Sal
Sal de mesa. GTRES

Aunque estamos de acuerdo que con este ritmo de alertas alimentarias y estudios alarmistas por semana nos va a acabar dando algo, lo cierto es que en este caso los datos no tienen muy buena pinta: el 90% de la sal que se comercializa contiene microplásticos. Así lo revela un estudio encargado por Greenpeace a la Incheon National University que, tras analizar 39 marcas de sal de 21 países diferentes, detectó microplásticos en nada menos que 36 de ellas.

¡Ya están los histéricos de Greenpeace!, pensarán los más escépticos con esta organización ecologista cuyas posturas con ciertos temas -como los polémicos transgénicos- son frontalmente rechazadas por la comunidad científica. Pero en el caso de la sal, en realidad las cifras de este preocupante estudio vienen a confirmar lo que hace años ya se detectó en la sal marina pero que ahora parece estar también presente, aunque en menor medida, en la proveniente de lagos y salinas internas y en la sal de roca.

Los residuos pláticos acumulados en el mar y su impacto en todo el ecosistema marino son señalados como la principal causa de que el mismo plástico que consumimos y tiramos acabe volviendo a casa en el pescado que compramos y, por lo visto, también en la sal que consumimos.

Aunque no suena demasiado bien eso de ingerir 2.000 piezas de microplasticos al año sólo en la sal -como aseguran los estudios realizados sobre el tema-, según los expertos por ahora no hay evidencias concluyentes sobre los efectos que estos microplásticos pueden tener en el organismo.

Para los más optimistas que necesiten algún dato menos malo al que agarrarse, Asia en general e Indonesia en particualar muestran los mayores índices de contaminación de microplásticos en sus sales. Un detalle que permite señalar una relación directa entre el nivel de deshechos plásticos generados por un país y la posterior contaminación de sus costas y productos alimenticios.