Debate entre actores
Manuel Saco

. El día había amanecido con buenas encuestas para el PSOE. Por la tarde, Solbes anunciaba una ampliación sin coste en el plazo de las hipotecas a las familias más necesitadas. No era la mejor situación para encarar un debate con Zapatero. Pero Rajoy no se arrugó. Yo sí. Estuve viendo el debate con el alma encogida, en el mismo estado de tensión que ante una final de copa. Porque la política y los partidos de fútbol suelo verlos en pequeñas dosis en el telediario, pero dos horas seguidas es una sobredosis para mí. El debate no trajo nada nuevo, y sólo una sobretensión. Rajoy, el aspirante, estuvo agresivo y grosero; Zapatero se arrugó por exceso de cortesía. Fue la repetición de los mítines, palabra por palabra, lo que me confirmó los peores presagios: que se nos venía un debate entre los gabinetes de imagen que escriben los guiones, con Rajoy y Zapatero como meros actores. Ser actor es representar lo que no es, y en eso Rajoy ayer mereció un Oscar.

Con el espejo retrovisor
Fernando González Urbaneja

. El debate fue tenso, incluso intenso, como tantos otros que han mantenido durante los últimos cuatro años estos dos políticos, que parecían destinados a entenderse, pero que se han distanciado tanto o más que sus antecesores. No se aguantan y se les nota. Ha sido medio debate, referido al pasado, conducido con espejo retrovisor por los dos contendientes. Obsesionados por su vida anterior, más que por prometer futuro a los que les escuchábamos; uno y otro se han enfangado en la gestión anterior, en lo que ya ha ocurrido, y muy poco en lo que ofrecen. Y se han zurrado de lo lindo. El recitativo final que colocaron al acabar el debate reclamando el voto sonó impostado y artificioso. Especialmente el de Rajoy que se abraza a los "argumentarios" de su partido a la propaganda y a los tópicos. Zapatero estuvo marrón, con mezcla de serenidad y lentitud, evitando equivocarse y como esperando al próximo debate, del lunes 3 de marzo.