Miguel B. Araújo
Miguel B. Araújo, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales, en la exposición temporal PhotoArk sobre especies en peligro. JORGE PARÍS

Lisboa, Escocia, Londres, Francia, Oxford, Dinamarca y finalmente, Madrid. Miguel B. Araújo ha desarrollado su carrera profesional en tantos lugares que cuando le preguntan de dónde es le resulta difícil contestar, asegura con una sonrisa, mientras toma asiento en su despacho del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Este biogeógrafo acaba de ser premiado con el Ernst Haeckel Price, un galardón que concede la Federación Europea de Ecología y que por segunda vez recala en España.

Nacido en Bélgica en 1969 y criado en Portugal, Araújo está especializado en el estudio de los efectos que el cambio climático provoca en la biodiversidad. Sus investigaciones son clave para el desarrollo de modelos ecológicos que ayudan a predecir cómo afectará el cambio global a largo plazo así como a evaluar las consecuencias de la actividad humana sobre la naturaleza. Consciente de la complicada situación, intenta mantener una actitud optimista, desde el apremio a los gobiernos para que tomen más medidas.

¿Qué implica este galardón?
Me resultó particularmente agradable por dos motivos. Primero, porque no sabía que había sido presentado y fue una sorpresa enorme. Y segundo, porque hay muchos premios pero este es otorgado por tus compañeros. La federación está compuesta por 18 sociedades de ecología de 18 países.

¿En qué situación está España en materia de cambio climático, biodiversidad, medio ambiente...?
A nivel científico está muy bien. En ecología por ejemplo tiene una masa crítica por encima de la media europea. El premio que he recibido ahora ya lo tienen cinco expertos y dos estamos en España. Es verdad que en energía solar debería ser líder mundial en tecnología y en políticas pero en desalinización del agua sí lo es. Más de ocho millones de personas consumen agua desalinizada y se exporta tecnología a EE UU, Australia, Arabia Saudí…. Se hizo una apuesta muy fuerte en los tiempos del Gobierno de Zapatero para inversiones en este componente, que es fundamental para la adaptación al cambio global.

¿Hacia dónde nos encaminamos?
Desarrollamos modelos predictivos, estudiamos las correlaciones entre distribuciones de las especies y el clima y las intentamos proyectar en el futuro y en el pasado. Pero estamos lejos de una respuesta porque las distribuciones no solo están afectadas por el clima. Hay otros factores como la capacidad de movilidad de las especies y las interacciones entre ellas y con nosotros. Estamos intentando comprender esos mecanismos de una forma mucho más refinada para tener modelos mucho más predictivos. A dónde estamos yendo. Trabajamos principalmente con horizontes temporales hasta finales de siglo y dependerá de donde se esté. En el norte, hay un problema grave de desaparición del hábitat, el ecosistema polar desaparecerá. En los trópicos el gran reto es que se van a generar climas que hoy no existen en el planeta. Es muy difícil predecir lo que puede pasar a nivel de biodiversidad cuando no tenemos ningún punto de comparación.

¿La influencia del hombre siempre es negativa?
El hombre está en todos los ecosistemas y ejerce una presión determinada que impone una selección. Para algunas especies es negativa y para otras puede ser positiva. En una ciudad, las palomas y las ratas tienen una relación de atracción con las actividades humanas. Y se calcula que la biomasa de las hormigas del planeta es más grande que la de los humanos. Tenemos cuatro o cinco especies que se benefician mucho de nuestras actividades. Pero la mayor parte, no.

¿No hay conciencia social de que estemos destruyendo el planeta?
La conciencia existe, lo que es difícil es implementar medidas que respondan a esa conciencia porque tienen un coste, no solo financiero sino también en nuestro modo de vivir. Edward Wilson, quizás el biólogo vivo más importante, a sus casi 90 años ha llegado a la conclusión de que no somos capaces de generar una sociedad autorregulada para respetar otros valores. Lo mejor es poner una frontera, con una mitad ocupada por los humanos y dejando tranquila a la otra mitad. No está consensuado, hay un debate.

Suena utópico.
Él dice que utópico es el concepto de desarrollo sostenible, la opción contraria, que dice que hay que compatibilizar la humanidad con la naturaleza. Él creyó en ello cuando era más joven pero ahora no. Yo creo que algo de los dos se tiene que hacer. A lo mejor es imposible en estos momentos preservar el 50% del planeta, pero cuando Wilson era más joven se defendía que se tenía que proteger el 10% y lo hemos conseguido. Ahora la meta está en torno al 23%. También porque la humanidad está cambiando su forma de ocupar el espacio. Hay un proceso de concentración de humanos en ciudades y hay un abandono rural.

En España, ¿qué especies son las más amenazadas?
Yo diría que todas las que vivan en la mitad sur de la Península, muchas de ellas sujetas ya a un nivel de estrés térmico bastante grande, se verán muy afectadas. Y posiblemente tendrán que ejercer un fenómeno de migración hacia el norte o hacia las montañas para sobrevivir.

Hablamos entre ellas del lince ibérico.
Sí. Realizamos un estudio hace unos años con modelos de predicción de su comportamiento. Es uno de los más avanzados hasta la fecha. Miramos todas las interacciones posibles, con enfermedades del conejo, el cambio de uso del suelo, el clima… También hicimos escenarios de translocación porque están creando linces en cautividad y los sueltan principalmente en el sur de Portugal y Andalucía. Comparamos un escenario en esas zonas con otro optimizado con mejor hábitat tanto para el lince como para el conejo. Con la estrategia actual los linces se extinguirían más o menos hacia finales de siglo porque habría una mortalidad muy elevada en el campo. Sería más idóneo hacer una translocación con una preponderancia grande de áreas de la mitad norte de la Península.

¿Qué otras especies están en peligro?
He hablado de las del sur porque hay una tendencia de ambientes semiáridos a convertirse en áridos, muy cercanos al desierto, donde hay una tradición brutal de flora y fauna. Hay especies capaces de sobrevivir con niveles de precipitación baja, pero si disminuye más se sustituyen por otro tipo de ambientes con menos especies. Pero también las especies que viven en alta montaña, en zonas de frío permanente, se pueden ver muy afectadas.

¿Se irá produciendo una desertización hacia el norte de España?
Sí. Ese es el patrón que se prevé. Y además, una subida en altitud. Las especies que están por ejemplo en las montañas bajas subirán, las que están a niveles intermedios también, y las que están arriba podrán quizás desaparecer porque viven en ambientes que serán colonizados por otras especies mucho más agresivas.

¿Qué medidas se pueden tomar?
Están identificadas a nivel científico. En parques naturales, por ejemplo, se puede hacer una gestión para aumentar la resiliencia del sistema: puntos de agua para la fauna; garantizar corredores de dispersión de especies en gradientes altitudinales que permiten que la fauna y la flora puedan moverse dentro del parque... Luego hay medidas que se tienen que tomar en el territorio más amplio, las más complicadas. Pero no hay todavía muchos ejemplos prácticos en países. En Sudáfrica se hizo algo, con contratos de gestión con agricultores para poder crear corredores ecológicos entre áreas protegidas. Son contratos de 20 o 30 años renovables y se paga al propietario para mantener el tipo de paisaje que permita la movilidad de especies. Siempre hubo cambios climáticos y muchas de las especies han conseguido adaptarse a través de la dispersión pero hoy en día el paisaje que tenemos está mucho más fragmentado y les es mucho más difícil.

¿Los gobiernos deberían involucrarse más?
Sí. Hay conciencia de que hay que actuar pero no hay sentimiento de urgencia.

Y existe esa urgencia.
Sí. Todo lo que se pueda hacer hoy por hoy tendrá un efecto más adelante. Cuanto antes se actúe mejor. El caso del lince es interesante. Nuestro artículo salió y es la mejor ciencia que se ha hecho hasta hoy, pero actualmente no hay ninguna medida que haya incorporado el efecto del cambio climático en las políticas para su conservación. No está incorporado y tiene un presupuesto de más de 40 millones de euros.

¿Qué opina del anteproyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética en el que se trabaja?
Va en la buena dirección. Es una ley que se crea para cumplir los Acuerdos de París que España ha firmado y que tiene que cumplir, salvo que se salga, como Trump. El debate no es tanto si la dirección es la adecuada. Creo que no hay un plan B, tenemos que descarbonizar la economía, pero a la gente más consciente de los problemas le gustaría que fuéramos más rápido. Sabemos por ejemplo que la persistencia de los gases de CO2 en la atmósfera va a estar ahí por lo menos 300.000 años. Estamos comprometidos a cierto nivel de calentamiento que no bajará en 300.000 años. La cuestión es cuál será la magnitud del impacto: ¿un grado y medio, dos, cuatro, más? Cuatro grado sería una barbaridad. Las predicciones para finales de siglo es que las olas de calor podrán durar cuatro, cinco o seis semanas. Además de costes y un efecto en la salud pública enormes, impactará sobre el paisaje.

¿Qué piensa cuando escucha hablar a Donald Trump y ve que un país como EE UU se sale del Acuerdo de París?
Y ahora Brasil parece que quiere adoptar el mismo camino. Al menos esa es la retórica de Bolsonaro. Es peligroso pero soy optimista. Me gustaría que todo fuera mucho más rápido. Creo que estamos perdiendo mucho tiempo, pero estoy convencido de que casos como el de Trump o el de Bolsonaro son ocurrencias sin demasiado significado porque la dirección de los cambios está marcada. Los que lo hagan de una forma más convincente y con más inversión serán los futuros ganadores de la próxima economía. Y Trump no se quedará para siempre. Incluso es posible que la salida del Acuerdo de París no sea efectiva. Están comprometidos hasta finales de la presidencia actual y si no sale reelegido es más que probable que EE UU vuelva. Incluso hay dinámicas de implementación en algunos estados más allá de lo que diga el presidente. Y lo mismo con Brasil. Hay industrias, intereses... que van a perder bastante con los cambios pero otros van a ganar. Es natural que los lobbies del carbón intenten, no obstaculizarlo porque es imposible, pero sí frenarlo.

¿Podemos ser optimistas entonces?
Yo creo que sí. Son pataletas. Cuando hay un cambio de rumbo muy grande, y este lo es, hay resistencias, pero es imparable. EE UU ya lo está pagando con la elevada frecuencia de huracanes, el fuego en California… Todo eso está asociado directa o indirectamente con el cambio global y tiene costes que se pueden medir ya. Es mucho más caro no hacer nada que trabajar en serio, tanto en la parte de mitigación del cambio del clima como en la de adaptación.

¿Qué se puede hacer a nivel personal o local?
Es muy bonito hablar del principio de pensar globalmente y actuar localmente, es el principio del desarrollo sostenible, pero a nivel de lo que es la mitigación del cambio climático lo que realmente nos hace falta es pensar globalmente y actuar globalmente. Los estados se tienen que poner de acuerdo, lo han hecho en París, porque es la única forma de tener un impacto en tiempo útil. Otra cosa es que a nivel de adaptación al cambio de clima se tenga que actuar a nivel local porque cambian temas de gestión de recursos hídricos, capacidad de respuesta a olas de calor, enfermedades nuevas que surjan…

Pero cada uno individualmente podrá hacer algo...
Creo que sí. Pero también es verdad que la dimensión de los procesos que están en marcha implica algo que va mucho más allá de lo que son, por ejemplo, las bolsas de plástico en los supermercados. Tú puedes llevar tu bolsa, pero miles de personas siguen utilizándolas y las legumbres y los tomates están en plásticos. Si no sale una norma que les impida hacerlo, por mucho que personas individuales tengan una actitud más consciente, el proceso de cambio es muy lento y es incompatible con la premura de los impactos.

El del plástico es un problema serio.
Sí, porque se descubrió que había micropartículas en el mar tan pequeñas que son consumidas por los peces que nosotros luego comemos. Así ya hay micropartículas de plástico dentro de nosotros. Ya estamos constituidos por nuestra basura. Asusta. Y si no hacemos nada va a ir a más.