Vecinos de Totalán
Pepe, Julio, Antonio y José Luis, vecinos de Totalán. LARA MONTOTO

"¿Sabes cuál es el secreto de Totalán? Que estando tan cerca de Málaga, aquí se puede respirar paz. Ni tienes que esperar semáforos ni ná de ná". Eso cuenta José Luis en el bar Arriba y Abajo, el corazón del pequeño pueblo malagueño de casas blancas que se ha hecho tristemente famoso por la caída del pequeño Julen a un pozo de más de 100  metros de profundidad.

El bar se divide en dos plantas: la baja, donde congregados alrededor de su barra se reúnen los vecinos de toda la vida, y la alta, donde los periodistas que han acudido a cubrir el suceso invaden todas las mesas.

Tomándose el vermú y la copa de vino junto a la barra se encuentran Pepe, Julio, Antonio y José Luis. Los cuatro son vecinos de Totalán y están viviendo su momento de fama maldita. Todos coinciden: "Ojalá nos hubiéramos hecho famosos por haber ganado el Gordo, no porque el niño se haya caído al pozo".

La época del año en la que más gente puede verse paseando por sus calles es verano, cuando muchos vecinos se acercan por las fiestas, por un restaurante "donde se come muy bien" y por la piscina. Hay días en los que incluso, si el cielo está despejado, pueden ver África al otro lado del Mediterráneo.

Nunca habían visto a tanta gente llegar de golpe, sobre todo durante las horas de luz. Cuando cae la noche, el silencio que hasta hace una semana reinaba en este pueblo rodeado de montañas donde la cobertura en ocasiones flaquea, se ha visto interrumpido por el ruido de las excavadoras. "Yo, que vivo cerca, escucho por las noches los pitidos de la maquinaria dando marcha atrás", apunta Julio.

El domingo, Pepe, que es ganadero, estaba paseando con sus cabras por la sierra cuando escuchó muchos gritos y jaleo. "Pensé que habría una pelea o algo. Ya luego cuando llegué al pueblo y me enteré de lo que pasó, me entró frío. Si yo lo hubiera sabido, hubiera sido el primero en tirarse de cabeza a por el niño".

Después de la tragedia, los totalanenses pensaban que el rescate culminaría en cuestión de horas, como mucho algún día. El transcurso de los días fue borrando esa esperanza hasta el punto de que cinco días después, Antonio piensa que "esto va a continuar para largo".

Esta situación ha provocado que los minutos en el Dolmen del Cerro de la Corona se condensen. Desde que la tierra absorbió al pequeño Julen, el tiempo ha adquirido el cariz de esas pesadillas que avanzan a cámara lenta: por mucho que los equipos de rescate tratan de sacar al niño, nuevas dificultades les impiden culminar la tarea.

Todo porque el agujero se muestra receloso a compartir su nuevo inquilino con el resto, maquinando todo tipo de artimañas para impedirlo: primero taponándose, después amenazando con sepultar a aquellos que traten de rescatar a Julen a través de un túnel horizontal. También intenta invocar a la lluvia, pero de momento no lo ha conseguido.

Cada minuto cuenta, y ya son más de 7.200 los que el niño lleva allí abajo. Y mientras algunos expertos se cuestionan si el pequeño está bajo tierra, ningún vecino de Totalán lo duda: "Está ahí abajo".