Jair Bolsonaro y Fernando Haddad
Los candidatos a la presidencia de Brasil, el ultraderechista Jair Bolsonaro (izq.) y el socialista Fernando Haddad. Marcelo Sayão - Antonio Lacerda / EFE

Brasil celebra este domingo la segunda vuelta de las elecciones presidenciales más relevantes de su historia reciente. Se enfrentarán el ultraderechista Jair Bolsonaro, a quien los sondeos señalan como favorito, y el izquierdista Fernando Haddad. Bolsonaro ganó la primera vuelta el pasado 7 de octubre con un 46% de los votos, quedándose a tan solo cuatro puntos de proclamarse presidente. Haddad obtuvo el 28%. Fue la constatación del profundo cambio social que ha experimentado el gigante sudamericano desde que, hace ya más de 15 años, eligió como presidente a Lula da Silva, hoy encarcelado por corrupción.

Bolsonaro, candidato del Partido Social Liberal (PSL), se muestra confiado. El polémico capitán del Ejército en la reserva, un ultranacionalista nostálgico de la dictadura militar (1964-1985), conocido por sus declaraciones machistas, racistas y homófobas, se ha mantenido a la cabeza en las encuestas, a pesar de que ha estado ausente durante prácticamente toda la campaña electoral.

El 6 de septiembre recibió una puñalada en el abdomen en pleno mitin que le tuvo hospitalizado hasta la misma semana de la primera vuelta. Después, su equipo médico anunció que seguía débil y le recomendó guardar reposo, lo que le ha dado vía libre para descartarse de los debates electorales con Haddad y centrarse en las redes sociales.

Haddad, por su parte, ha intentado superar la derrota de la primera vuelta sumando el apoyo de los candidatos que quedaron descartados. Sin embargo, la mayoría han optado por dar libertad de voto a sus simpatizantes para no alinearse con el defenestrado Partido de los Trabajadores (PT), la formación de Lula que ha gobernado los últimos trece años, cuestionada por numerosos escándalos de corrupción y que colocó a Haddad como candidato al no poder presentarse el encarcelado expresidente.

Las claves del ascenso de Bolsonaro

Son varios los factores que ayudan a explicar la victoria de Bolsonaro en la primera vuelta (a la que contribuyó una abstención récord, del 20,3%, que favoreció a la derecha), y que pueden determinar asimismo el resultado de las elecciones de este domingo. Entre ellos destacan la ausencia de Lula y la falta del mismo apoyo entusiasta que parece haber despertado su sustituto; el descalabro del centroderecha tradicional (el Partido de la Social Democracia Brasileira, PSDB, que gobernó el país entre 1995 y 2002); la corrupción que ha lacrado al PT, junto con la percepción de que Bolsonaro ha venido a combatirla; y la "mano dura" que promete el candidato ultraderechista frente al clima de inseguridad y violencia que se vive aún en muchas zonas del país.

Lo cierto es que Brasil se encuentra más polarizado que nunca, claramente dividido entre un norte y noreste que sigue votando al PT, y un sur, la zona con más dinero, que apoya al candidato del PSL, cuyo núcleo principal de simpatizantes está compuesto por clases pudientes y menores de 35 años.

En un ambiente de gran crispación en el que han tenido también un gran protagonismo las noticias falsas en las redes sociales (sobre todo a través de WhatsApp, red con unos 120 millones de usuarios en Brasil), y de un modo no muy diferente al (poco) efecto que tuvieron los exabruptos de Trump que salieron a la luz durante la campaña electoral en EE UU, la perspectiva de un cambio parece estar provocando que muchos de estos votantes no den excesiva importancia a frases de Bolsonaro como "no te violo porque no te lo mereces" (a una mujer, política del PT), "las mujeres deben ganar menos porque se quedan embarazadas", o "mis hijos nunca serán gays ni tendrán novias negras, los he educado muy bien".

El gran desafío económico

Aparte de lidiar con esta división social, y con el Congreso más fragmentado del mundo (30 partidos representados y ninguna formación con más del 12% de los votos), el vencedor en las elecciones tendrá que tomar las riendas de una economía que aún se tambalea y un país que en los últimos años ha visto de nuevo un crecimiento de la pobreza, dejando atrás una década de avance social.

A las debilitadas previsiones de crecimiento (1,35% para 2018, menos de la mitad de hace apenas un año) se suman unas cuentas públicas carcomidas por años de mala gestión y corrupción, una elevada deuda pública (77,3% del PIB) y un desempleo que afecta a 12,7 millones de brasileños (12,1%), todo ello en medio de una creciente desigualdad y un aumento del número de pobres.

La "época dorada" de los primeros años de Lula, con una economía boyante y la lucha contra la miseria en primer plano, quedó atrás. La situación se torció en el segundo mandato de Dilma Rousseff, y Brasil se sumergió en la peor recesión económica de su historia, coincidiendo con una grave crisis política que desencadenó la destitución de la ahijada política de Lula. Su sucesor, Michel Temer, investigado también por corrupción, intentó arreglar las maltrechas cuentas públicas a base de medidas de austeridad, recibidas con fuertes protestas.

En este contexto, los candidatos ofrecen soluciones antagónicas. Bolsonaro ha prometido "una agenda liberal" de reformas y privatizaciones, mientras que Haddad habla de ajustes fiscales moderados. El programa liberal del ultraderechista le ha servido para ganarse el apoyo de los inversores, y sus promesas de mantener programas sociales y ampliar los subsidios para familias con baja renta, el de muchos votantes con menos recursos. Haddad, por su parte, ha tratado de reforzar el sello social de la gestión de Lula, y defiende una reforma bancaria y tributaria, con más impuestos para los más ricos.