Cayetano Martínez de Irujo recuerda los peores años de su vida
Cayetano Martínez de Irujo, en abril de 2019. EP

Desde aquella primera intervención de urgencia, pocos días después de que muriera su madre, la Duquesa de Alba, el 20 de noviembre de 2014, los problemas intestinales de Cayetano Martínez de Irujo no le han dejado de dar sustos.

El último, esta semana, que ha tenido que ser intervenido por octava vez del estómago a causa de unas dolencias que a día de hoy los doctores no han podido solucionar definitivamente.

El aristócrata se sinceró el pasado miércoles, tras una gala benéfica de premios, donde admitió que esto está suponiendo en ocasiones un calvario, pero que su deseo por formar parte del jurado de estos galardones solidarios hizo que pidiera el alta con antelación.

"Yo este año he venido [a la gala], me acaban de hacer una ultima operación de la pared abdominal, a principio de febrero; fui hasta con una sonda y me mareé, pero no falto", aseguró Cayetano sobre su sacrificio.

"O sea, me tengo que estar muriendo de verdad, le pedí al médico que me diera el alta antes para poder ir a la cita de elección porque yo la verdad que para todo lo que sea ayudar a los demás...", comentó.

Discreción y generosidad

De sus palabras se sobreentiende que ha querido llevar esta última cirugía con la mayor discreción posible hasta que hubiera acabado la pesadilla, y ahora por fin se ha visto con fuerzas para detallar lo sucedido.

"He tenido desde el 2014 ocho operaciones. Parezco un torero, más que un torero... Y me había quedado un bultito que parecía que se iba a cerrar y resulta que hicimos una resonancia en diciembre y la pared abdominal estaba abierta", narraba el hijo de la Duquesa de Alba.

"Como hago mucho ejercicio, cuanto más musculaba, más se abría y había que repararlo. Me han puesto una malla, pero una malla grande. Estuve un par de semanas muy fastidiado, hasta que eso empezó a adaptarse y a flexibilizar", comentaba.

Cayetano aprovechó además la charla con la prensa para asegurar que no comprendía las inmensas donaciones de grandes fortunas para la reparación de la Catedral de Notre-Dame cuando a esa generosidad no le sigue una igual hacia los millones de personas que hay pasando hambre en el mundo.