En el año 2000, cuando M. Night Shyamalan se disponía a estrenar El protegido, Disney se negó a utilizar las palabras superhéroes y cómics en la promoción de la película porque no quería atraer a "esa gente que va a las convenciones". Mucho ha cambiado el cine de capas y mallas desde entonces: 19 años después, en plena era dorada de los héroes, Shyamalan no solo alza la voz para hablar de tebeos y superhombres al referirse a Glass, sino que trasciende el género sin dejarse contagiar por la fiebre Marvel/DC. Fiel a su estilo autoral, en su universo no priman las grandes escenas de acción y la única capa que ondea es el chubasquero de David Dunn.

No en vano, se trata del hombre que comenzó una saga de esta índole con un accidente de tren que ni siquiera mostró en pantalla. Ahora arranca el último episodio con esa misma aparente calma inicial, que te mantiene en vilo mientras la tensión va in crescendo hasta alcanzar los finales más inesperados. Entre medias, solo queda gozar de una historia esquizofrénica que entremezcla drama, terrory, sí, acción en su justa medida, evasiva ante cualquier etiqueta que se le quiera poner.

La historia camina pausada entre los pasillos de un hospital psiquiátrico, sin los consabidos sobresaltos rítmicos de los blockbusters del género. Y mantiene esa mala baba cómica que tan bien equilibra Shyamalan, sus juegos de cámara, su capacidad para despistar al espectador –Mr. Glass nunca es obvio y su creador tampoco– y los giros de guion imposibles marca de la casa.

Han pasado casi dos décadas y Shyamalan sabe sacar provecho del factor nostalgia: es inevitable removerse en la butaca al vislumbrar la sombra de una figura en silla de ruedas que avanza sobre la pared o refrenar la emoción por reencontrarse con tantos viejos conocidos; entre ellos, el propio director en uno de sus recurrentes cameos.

En medio de la vorágine de guerras psicológicas y sensación de déjà vu, están ellos, con sus ceños fruncidos y miradas perdidas en primerísimos planos. Tres actores mimetizados a la perfección con sus personajes: Samuel L. Jackson, aterrador cuando se le intuye a contraluz; Bruce Willis, desorientado ante un posible mundo en el que su rol de protector no tenga cabida; y un apabullante James McAvoy, más múltiple y robaescenas que nunca entre flashes y referencias a Drake.

Glass es una reflexión sobre la naturaleza humana, sobre el malogrado concepto de excepcionalidad en una sociedad que prefiere saberse mediocre, y sobre la eterna y comiquera lucha entre el bien y el mal; todo ello, revestido de ese tono sobrenatural tan único y shyamalanino. Es también una culminación a la altura de esta trilogía, así como un homenaje a sus predecesoras (sobre todo a El protegido, que ya ha sobrepasado la mayoría de edad).

Tal vez no sea tan redonda como estas pero, incluso cuando se resquebraja bajo su propia ambición o roza peligrosamente la monotonía, resiste la embestida gracias al lenguaje único e impredecible de un cineasta que hace casi dos décadas se adelantó al cine de superhéroes. Ahora remata su plan maestro, casi tan perfectamente cuidado y ejecutado como el del propio Mr. Glass en el filme.