La escritora y periodista Luna Miguel
Luna Miguel posa para '20minutos.es' con motivo de la publicación de su primera novela. JORGE PARÍS

Para Luna Miguel —periodista y escritora— la vida comenzó aquel 6 de noviembre de 1990 en Alcalá de Henares (Madrid). Allí vivió hasta los cinco años y se mudó a Almería, a un lugar apartado en el que leer se convirtió en una forma de supervivencia. Su madre y su padre eran muy estrictos con sus salidas, pero desde muy joven le permitieron estar en contacto con libros que otros progenitores hubiesen catalogado como "cosas de adultos".

Quizá por eso, por su temprano descubrimiento de la literatura más física, su gran obsesión ha sido siempre la misma: el cuerpo y sus escrituras.

Ahora, 28 años después de haber llegado al mundo, esta escritora de realidad y de ficción, que ha publicado ya seis poemarios —el último, El arrecife de las sirenas—, un ensayo y varios cuentos, da a luz a su primera novela: El funeral de Lolita (Lumen, 2018), una historia que, como su nombre deja entrever, tiene mucha relación con la Lolita de Nabokov y con el mito de las lolitas o nínfulas, esas niñas prepúberes o púberes por las que se sienten atraídos algunos hombres mayores. Pero, desde el principio, Miguel quiere dejar claro que su libro no es una revisión del de Nabokov. "En todo caso, [una revisión] del mito y de la figura deformada de la lolita que se han creado después".

La protagonista de su novela se llama Helena Zurita. Helena es una reputada crítica gastronómica en Barcelona y huérfana por partida doble, como la Dolores Haze (Lolita) de Nabokov. Un día recibe un mensaje por Facebook de una amiga del pasado, Rocío, que le cuenta que Roberto, su profesor de literatura del Instituto Complutense de Alcalá de Henares —su ciudad durante la adolescencia—, ha muerto. Helena deja todo lo que está haciendo y se dirige a Alcalá para ir al funeral y encontrarse con su historia: cuando era menor de edad, mantuvo una relación con Roberto.

Pero, ¿en qué se parecen Helena y Dolores? "No tienen prácticamente nada en común, salvo que son huérfanas y que son chicas jóvenes", explica la escritora. Dolores Haze era más pequeña que Helena y, además, Helena es mucho más consciente de lo que ocurre. "La diferencia básica es que Helena ya sabe que Dolores Haze existe, Dolores Haze no sabe que Dolores Haze existe".

Para Miguel, el hechizo de la literatura reside en su capacidad de sobrevivir al paso del tiempo, de ser reinterpretada y recontextualizada. Su novela llega unos meses después del debate que se creó en el ámbito literario español en torno a la lectura que ha predominado en las últimas décadas de la famosa obra de Nabokov. Una lectura que, según muchas feministas, romantiza la pederastia.

Entre las contrapropuestas más sonadas a la visión hegemónica de Lolita, se encuentra la de la escritora y feminista española Laura Freixas, que se pregunta si quienes defienden a capa y espada la novela de Nabokov —en la que, según ella, se justifica la violación y el maltrato a una niña—, lo hacen porque su condición de obra de arte prohíbe su crítica.

"Me parece necesario regresar a los clásicos con una mirada crítica, no solo de complacencia", dice Luna Miguel. Pero cuando habla de volver a los clásicos, habla de Lolita y de Cervantes, por ejemplo, pero también de Sylvia Plath. "Yo creo que se puede leer y disfrutar Lolita y ser feminista al mismo tiempo. Pienso que no es algo contradictorio, pero tienes que darle ese filtro".

Piensa que la imagen erotizada de Lolita que ha llegado hasta nuestros días tiene mucho que ver con las lolitas cinematográficas. Hace poco, Anagrama decidió apostar por subrayar el dolor de Lolita en la portada de la última reedición del libro. En la tapa aparece una adolescente atravesada por un objeto punzante. "Es que basta meterse en el libro para ver que hay un dolor constante. El dolor de la madre, el dolor de ella, el dolor, incluso, de los hombres que están representados".

Dice que, como defiende Laura Freixas, es importante volver a Lolita para revisar el terreno de lo sexual, pero que no solo es importante ese aspecto. Luna Miguel cree que las lecturas anteriores se han centrado tanto en la parte sexual que todo lo demás ha pasado desapercibido. Defiende que revisar Lolita implica, también, repensar otros elementos: el abuso de poder, la masculinidad tóxica, la maldad, lo económico.

La escritora lee mucho. Todos los días. Cuenta que El funeral de Lolita está hecho de relecturas, de Las vírgenes suicidas, por ejemplo, y, sobre todo, de la Lolita de Nabokov. Para ella, El funeral... es un libro "muy Amelie Nothomb", una autora que la obsesiona. También es un poco Elena Garro y un poco Anaïs Nin.

Es un libro hecho de libros escritos por mujeres, en contraposición con las referencias explícitas que aparecen en la novela. Helena aprende toda la literatura de Roberto y sus referencias son eminentemente masculinas.

La vida de Miguel, como la de Helena, está muy mediada por las lecturas. Tanto que, como explica, puede que su vocación nazca de los libros que ha leído. "También por eso escribo, para ajustar cuentas con fantasmas de las propias lecturas". Y para ajustar cuentas con las ciudades. Luna Miguel escribe con o contra los recuerdos. Con o contra los lugares. El funeral transcurre, en buena medida, en lo que la escritora denomina "lugares feos".

"Tenía claro que me apetecía mostrar los lugares que yo conocía. Hay quien es capaz de escribir una novela gracias a Google Maps pero yo no me veo capacitada para eso todavía". La Costa Azul, Almería o Madrid son escenarios que conoce bien. Luna Miguel quería utilizar las partes menos instagrameables de esos sitios, porque cree que es donde realmente ocurre la vida. Lugares grises, a veces sucios, a veces desagradecidos. Y uno de ellos es La Ciudad de Cervantes, donde transcurre casi toda la novela.

"Conozco muchas historias allí", cuenta. "Por ejemplo, el Instituto Complutense [donde tiene lugar la relación entre Helena y Roberto] es en el que estudiaron y se conocieron mis padres. Era un sitio que, en mi mente, tenía algo de mágico. Podía imaginarme, mientras describía a Helena con su pelo largo, a mi madre que paseaba por allí con su pelo largo".

También eligió Alcalá por los contrastes. Miguel se pregunta cómo una ciudad tan importante —allí nació Cervantes y se entrega el premio que lleva su nombre— pueda estar, en cierta manera, tan olvidada. Tan quieta en el tiempo. Frente a la Barcelona de Helena, siempre a la última en gastronomía, la Alcalá a la que regresa es la de la cocina más "castiza", la de su infancia: el cocido.

Para Helena, las personas y los recuerdos poseen un sabor determinado. Si tuviese que asignarle un sabor a la escritura de esta novela, Miguel diría que es el del café. "Mucho café para llegar a tiempo". Pero también le sabe a vino blanco. "Creo que me he vuelto alcohólica escribiendo este libro. Por la mañana café y por la noche vino. El vino blanco es muy importante para ella [Helena]".

La protagonista de la novela no para de beber y beber. La niebla en las ideas, la borrosidad. Eso buscaba Luna Miguel. Y en esto se inspiró en algunas voces de la Alt Lit (Alternative Literature) —ese movimiento artístico influido, sobre todo, por Internet y sus lenguajes—, como Tao Lin o Megan Boyle. A diferencia de los autores de la Alt Lit, que buscaban ese efecto de espejismo sometiendo a sus personajes al consumo de psicofármacos y anfetamina, Luna Miguel pone a Helena a beber vino blanco.

Y, también, la pone ante la muerte. A pesar de que Helena ha perdido a su madre y a su padre, el funeral de Roberto es el primero de su vida. Algo en lo que la escritora coincide con su personaje: "En un funeral como tal no he estado nunca. He estado en un tanatorio cuando murió mi madre y no en más. No he ido porque es un sitio al que no me gusta ir. Creo que uno de los primeros impulsos para escribir algo sobre esa sensación fue tras la muerte de mi madre y eso quedó reflejado en los dos últimos libros de poemas. Me interesaba escribir desde la perspectiva de alguien que conoce bien la muerte pero que nunca ha querido mirarla de frente".