Cremalleras
Imagen de tres cremalleras en diferentes materiales. Woodbine9 / WIKIPEDIA

Este domingo se celebra el centenario del final de la Primera Guerra Mundial. Más allá de nuevas fronteras, millones de muertos y un nuevo concepto de guerra, el conflicto dejó también algunos inventos revolucionarios para la posteridad. La BBC recoge los 10 principales:

Las compresas: Antes de la Gran Guerra, una empresa estadounidense (Kimberly-Clark) inventó el 'celucotton', un material cinco veces más absorbente que el algodón. Lo usaban para forrar la vestimenta de los profesionales sanitarios que participaban en la Primera Guerra Mundial. Fueron las enfermeras las que se dieron cuenta que este material tenía un uso diferente: como compresas para la menstruación.

Los pañuelos de papel: Este invento procede del anterior. Las compresas tenían la dificultad de que las mujeres eran reacias a comprarlas si se las vendía un tendero hombre. Con el intento de mejorar las ventas y sacar su excedente de 'celucotton', Kimberley-Clark planchó el material para hacer un pañuelo suave y fino. Nacía así el kleenex.

Lámparas solares. Tras la Primera Guerra Mundial, un médico berlinés, Kurt Huldschinsky, detectó que la mitad de los niños de la capital sufrían raquitismo y sus huesos eran más blandos y se deformaban. Este doctor decidió probar un experimento con cuatro de ellos: les aplicó lámparas de cuarzo y mercurio que emitían luz ultravioleta. Los huesos de los chicos se habían endurecido. La primavera siguiente los puso a tomar el sol y se confirmó el resultado. Así, empezaron a tratarse niños con estas lámparas, ya que la luz ultravioleta estimulaba la vitamina D necesaria para dotar a los huesos de calcio.

Cambio de hora. La escasez de carbón provocó que las autoridades alemanas decidieran que el día 30 de abril de 1916 todos los relojes que marcaran las 23.00 horas marcaran las 0.00, con el fin de asegurar una hora más de luz a la mañana siguiente. Esta idea se extendió a otros países rápidamente. Aunque cuando acabó la guerra se dejó de hacer, pronto se retomó la idea tras comprobar sus beneficios.

Bolsas de té. En realidad el invento es de 1908, cuando una compañía estadounidense embolsaba el té, pero solo para enviarlo a sus clientes. Fue en la Primera Guerra Mundial cuando los soldados empezaron a usar estas bolsas directamente en sus tazas. La idea de este uso fue de una empresa francesa, Teekanne.

El reloj de pulsera. Como en el caso anterior, el invento es anterior, pero fue en la Gran Guerra cuando se extendió su uso, ya que permitía que los soldados tuvieran las manos libres para consultar la hora. En el caso de los aviadores, era mucho más útil aún.

Salchichas vegetarianas. Debido al bloqueo británico a Alemania, el hambre empezó a hacer mella en este país ante la ausencia de carne. Para no quedarse sin uno de sus principales alimentos, la salchicha, en Colonia se idearon las salchichas sin carne, hechas sobre todo con soja. Curiosamente, la patente no fue concedida en Alemania, sino en Reino Unido, el 26 de junio de 1918.

La cremallera. Gideon Sundback, un emigrante sueco en Estados Unidos, ideó un sistema de cierre sin anclaje para todo tipo de prendas de ropa. Se convirtió en el jefe de diseño de la empresa Universal Fastener Company y sus cremalleras fueron usadas por los soldados estadounidenses en la Primera Guerra Mundial. En cuanto acabó el conflicto, tan ingenioso sistema fue extendido para la ropa de calle de todo el mundo.

Acero inoxidable. El inglés Harry Bearley creó en Sheffield el primer acero sin óxido, después de que el ejército británico le encomendara una solución a su problema: los cañones de sus armas se deformaban tras varios disparos por la fricción y el calor de las balas. Bearley realizó varios experimentos y dio con que añadiendo cromo, el acero no se oxidaba. Su primer uso fue para las armas, pero después para la cubertería y el material quirúrgico de los hospitales.

Comunicación con los pilotos. En la Gran Guerra, los pilotos de aviones de combate no tenían manera de comunicarse con sus torres. Se empezaron a usar radios, pero el ruido en la cabina dificultaba la comunicación, de tal modo que se inventó un casco en el que había un auricular y un pequeño micrófono con el que el piloto podía entender perfectamente lo que le decían, y viceversa.