El genio nace o se hace? Para Thomas Alba Edison el genio era un 1% de inspiración y un 99% de transpiración. La inspiración llega mientras estás trabajando ¿pero debemos tener una predisposición innata a ello? Anders Ericsson, psicólogo de la Universidad de Florida, es de los pocos que cree que no. «Denme 10 años de práctica deliberada y cualquiera será capaz de adquirir un nivel de desarrollo de prodigio», afirma sin sonrojo. Brian Butterworth, psicólogo de la Universidad de Londres, le contesta con lo que llama «el argumento Mozart»: nadie se puede convertir en Mozart a fuerza de trabajo duro. ¿Puede el entrenamiento desarrollar facultades? Eso fue lo que se propuso el ajedrecista y psicólogo húngaro Laszlo Polgar a finales de los setenta. Una de las creencias más extendidas entre los jugadores de ajedrez es que las mujeres no son buenas en los torneos. Decidido a demostrar la equivocación, comenzó a entrenar a sus tres hijas. En 1992 todas ellas se encontraban entre las diez mejores jugadoras del mundo, siendo la más pequeña, Judit, el Gran Maestro más joven de la historia, con 15 años y 4 meses, un mes menos que el legendario Bobby Fisher.

El experimento de Polgar demuestra lo que puede hacerse con entrenamiento continuado de los hijos –a costa de no ver televisión y no jugar en la calle–, pero no está claro si no hay una predisposición genética para el genio: la inteligencia parece que se hereda un 60-80%. La efectividad del funcionamiento cerebral está determinada por dos factores interconectados: el contexto social y la organización cerebral, más en concreto el número de neuronas y la densidad de redes neuronales, que se organizan durante el periodo prenatal y se activan durante los primeros 4 años de vida. Diferentes trabajos apuntan a que las sinapsis neuronales crecen fuertes cuando se las estimula regularmente en periodos particulares, lo que sugiere que si tenemos un cerebro es para usarlo.
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