Un libro blanco que acabó convirtiéndose en la Biblia y el compromiso de que el PSOE apoyará sin condiciones la política antiterrorista del PP si llegara a gobernar sirvieron a Zapatero para arrimar a su sardina el ascua de un debate que Rajoy remontó en el tramo final. El presidente ganó los tres primeros asaltos y el líder del PP, los dos últimos.

El truco del libro sirvió al presidente para llevarse de calle el capítulo económico

Ambos candidatos llegaban a su segundo cara a cara con la lección aprendida. Rajoy hizo caso a Gallardón y evitó leer sus intervenciones; Zapatero, que en esta ocasión jugaba con blancas, se mostró contundente y hasta belicoso.

El truco del libro, que, según dijo, daría fe de todos los datos que utilizara, sirvió al presidente para llevarse de calle el capítulo económico. Fue aquí donde aprovechó para colocar varios de sus mensajes: alcanzar el pleno empleo y crear dos millones de puestos de trabajo; rebajar la precariedad laboral, adelantar el plan de infraestructuras y construir 150.000 viviendas protegidas al año.

Rajoy, que se había embarrado en una absurda disputa sobre cuál fue su primera pregunta en el Parlamento, volvió a la carga con la inmigración: "Los españoles también tienen derechos", le espetó, pero se topó con que su oponente cambió el bonobús por una Orbea: "Ustedes -le dijo- regularizaron inmigrantes con el recibo de compra de una rueda de bicicleta". El Rajoy ciclista acusó el golpe.

Rajoy se enzarza

En los minutos que siguieron Rajoy perdió el debate. Tocaba hablar de terrorismo y el líder del PP se dejó conducir a una discusión peregrina sobre Irak, en la que quiso convencer a los españoles de que Zapatero apoyó en la ONU el envío de soldados después de retirar a las tropas españolas. Lo de menos era que fuera cierto, y de tanto jugar con fuego, terminó quemándose: "¿Sigue apoyando la guerra de Irak?", le interrumpió el socialista. "¿Fue una buena aventura?", insistió.

Zapatero logró que de ETA se hablara poco y, en su lugar, coló el 11-M
Zapatero logró que de ETA se hablara poco y, en su lugar, coló el 11-M y el argumento matemático del número de víctimas: cuatro durante su mandato; 238 en los últimos cuatro años de Aznar.

Llegó el descanso y Rajoy pasó al ataque. Empezó por reprochar a Zapatero no tener una idea de España, le mencionó Kosovo y le recordó que tenía planteado un referéndum de secesión y que otro había sido anunciado por uno de sus socios -Esquerra- y terminó sacando un as de la manga: la multa de 400 euros que la Generalitat había impuesto a un comerciante por rotular su establecimiento en castellano: "Quien le multa es el Partido Socialista, que quede claro", afirmó.

La ley del suelo

En esta fase era Rajoy quien interrumpía más y quien llevaba la iniciativa. Se permitió, incluso, poner en evidencia a Zapatero acerca de la ley del suelo que el socialista atribuía a los populares: "Nunca entró en vigor; usted no se entera", le dijo.

Esa niña está en mi cabeza, esa niña está en mí permanentemente y en mi corazón

Cerrar el debate era su baza final y la aprovechó. Trató de quitarse de encima el sambenito de crispador y expresó su voluntad de consenso y de reducir la crispación de la vida política. Ofreció cuatro pactos de Estado e hizo guiños al electorado femenino, antes de proclamar que la economía "es capital" y que se centraría en ella.

Y supo volver a su favor su discurso ñoño acerca de la niña española que trajo al mundo en el primer debate. "Esa niña está en mi cabeza, esa niña está en mí permanentemente y en mi corazón".