Robert Bragg
Robert Bragg. BBC

"Comencé a llevar un cuchillo cuando tenía 12 años porque todos lo hacían en ese momento", así comienza su relato Robert Bragg, quien ha sido entrevistado en la BBC para denunciar la oleada de crímenes con arma blanca que se han producido en Reino Unido en los últimos años. Una cifra que ha ido en aumento hasta marcar la cota más alta en 2018.

Bragg, que ahora es parte de un programa para alentar a los niños de la escuela a no involucrarse en el mundo criminal, explica que se adentró en esta espiral de violencia solo porque "quería encajar más. Al entrar en esas pandillas te pedían hacer ciertas cosas, así que empecé a apuñalar a la gente".

"Pensé que era lo correcto en ese momento. Éramos los malos, la pandilla que todos temían. Para llegar a eso tuvimos que cometer muchos crímenes violentos. Para ser honesto, no sé a cuánta gente he apuñalado, solo sé que a mucha gente", explica este joven, que ha cumplido seis años de prisión.

Bragg defiende que las penas para este tipo de ataques deben endurecerse. "Si en mi tiempo las condenas hubiesen sido más duras, mi forma de actuar habría cambiado mucho antes "porque en ese mundo nadie quiere ir a la cárcel 10 o 15 años solo por llevar un cuchillo".

El número de apuñalamientos violentos y/o mortales en Inglaterra y Gales el año pasado fue el más alto desde que comenzaron los registros en 1946, según muestran las cifras oficiales. "En Londres es normal", dice Robert Bragg, quien ahora trabaja para una organización benéfica que trabaja en escuelas para resaltar los peligros de estar en una pandilla.

"Mi vida era despertarme, desayunar y apuñalar a alguien. Era una locura porque en realidad no estaba pensando en dañar una vida, no creía que iba a matar a alguien. Llegué intentar suicidarme cuando me di cuenta de lo que es la cultura de este tipo de pandillas. Es todo mentira, un engaño en el que te hacen creer que están ahí para ti, cuando en realidad no les importas", cuenta.

"Quería quitarme la vida, y mi última esperanza fue Dios. Me dije a mí mismo antes de suicidarme 'voy a probar a Dios y ver si Dios tiene un plan para mi vida", relata. "Entré un día en una iglesia, levanté los brazos y dije 'Dios, si eres real, ayúdame".

"Aquella cultura de pandilla me había llegado a prohibir llorar. Era un hombre y los hombres no lloran. En la iglesia comencé a llorar, fue entonces cuando empecé a sentirme un hombre libre. Ahora siento que he vuelto a nacer, que Dios me ha ayudado y quiero ayudar a los demás", recuerda Bragg.