Voluntarios ayudando en las labores de limpieza de Sant Llorenç.
Voluntarios ayudando en las labores de limpieza de Sant Llorenç. Cati Cladera/EFE

A pocos metros de donde se encontró el cuerpo de la mujer cuyo niño sigue desaparecido vive Antonio Gómez, desgraciado testigo del hallazgo que hoy recuerda con pavor cómo en apenas 20 minutos el fatídico torrente pasó de ser "un arroyito a un río sin control" que se llevó a una treintena de sus animales. Hace apenas dos años se mudó a Son Carrió, una pequeña localidad atravesada por el torrente de la desgracia.

Lo hizo buscando el campo en su casa junto al torrente, donde vive con su padre, su mujer y dos hijos, una niña de 6 años y un joven de 26. El pasado martes, este andaluz que lleva veinte años en Mallorca recuerda cómo, al llegar de trabajar, el agua empezó a entrar por la puerta de su casa, ubicada a unos 50 metros del torrente. Cuando se quisieron dar cuenta, les llegaba a todos por las rodillas.

"Mi niña lloraba: '¡Papá, que nos ahogamos!' Solo se escuchaba agua, truenos y más truenos", rememora espantado. En la finca de 4.000 hectáreas, Antonio tenía treinta cerdos que cuidaba casi como animales de compañía -"¡no puedo matar ni a un pollo!"- de los que solo sobrevivieron dos. De las cuarenta gallinas que tenía solo quedan once, y a los tres perros los salvó gracias a que su hijo salió a liberarlos de su jaula en mitad del aguacero arriesgando su vida.

Las posibilidades de ser llevado por la corriente entre las ocho de la tarde y las once de la noche, cuando el agua empezó a bajar, eran muy reales. "¿Tú sabes la fuerza que llevaba el agua? Veías pasar los coches ahí flotando; es cuando vimos que la cosa era muy, muy, muy seria", relata mientras pasea por su huerto, hoy arrasado, y sus frutales, arrancados de cuajo. Los cinco se quedaron dentro de la casa, a oscuras, sin cobertura y completamente aislados, y pasaron una de las peores noches de su vida. El día siguiente no fue mejor. Antonio se prestó a ayudar a la Guardia Civil en las tareas de rescate.

Vestido con su mono de pescar, iba caminando por el cauce inundado indicando a los agentes dónde había coches, pero lo que no se esperaba es ser testigo de una imagen que hoy quiere olvidar. Y es que cerca de su casa encontraron el cuerpo sin vida de Joana Lliteras dentro de su coche, según relata Antonio a Efe. "Estaba dentro del coche, la sacaron fuera y la pusieron en un lado; todo eso lo vi", recuerda horrorizado. A pocos metros de ella, ayer se halló una mochila y zapatillas del hijo de Joana desaparecido que hoy todo el mundo busca en Son Carrió.

Su hija se salvó, la encontró un ciclista horas después. "Ya me daba miedo hasta mirar, pensaba: 'a ver si me voy a encontrar algo que no quiera ver'. Que se que es una alegría encontrarlo, entre comillas, pero es algo que nadie quiere ver. Yo tengo el cuerpo a morir", afirma Antonio señalándose las manos temblorosas. Hoy, sigue limpiando la casa junto a su hijo y dos voluntarios y espera volver pronto a recuperar una cierta normalidad.

"Gracias a Dios solo son daños que ya se irán arreglando poco a poco, estamos todos bien", dice mientras ofrece lo poco que tiene a los que se acercan a preguntarle por una experiencia que, resume, "solo lo sabe quien lo ha vivido".