)

En esta casa procuran tener a los perros a la sombra, con agua disponible, no se ven excrementos a su alrededor; pero ni los perros ni los gatos, por mucho que estén en manos de personas sensibles con los animales dentro de su entorno y posibilidades, están objetivamente bien. Permanecen atados, sucios, sin esterilizar, los gatitos con ojos legañosos y pulgas.  Pero es que tampoco los niños están en las mejores condiciones. "Da igual que los lave, si en este sitio a los cinco minutos ya están igual", explica la madre limpiando como puede a la más pequeña con una botella de agua.

Aún no sabe si se podrá llevar a sus galgos al piso que le den, no sabe dónde, o si tendrá que cederlos a una protectora. Los gatos ya están en proceso de ser recogidos por la asociación Rivanimal para buscarles buenos hogares. La única otra opción que hubieran tenido esos gatos si una de estas entidades privadas no se hubiera implicado habría sido dejarlos allí a su suerte.  "Los gatos los tienen por los ratones y se van a quedar todos atrás, abandonados", afirma la presidenta de ACUNR.

Las voluntarias dicen que algún animal sí que se están llevando a los pisos, "casi siempre perros pequeños, algún yorkshire por ejemplo. Legalmente no les pueden poner límites, pero segurísimo que les están aconsejando para que no lo hagan", asegura Pérez "porque hay muchos que te lo dicen, que les han dicho directamente que no se los lleven". Eso cuenta, por ejemplo, la dueña del pibull que se supone mordía y que reacciona cariñoso y juguetón a las caricias de todo aquel que se le acerca.

Ya saliendo de la Cañada las cuatro defensoras de los animales ven una galga joven, completamente blanca bajo la suciedad, comiendo de la basura. Ya la habían observado en días anteriores. Detienen la furgoneta y logran capturarla; comprueban que no tiene chip y la preparan para llevarla a la protectora. Una perra con suerte, una vida rescatada que compensa a estas voluntarias su esfuerzo.    

"En la Cañada Real se incumplen todas las normas de bienestar animal de la Comunidad de Madrid y nadie hace nada. Es tierra de nadie", concluye Pura Pérez.

(JORGE PARÍS)

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