Manifestación del Orgullo LGTB
Arcópoli está detrás de este informe anual. AYUNTAMIENTO DE MADRID - Archivo

El Observatorio madrileño contra la LGTBfobia anotó durante el año pasado 345 incidentes de odio en toda la Comunidad, un 7,5 por ciento más que en 2017. No obstante, el informe, elaborado por activistas de la asociación Arcópoli –que gestiona esta oficina de atención a víctimas–, considera que esta subida no se puede achacar directamente a un aumento de estos delitos, ya que en este tiempo se ha producido una "profesionalización" de la recogida de los datos. Es más, el informe apunta a una estabilización de las agresiones que, con todo, deja una fotografía de una al día.

Así, el coordinador del estudio, Rubén López, señaló este martes que la conclusión segura que ponen de manifiesto las cifras es que la región no está consiguiendo "reducir la discriminación y el odio" contra este colectivo, por lo que reclamó "incidir mucho más en la educación, clave de la erradicación de los prejuicios".

"Violación correctiva" en casa

Las estadísticas demuestran que algo menos de la mitad de las agresiones fueron de tipo verbal, con insultos y frases de hostigamiento o humillantes que, en cuatro decenas de ocasiones, estuvieron acompañados de palizas. Además, el Observatorio contabilizó 21 incidentes en daños a la propiedad, lo que incluye "pintadas", "cristales rotos" o "lanzamiento" de objetos contra ventanas con símbolos arcoíris.

También, se detectaron tres pseudoterapias de conversión, 24 casos cometidos en un centro escolar, una decena en un puesto de trabajo y otros tantos en el seno del hogar, "algunos especialmente duros" que tuvieron por víctimas a niños de 12 años y menores a los que sus propios parientes "les negaron los derechos más elementales". Mención aparte merece una "violación correctiva" cometida "dentro de una familia" para "curar" a un chico.

El Observatorio detectó medio centenar de artículos en medios y webs que incitaban al odio y logró que se retiraran algunos de ellos. Cabe reseñar la veintena de casos de "denegación de servicios" recogios por esta entidad, que cita, por ejemplo, la expulsión o inadmisión de personas en discotecas, hostales e, incluso, para alquilar una vivienda.

El tabú deportivo

Por ciudades, la capital copó tres de cada cuatro agresiones, la mayoría en el distrito Centro, seguido de Moncloa y Ciudad Lineal. En cuanto a los espacios en los que se dan, la calle (y, en concreto, de noche) sigue siendo el lugar más habitual, seguida de las redes sociales y la propia vivienda, de donde a día de hoy el Observatorio lamenta que se produzcan "expulsiones".

Al tiempo, el documento alerta del incremento de denuncias en el mundo deportivo, todo un tabú. A los episodios en gimnasios o estadios donde "se incumple la ley contra el racismo y la intolerancia con total impunidad", se suman situaciones particulares como la "oleada de mensajes" de acoso contra el exjudoca Marc Fortuny.

En el 88% de los casos, fueron hombres los que atacaron a las víctimas, en su inmensa mayoría, también hombres. Siguiendo el perfil que esboza el estudio, de ellos, dos tercios actuaron "en solitario" y uno de cada ocho lucía una "estética neonazi", como la describieron los afectados. Pese a las dificultades para precisar la edad, la mitad se situó entre los 20 y los 30 años. En un 63,2 por ciento de los casos eran, además, auténticos desconocidos.

El iceberg y las zonas de sombra

En total, estos 345 incidentes se tradujeron en 101 denuncias ante la Policía o las autoridades judiciales, la misma cifra que en 2017, lo que denota un "estancamiento". Igualmente, la organización reprocha la falta de acceso a datos del Ejército, de centros penitenciarios o del CIE de Aluche y las dificultades para desarrollar su trabajo en 150 municipios.

Por último, el informe reconoce que estos números son solo la punta del iceberg. Según sus estimaciones, el Observatorio apenas recoge entre un dos y un cinco por ciento de los incidentes que "realmente ocurren". Dos razones sobresalen: por un lado, el caso de las personas trans, que llegan a "normalizar" la violencia, y, por otro, la autorrepresión. "Donde no somos visibles, es muy complicado que se produzcan incidentes", concluye. "Los agresores no saben de nuestra existencia".

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