La casa de Vicente Aleixandre (Velintonia 3) no está deshabitada. La residen las hiedras que trepan por las paredes, el musgo que nace de las grietas de los ladrillos desprendidos, las urracas, los mirlos, las cotorras que se posan en su tejado. La casa de Aleixandre –o, más bien, la que fuera la casa de Aleixandre– es ahora un caserón abandonado al que se llega casi por casualidad, pues muy pocos elementos indican que allí vivió el español que ganó Premio Nobel de Literatura de 1977.

A cinco minutos andando desde la parada de metro que lleva el nombre del escritor (con anterioridad, Metropolitano), Velintonia sigue albergando los ecos de su vanguardista vida pasada. Por aquella puerta color verde esmeralda –que hoy en día tiene la pintura desconchada– entraron grandes personajes de la literatura del siglo XX. Sobre sus baldosas —ahora partidas o arrancadas— pisaron los zapatos de Federico García Lorca, Luis Cernuda, Dámaso Alonso, Pablo Neruda, Gerardo Diego, Miguel Hernández o José Antonio Muñoz Rojas.

Velintonia huele a librería de segunda mano y en sus paredes interiores aún quedan las huellas de los objetos que, en algún momento, acompañaron a Aleixandre y a su familia. En el cuarto de entrada, permanece la marca de un reloj de salón y de algunos cuadros. En la que fue su biblioteca, los huecos dedicados a sus estanterías. Las tablas de madera que en aquel tiempo recubrieron el suelo de esta última habitación descansan, en la actualidad, en bolsas de basura. De cuando en cuando, algún admirador recoge uno de esos trozos de madera como quien se lleva un trocito del Muro de Berlín.

"[Velintonia] Era una isla de libertad en una España oscura y gris", asegura Alejandro Sanz, miembro de la Asociación Amigos de Vicente Aleixandre, que busca salvar esta casa olvidada. Sus muros guardan el secreto de aquellas conversaciones clandestinas entre intelectuales que, en la España franquista, suponían una pena de cárcel.

Y, véase, ni la dictadura consiguió echar a Aleixandre de Velintonia 3, su refugio. Desde que llegó, en 1927 hasta 1984, el Premio Nobel se cobijaba en esta residencia de la que, hoy en día, cuelgan hasta dos placas de 'se vende'. Durante la Guerra Civil, la casa sufrió los estallidos de las bombas lo que provocó la destrucción del mobiliario, incluyendo la rica biblioteca del poeta. Tras la reconstrucción de Velintonia, Vicente Aleixandre volvió a guarecerse en el que será su hogar hasta 1984, año en que falleció.

Un hombre retraido en su poesía

Su condición de ermitaño podía atribuirse a su delicada salud. Sea como fuere, pasaba todo el tiempo en su casa, en especial, en su cama, donde concibió la mayor parte de su obra tan afamada. Aun siendo una persona poco mundana, se dejaba visitar por todos los ilustrados. En los años de posguerra se convirtió en el mentor de los jóvenes poetas. De nuevo, por la puerta de Velintonia cruzaron personalidades como Jaime Gil de Biedma, José Luis Cano, Ricardo Molina, José Hierro Luis Antonio de Villena, Vicente Molina Foix o Carlos Bousoño. Este último es quien tutela la obra del Nobel, pues a raíz de la tesis doctoral que hizo sobre el maestro, ambos poetas acaban sumidos en una fuerte amistad.

"Esta casa tiene la poesía misma. Por aquí desfiló toda la poesía española del siglo XX", defiende Sanz mientras recorre las desiertas habitaciones. Con este espíritu reivindicativo, el grupo de "amigos" de Aleixandre asegura llevar años luchando contra las administraciones para salvar esta residencia; su objetivo: transformarla en casa de la poesía–"un espacio dedicado a la memoria de Vicente Aleixandre, y de toda la poesía española del siglo pasado–".

Velintonia 3 no está muerta; tampoco viva. Se podría decir que el silencio que ha presenciado en estos años ha acabado por acunarla. Un profundo sueño del que solo podrá despertar el recio sonido del timbre motivado por algún poeta que quiera hablar de poesía.

Vicente Aleixandre y la herencia cultural

Nació en Sevilla en 1898 y falleció en Madrid en 1984. Perteneció a la Generación del 27. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura, el Premio de la Crítica y el Premio Nobel de Literatura en 1977.