Rafel Nadal
El escritor Rafel Nadal publica su sexta novela. JORGE PARÍS

"Hay que hacer el esfuerzo de no hacer la foto de la realidad sino la pintura sobre la realidad", explica el periodista Rafel Nadal que, tras dejar la dirección de El Periódico de Cataluña en 2010, cayó en las redes de la literatura. Desde entonces ha publicado seis novelas; la última, El hijo del italiano (Planeta), "una pintura muy impresionista" en la que, a diferencia de en sus obras anteriores, "la atmósfera se convierte en personaje".

La novela impregna "la época del franquismo, el recuerdo de la violencia en la retaguardia republicana y la miseria". Un drama que Nadal adereza con flores y ternura. Porque "a veces queremos contar una guerra en blanco y negro cuando en realidad fue en color y, precisamente, lo duro de la posguerra era ver que los árboles eran verdes y que no podían disfrutarlo", explica el autor.

Es curioso cómo le llegó esta historia por casualidad...
Sí, siempre que vas a clubes de lectura viene mucha gente que te cuenta historias maravillosas. Además, estamos en un país en el que cada pueblo tiene una novela. Podríamos hacer sagas de cada familia española porque venimos de un periodo muy complicado, una guerra civil, una posguerra, un desarrolismo muy salvaje, que ha tranformado a todas las casas.

También hay que tener ojo para escoger una sola experiencia, ¿qué vio en ella?
Estaba en un club de lectura, y cuando acabó se me acercó una persona para preguntarme si me interesaba conocer la historia de mil marineros italianos refugiados en Caldas en plena Segunda Guerra Mundial, y claro, me quedé de piedra. Porque, ¿qué pintan mil marineros en un pueblo del interior de 2.000 habitantes? Además, la persona que me lo contaba me dijo que podían ser los protagonistas de mi anterior novela. Y aún puse más interés cuando me contó que la estancia de los marineros rompieron tres matrimonios, y que la rumorología decía que el rastro de estos jóvenes dejó muchos hijos ilegítimos. Supe la enorme fuerza literaria de esta historia cuando conocí a Mateu, un hombre de 70 años que, a 65, decidió buscar a su padre entre ese grupo de marineros.

¿Cuánto le llevó escucharla y cuánto escribirla?
En cuanto la escuché me planté en casa de Mateu, el protagonista. Bajaba hasta ahí un par de veces al mes para hablar con él y, mientras, me dedicaba a viajar a Génova para hacer el mismo recorrido que él hizo para encontrar a su padre. De ese modo, explicaría cómo los italianos recibieron a ese chaval de Caldas que se presentó en casa de un antiguo marinero para preguntarle si era su padre. Lógicamente también fui a la capital italiana para encontrar supervivientes del Roma, el barco que hundió la aviación alemana, que está en el origen de estos marineros. También busqué en Mahón, Nápoles y Cerdeña, donde se produjo el bombardeo del barco. Me tiré un largo año investigando. Aunque cuando me puse a escribir aparqué la documentación y me quedé con lo que tenía grabado en la memoria.

Y los detalles corrieron por su imaginación...
Sí, hay mucha ficción. Está basado en un contexto histórico y en unos personajes reales, que son Mateo y los hijos y la viuda del marinero que llegué a conocer. Pero luego me he inventado otros papeles secundarios para que estén al servicio de la trama y le den profundidad a los protagonistas. El personaje de Mateu me resultó muy fácil porque se explicaba muy bien. Aunque fuera reservado, sus silencios dictaban sentencia.

La novela gira en torno a la búsqueda de la identidad, ¿fue un concepto que iba adherido al propio relato o fue usted quien lo hizo girar entorno a ello?
Mateu se crió en una familia que venía de la miseria, vivía en una casa agresiva de la que todo el pueblo rehuía y con su esfuerzo consiguió situarse en la vida. Él dice que cuando mira al futuro se siente orgulloso porque le ha dado a sus hijas unas oportunidades muy distintas a las que él tuvo. En cambio, cuando mira hacia atrás hay una pieza del pasado que no le encaja y, cuando eso ocurre, le cuesta concretar al futuro. Por eso, con los años le entró la obsesión por querer encontrar a su padre. Pero en el libro también hay muchas historias de amor paralelas, aunque no son de un gran romanticismo porque lo que buscaba mucha gente era ternura y compañía en medio del sufrimiento.

¿Qué opina Mateu ahora que su secreto ha salido a la luz?
Se siente satisfecho y alterado a la vez, porque vuelve a sentir más que nunca la necesidad de confirmar que ha encontrado a su padre. Pero también feliz de haberse quitado ese peso de encima y de poder hablar tranquilamente de ello con todo el mundo. De hecho, ha venido a las presentaciones del libro, incluso los ha firmado.

Imagínese la de historias curiosas y reales que hay ocultas... ¿sobre qué otro tema se moriría por investigar?
A mí me interesan mucho los periodos de guerra y de posguerra, porque creo que son etapas que sacan lo mejor y lo peor de cada persona. Por tanto, cuando confrontas a tus personajes con situaciones muy radicales les retratas el alma muy fácilmente.

Es la afición por la investigación y sobre todo la oportunidad de escribir con ritmo pausado lo que le dio alas para dejar el periodismo? ¿O es que nunca lo ha dejado?
Después de 45 años de profesión, el periodismo forma parte de mi ADN. Pero llegó un momento en el que tenía la necesidad de contar las cosas con más tiempo, con espacio y matices. En definitiva, lo que relato en mis libros es lo mismo que cuentan los periodiscos cada día: las historias humanas, que es lo que siempre le ha gustado a la gente. Y esto siempre está lleno de matices y ahora, con 400 páginas y dos años por delante para escribir una historia, puedo matizar mejor que cuando dirigía un periódico.

¿Qué echa de menos de sus días en El Periódico de Cataluña?
Los días que pasan noticias interesantes. Por ejemplo, los momentos convulsos que ha vivido Cataluña en los que me hubiera gustado estar, dar serenidad y voz a todas las partes, y hacer entender a la gente que en los sentimientos no se puede actuar desde fuera, porque la gente siente lo que siente y hay que respetarse. También en los momentos divertidos o de euforia deportiva me hubiera gustado hacer una portada loca. Pero ahora tengo muchas historias en la cabeza y me falta tiempo para escribirlas todas.

¿O sea que es curable la fiebre del periodismo?
Sí, sí.

La literatura, al contrario de esa profesión, ¿no es muy solitaria?
Sí, estás muy encerrado en casa. Yo echo muy en falta el tipo de editor anglosajón que te da consejos y le gusta intervenir en las obras. No porque tenga que hacerle caso sino porque cuando estoy solo me gusta dejar ver la evolución de los originales y que gente me de consejos. A veces me obligan a pensar y me descrubren nuevas vías. Por esa misma razón hago muchos actos públicos, como presentaciones, clubes de lectura, o charlas a donde te vienen 300 perosnas que no tienen verguenza, me preguntan lo que sea y me hacen reflexionar. Ahí es donde pierdo la soledad del escritor. Hay quien lo desprecia y dice que no escribe para nadie. En cambio, a mí me gusta que me lean.

Además de tiempo, la literatura le ha otorgado premios como el Ramon Llull. ¿Es una reafirmación de su talante en el mundo literario?
Sí, el Ramon LLul es un premio que te da muchos lectores. Yo ya tenía muchos fidelizados de mis obras anteriores, pero he descubierto a otro público que se ha acercado gracias a mi nueva novela. Cuando un libro tiene éxito me da la posibilidad de poder trabajar en el próximo durante cuatro años. Me gusta haberme profesionalizado en este terreno, sé que hay poca gente que pueda vivir de ello hoy en día. Espero aprovechar el tiempo que me han regalado los lectores para seguir ofreciendo nuevas historias.

Su libro triunfó en el Sant Jordi junto al de Oriol Junqueras, Cuentos desde la cárcel, ¿qué le sugiere esta coincidencia?
Ahora mismo está alejado de sus hijos y es lógico que sienta el impulso de escribir sobre su experiencia; también es normal que haya tenido éxito durante el San Jordi. Pero lo que a mí me ha gustado de esta cita literaria es que se han venido libros a mucha gente. Para los autores que tenemos novedad, el Sant Jordi nos ha acercado a los lectores. Y, aunque, lo nuevo es lo que atrae, también es una oportunidad para leer a otros autores como García Márquez o Vargas Llosa. Lo importante es que la gente se acerque y acabe convencida con un libro que le enganche. Hay que ser generoso con ellos y dejarles que escojan a su gusto.

Inspirado en hechos reales

Mateu creció en la casa más pobre de Caldas de Malavella. Con 65 años, decidió buscar a su padre: sus orígenes están relacionados con la estancia del millar de marineros italianos que se refugiaron en el pueblo. Eran los supervivientes del acorazado Roma, bombardeado por los alemanes en 1943. La novela El hijo del italiano (Planeta) ha recibido el Premio Ramon Llul y triunfó en la feria del libro de Sant Jordi.