Con 13 años ofreció su primera actuación. Ahora, con 38, Jorge Blass es uno de los ilusionistas -como le gusta que le llamen- más queridos y reconocidos en el mundo de la magia, dentro y fuera de España, donde se hizo famoso hace casi dos décadas gracias a un anuncio de televisión. Para celebrar sus 25 años en la magia, el madrileño se atreve cada fin de semana de diciembre en Madrid con el reto de actuar, por primera vez, rodeado de público en un espacio 360º.

¿Qué se va a encontrar el público en 'MAGIA 360º'?
Es un show que pretende sorprender al espectador por una condición básica, y es que, por primera vez, hago magia rodeado de público. Es magia 360º, el público está alrededor de mí. Hago algunos de los mejores trucos de mi carrera y en una hora y media la gente puede ver lo mejor que he hecho en estos 25 años.

¿No tiene miedo a que le descubran?
Estoy al descubierto, claro, y es más difícil pensar en un show para esa situación, por lo que hay que cambiar cosas y adaptarlo.

¿Sigue sintiendo presión después de tantos años?
Hay una responsabilidad de que lo que haces tiene que estar bien. El público dedica su tiempo a venir a verte y eso es una gran responsabilidad. Por eso tienes siempre hay un poco de nervios, algo que es muy bueno porque implica que te importa lo que haces.

¿Qué queda de aquel niño que empezó en la magia con 13 años?
La inquietud. Para ser mago hay que ser muy curioso, ver la vida de una forma desacostumbrada y ver de otra forma la realidad. Sigo teniendo la misma curiosidad por aprender cosas y aplicarlas a la magia para sorprender a la gente. Hacerle magia a alguien y ver lo que genera en él es lo mejor de todo.

¿Pero lo vive de forma distinta a cuando empezó?
Sí. Empezó como un hobby, luego se convirtió en una pasión, después en un trabajo y ahora es parte de mi vida. Me lo tomo distinto, pero más en el ámbito del trabajo, porque me ocupo de más cosas además de hacer el show. Pero, de todo, la mejor parte es cuando estás delante del público.

¿Por qué un niño decide ser mago?
Porque las otras disciplinas que probé estaban bien y me gustaban, pero no encontré lo que en la magia, que es que la magia te empodera en el sentido de que te ayuda a entender mejor a las personas. Te da un cierto poder oculto, psicológico, de saber desviar la atención, jugar con la percepción, con la memoria... Además, era un niño muy tímido y la magia me ayudó a abrirme. La magia te enseña muchas cosas positivas, ya sea como afición y como profesión.

¿Cualquiera puede ser mago?
Cualquier persona puede aprender a hacer magia, pero para dedicarse a ello hay que tener una condición especial. También creo que el mago se hace más que nace. Tienes que hacerte, sin duda. No vale con nacer. Y para eso hace falta mucho esfuerzo, trabajo y dedicación. Es vocacional.

¿El contexto cambia la forma de hacer magia?
Sin duda. La magia es muy amplia y tienes que elegir muy bien lo que vas a ofrecer. Hay que saber qué espectador tienes delante y, en función de eso, elegir el repertorio.

¿Se queda con algún público?
Los americanos y los chinos son los más entusiastas. Tienen reacciones escandalosas y eso anima la magia.

¿Se acuerda de su primer truco de magia?
Sí. Lo aprendí con 12 o 13 años. Se llamaba la cuerda tricolor y consistía en unir tres cuerdas en una sola. Años después, con 20, hice un anuncio de televisión de una empresa de telecomunicaciones en el que unía tres líneas y que tuvo mucho éxito. ¡Mi primer juego fue como una premonición!

Un anuncio que lo lanzó a la popularidad. ¿Volvería a la televisión?
Estoy trabajando en algunos formatos. Lo que pasa es que es muy difícil la magia en la tele porque consume mucho material y la magia es bueno darla en pequeñas dosis porque ahí no es ilimitada. Además, ahora hay una tendencia que no me gusta: los programas son muy posproducidos, hacen trucos de cámaras, cortan, usan compinches... Y yo soy más de la corriente tamariziana, que la magia que haces en la tele sea la misma que verías si estuvieras allí. Para mí es una magia deshonesta, que al público que le gusta de verdad no acepta. Ellos quieren una magia hecha con ingenio y que sea casi arte. Es como cantar en playback.

¿Prefiere la magia que se hacía hace 25 años o la que se hace ahora?
Creo que hay magia universal que será siempre clásica y que seguirá sorprendiendo, como la habilidad de saber lo que alguien está pensando, hacer que levite, ser capaz de teletransportar a un objeto o a una persona... Son deseos del ser humano que, sin duda, van a perseguirnos siempre. Pero ahora hay un nuevo tipo de magia, más dinámica y fresca. A la gente le gustaría multiplicar el dinero, volar o estar en dos sitios a la vez... Son deseos que cambian con el paso de los años, y, ahora mismo, en el siglo XXI, los magos tenemos que agudizar el ingenio, pensar nuevas formas de sorprender y nuevos efectos. No vale lo que hacíamos hace 25 años, tenemos que reinventar esa magia.

¿Se le agotan los trucos?
No. En 25 años ha habido una gran evolución. Nunca se acaba la magia, siempre hay nuevas ideas, nuevas formas de presentar magia. El público cambia, así que tengo que cambiar el repertorio. Ahora hago magia inspirada en internet y en las nuevas tecnologías; también magia interactiva... El espectador que venga a verme va a ver cosas que nunca ha visto.

¿Hay algún truco que se le resista?
Sí. Hay muchos juegos que están en la libreta y que algún día se materializarán. Porque los magos somos bastantes persistentes. Para ser mago, la condición fundamental es ser perseverante y cabezota y no desistir hasta conseguir algo. Un mago tiene la mente inquieta y siempre está tramando algo, qué será lo siguiente.

¿A qué famoso le gustaría sorprender?
A Donald Trump. Me gustaría hacerle un truco de magia... y es posible que después no lo encontráramos [risas].

Entonces ya no le pregunto a quién haría desaparecer.
[Risas] Hay una larga lista, pero Trump y el presidente norcoreano (Kim Jong Un) la encabezan.

¿Cómo David Copperfield llega a adquirir una de sus magias?
¡Ha sido una pasada! Yo le conocía de algún encuentro casual, pero estaba seguro de que él no sabía quién era yo. De repente, hace como dos años, me llama un día por teléfono y me dice que hay un truco que hago en mi show que le interesa mucho y le gustaría comprármelo para hacerlo en el suyo de Las Vegas. Viajé hasta allí, me reuní con él y ahora tenemos muy buena relación e, incluso, colaboramos. Es un genio de la magia, es el mago de siglo XX. Era mi ídolo de la infancia.

¿Cómo es usted fuera de los escenarios?
Soy tranquilo, en general. Aunque es verdad que me cuesta no hacer nada. Tengo un hijo de 7 años y viajamos mucho, hacemos de todo. Me gustaría decir que soy normal, pero no lo soy [risas]. Soy rarito, todos los artistas lo somos.

¿Alguna vez ha utilizado un truco para su beneficio personal?
Sí, muchas veces.

¿Para ligar?
Lo que pasa que nunca acabo ligando yo, siempre ligan mis amigos, porque yo me quedo haciendo trucos y ellos son los que al final triunfan. Es el síndrome del cantautor [risas].

Hace un año tuvo un grave accidente.
Sí. He vuelto a vivir. Estaba en un paso de cebra y me embistió un coche cuyo conductor, además, dio positivo en alcoholemia. Me dio con el retrovisor en el brazo y me rompió diez huesos. Me tuvieron que operar y ahora llevo placas y tornillos. En enero vuelvo al quirófano para quitarme algunas placas. Lo bueno es que al mes y medio ya estaba haciendo shows.

Se recuperó, permítame la expresión, casi por arte de magia.
Sí. Tengo alguna rigidez todavía. La magia es muy de dedos, en cuanto pierdes algo de movimiento en ellos se fastidia la cosa. Pero bueno, he recuperado bastante y a seguir. Soy de Madrid, así que tengo siete vidas. Me quedan seis [risas].