Óscar Aibar
óscar Aibar, por Luis F. Sanz Luis F. Sanz

La zona semidesértica de las Bardenas Reales, en Navarra, debe de ser un lugar maldito para el cine, pues tanto Terry Gilliam como Óscar Aibar (Barcelona, 1967) las pasaron tirando a muy mal en el rodaje de Lost in La Mancha y Atolladero, respectivamente. En la primera, Gilliam nos cuenta el making of de lo que iba a ser un largometraje sobre Don Quijote. Y en esta novela, titulada precisamente Making of, Aibar nos narra el rodaje de su Atolladero que, felizmente, logró terminar con no pocas complicaciones.
La tentación de buscar en Internet a quiénes corresponden en realidad los nombres falsos que menciona Óscar Aibar en su libro son fuertes, pero saber que, por ejemplo, Jim Rock es el mismísimo Iggy Pop no es estrictamente necesario para disfrutar de la lectura de este Making of novelado de Aibar.

Costumbrismo ibérico

El verbo disfrutar cobra aquí su sentido más amplio: además de implicar una dosis importante de carcajadas ante situaciones protagonizadas por los consabidos frikis del universo Aibar (una señora que pinta espantosos bodegones; un mafioso dedicado a la usura y al porno…), también nos vemos metidos hasta las cejas en la utopía que supone el rodaje de una película de escaso presupuesto y que se opone con fuerza a la temible VIDA (así, con mayúsculas) que vendrá después con sus toneladas de rutina y previsibilidad.


Ya lo dice bien clarito el narrador de Making of: «¿Quién no recuerda cómo de niño, en la escuela, siempre parecía ser el cumpleaños de alguien, el santo, o siempre caía alguien enfermo, o alguien perdía un diente en el recreo? (…) En un rodaje pasa lo mismo. La existencia te parece de repente más intensa, más trepidante (…)».


Si para algo tiene talento Aibar es para el costumbrismo ibérico: en dos patadas nos describe el estilo rancio con el que decoran sus pisos el 90% de las tías-abuelas de este país; esboza personajes de la fauna española con una precisión sorprendente («Faustino (…) solía vestir rebecas de lana gris y tenía la costumbre de frotarse las manos mientras te hablaba con ese tono de falsa jovialidad de los curas»); y nos clava como banderillazos los comentarios más frecuentes y manidos que se oyen en este país sólo con aguzar mínimamente el oído.


Pero no olvidemos que su película (basada en el tebeo Atolladero, Texas, cuyo guión es también suyo) es, después de todo, un wéstern de ciencia ficción; por tanto, los elementos estadounidenses han de entremezclarse con los patrios en todo momento. El punto culminante que lo deja claro es la conversación que el director, álter ego del propio Óscar, mantiene con Orson Welles y Paco Martínez Soria acerca del oficio del cine.

Y bajo todas estas acciones tan disparatadas como reales está la relación, agridulce pero intensa, del autor hacia su obra, sea ésta un largometraje o un paisaje al óleo de pincelada pastosa.

Mondadori / 224 páginas / 15,90 euros