Acampada personas sin hogar en el Paseo del Prado
Vista de uno de los accesos a la acampada de personas sin hogar frente al Ministerio de Sanidad. JORGE PARÍS

Si usted ha transitado últimamente por la acera central del Paseo del Prado tal vez las haya visto. Dos hileras de tiendas de campaña verdes, perfectamente organizadas, forman un pequeño campamento de personas sin hogar enclavado entre el Museo del Prado y el Ministerio de Sanidad.

En una de las entradas a este asentamiento improvisado hay una gran pancarta que reza: "Por favor, reflexionad sobre esto: 32.000 personas sintecho en peligro". Llevan acampados desde el 16 de abril para tratar de que se conozca la situación de las personas sin hogar. Y desde entonces la acampada no ha dejado de crecer.

Javier fue uno de los primeros en llegar. Lleva ya casi un año en la calle. "Lo montamos promoviéndolo por redes sociales y luego fuimos moviéndonos con la gente que está en la calle. Llevamos aquí casi un mes y estaremos hasta que nos hagan caso o nos echen y si nos echan volvemos, yo por lo menos voy a hacerlo así", asegura.

Los datos del IX Recuento de Personas Sin Hogar en Madrid [ver informe], una investigación que se realiza cada dos años para dibujar una visión general del problema, no invitan al optimismo. En diciembre de 2018 se detectó un 24% más de personas en situación de calle (651) que hace dos años. Se trata del mayor incremento bienal desde que hay registros. Cáritas calcula que hay 40.000 personas sin hogar en todo el país.

"Nadie lo entiende, se creen que somos bichos raros, que nos colocamos, que bebemos... habrá algunos, pero hay que tratarlos con cariño, no con desprecio. Si tratas a una persona con desprecio cae en el odio. Si la tratas con cariño se levanta", asegura Joaquina, migrante, que acampa con su marido y con su hijo. Llegó a España con la promesa de un trabajo y una vivienda que resultó no ser cierta.


Joaquina posa en su tienda junto a su marido. / JORGE PARÍS

"Me considero la madre de todos", dice orgullosa. Se encarga de hacer la comida y vela por las necesidades del resto. "Yo me voy aquí a luchar para todos, aunque me tenga que morir con las botas puestas", asegura.

A muchos paseantes se les escapa una mirada curiosa y siguen su camino. Otros se detienen, como dos niñas francesas que están de viaje de estudios. Regalan dos bocadillos a los acampados y estos tratan de darles las gracias. Pero con escaso éxito. "Son dos bocadillos, pero es el detalle", asegura un hombre que pide no revelar su nombre.

A la cada vez más numerosa diáspora venezolana en Madrid pertenece Enzo, que llegó a España hace siete meses para cuidar de su hermana hospitalizada y también en busca de mejores condiciones para su familia. Es licenciado en arte pero aún no ha podido visitar el Museo del Prado, que se encuentra a unos escasos 200 metros de donde ahora vive.

"Yo vengo de un país donde en nombre de los pobres se hizo una revolución, entonces, eso de pedir gratuitamente que te den... Sin embargo, me parece que debería ser algo mundial, debería haber políticas aplicadas a las personas con pocos ingresos, alquileres, ayudas sociales... no que se las regalen", comenta.


Enzo, junto a su tienda en el Paseo del Prado. / JORGE PARÍS

Durante la campaña electoral, se está hablando mucho del alto precio del alquiler y del difícil acceso a la vivienda en general. También de desahucios, pero desde el campamento son tajantes con sus representantes: "Aquí no ha venido nadie. Estamos esperando a que vengan y que den la cara".

Javier Ortíz, ya jubilado, consagró su vida al ecologismo, y a la cocina, de la que una incapacidad le retiró hace ya 20 años. "No es nuestra protesta, es un derecho de todos" , asegura mientras muestra el interior de su tienda. En la puerta de todas ellas hay escrito en letras chillonas: "Nadie sin hogar".

"Somos los invisibles de este país"

En la calle la experiencia también es un grado, aunque en este caso la expresión funcione más bien a la inversa: cuanto mayor peor. La soledad y el aislamiento se convierten en compañeros de viaje crónicos de las personas que se ven en esta situación.

El 'retrato robot' de quien vive en la calle es el de un hombre (73%), extranjero (62%) y con una media de edad de 47 años. Solo en uno de cada cinco casos trabaja y, cuando lo hace, muy rara vez es con un contrato legal. La gran mayoría pasan el tiempo solos o junto a personas en su misma situación (62%).

"La calle incita al alcohol. Te vas deteriorando, comes a deshora, te levantas a deshora...", asegura Lorenzo, enfermo crónico y veterano de las calles madrileñas. "La gente a nivel mental y psicológico se ve afectada por la situación", remata.

Igualmente se expresa Kristian, también sin hogar y dedicado al activismo en favor de la okupación, que conversa animadamente con su madre, Maite: "Por la noche en la calle no descansas. Un mes en la calle es un año en una casa. La gente envejece de golpe. A lo mejor duermes tres horas porque duermes con un ojo abierto", relata.

Casi la mitad de las personas sin hogar que viven en Madrid (38%) afirma no sentirse parte de la sociedad en la que vive. No tener casa invisibiliza.


Maite y su hijo Kristian / JORGE PARÍS.

Maite, ya jubilada, vive temporalmente en casa de unos amigos, pero supo lo que es verse sin un techo cuando tuvo que recurrir a un albergue del ayuntamiento durante el invierno, instalaciones para los que ninguno de los acampados tiene buenas palabras. "Nos tratan como tontos. Están para tres días y luego búscate la vida. Preferimos estar en la calle para poder trabajar", cuentan.

"Todo el mundo se piensa que el que está en la calle o es yonqui o es drogadicto o es un maleante, un delincuente. No. Mi madre no tiene nada de eso", asegura Kristian, que pide mandar un mensaje a los partidos: "Para todos los políticos: no somos invisibles" ."Porque somos los invisibles de este país", remata su madre.

Delitos de odio

Según datos del Ayuntamiento de Madrid, el 55% de las personas en situación de calle afirman haber sido víctimas de delitos, casi todos perpetrados por personas ajenas a su situación (77%). Solo tres de cada diez lo denunció.

Los prejuicios a los que se enfrentan hacen que los sintecho sean un grupo sensible a los delitos de odio. Por ello, desde 2014 , Interior incluye la aporofobia (fobia al pobre) en sus informes sobre estos hechos penales, aunque ésta no esté tipificada en el Código Penal.