Bar El Palentino
Bar El Palentino. COCINA FUTURO

La tragaperras; la Loli; la pilingui; el Amparo; el chino de las rosas, la pesada de tu amiga o el mondadientes son nombres de cocteles llenos de humor cotidiano que se ofrecen desde hace dos meses en el local reformado que ocupó durante 67 años el mítico Bar Palentino de la madrileña calle Pez de Malasaña. "Aunque parece que todo es nuevo", confirma Narciso Bermejo, asesor del establecimiento, "no es así, conserva su nombre y lo más importante, su espíritu".

Este pequeño local de 70 metros cuadrados ubicado en una esquina estratégica de un barrio que recibe cada fin de semana una media de 300.000 turistas con sus maletas y sus apps repletas de propuestas de ocio, pudo convertirse hace un año en una entidad bancaria o en una franquicia cuando cerró por la muerte de una de las personas que le entregó su vida durante 40 años, Casto Herrezuelo. Pero en algún lugar estaba escrito que no fuera así.

La señal

Horas antes de morir, Casto, responsable junto a su cuñada Loli de El Palentino, ese bar de toda la vida en dónde todo el mundo tenía su lugar, recorrió a duras penas los últimos metros que le separaban de su refugio. Narciso fue una de la últimas personas a las que vio aquella tarde. "Le encontré en la entrada, le abrí la puerta y comprobé que algo iba mal. Casto avanzó lentamente, entró en la barra y le dijo a Loli que no se encontraba bien. Loli le preguntó si había comido, él cambió de tema y al final entre todos conseguimos que fuera a mirarse la tensión a la farmacia. Lo hizo. En la farmacia le enviaron al hospital. Regresó al bar. De nuevo salió, esta vez para ir al hospital. Fin de la historia" recuerda emocionado.

La llamada

Tras el fallecimiento de Casto y el cierre del bar, los hijos decidieron vender el local a un fondo de inversión. El empresario gallego Martín Presumido lo alquiló y hace cuatro meses, mientras Narciso estaba comprando el pan a pocos metros de El Palentino, recibió una llamada y una propuesta que le dejó sin respiración.

"Me reuní con Martín con la obra en marcha, me contó lo que quería hacer e iniciamos una larga travesía", cuenta Narciso. "Queríamos conservar la estructura pero no había proyección inífuga. También se intentó conservar parte del bar para volver a colocarlo tal cual, pero literalmente, se desintegraba. Fuimos avanzando a ciegas hasta que encontré una llave de salvación, pensé qué haría Casto si volviera a tener este espacio, qué vendería y cómo, y las respuestas que encontré son las que justifican los cambios en el espacio y en la carta".

Qué beber y qué comer

El mítico pepito - que Narciso cuenta que algunas madres compraban cuando iban a recoger a los niños al colegio del barrio " cuando los niños comían bocatas y cosas de verdad" – se sigue ofreciendo en versión y precio original los martes y jueves. El resto de la semana, los clientes pueden degustar la versión actualizada de ternera de Ávila; pan integral de trigo y escanda y tomate rallado, junto con una selección de tapas homenaje a otros templos de la cotidianidad como las croquetas versión Txiriboga de Bilbao; los garbanzos del Pinocho de la Boquería o las patatas bravas del Bar del Pla de Barcelona.

Para Bermejo "Malasaña ya no es el barrio que conocí hace 20 años cuando llegué, pero sigo luchando para que lo que está en mi mano no cambie. Seguimos ofreciendo el café y las porras por 2 euros, ya sé que perdemos dinero, pero quiero seguir contando con la gente mayor del barrio. No quiero que se queden encerrados en sus pisos. Siempre vinieron, buscando esa cotidianidad, igual que todos los demás. El Palentino era ese lugar común en el que coincidían la señora con la flebitis, el niño en el carrito y la pareja discutiendo. Hasta hace cinco años las madres que iban a recoger a sus hijos cogían el bocadillo aquí. Ahora todo va cambiando, el barrio se ha llenado de turistas de fin de semana, pero nos hemos propuesto cuidar a la gente del barrio y tratar a la gente de fuera como si fuera del barrio porque es lo que Casto y Loli hubieran querido", confiesa antes de meterse en la barra para seguir formando a su equipo.