Museo Sefardí de Toledo
Museo Sefardí de Toledo EUROPA PRESS

Las lenguas del mundo, mucho más allá de ser un simple instrumento de comunicación hablado por una determinada población en (u originaria de) un lugar concreto, son historia viva de la humanidad y de sus grupos, de migraciones, conquistas, resistencias y mestizaje. Es famoso el caso del sefardí, o judeoespañol, hoy tristemente en peligro de desaparecer. Esta lengua, que reúne características del hebreo y del castellano antiguo, resultó del asentamiento de pequeñas comunidades judías en la península antes de la edad media y del intercambio cultural que ello permitió. Más tarde, con la expulsión de los judíos de España en 1492, virtualmente desapareció de nuestro país para reaparecer en pequeñas comunidades a lo largo, especialmente, del imperio otomano, pero también en Portugal, Italia o el norte de Europa.

Hay muchas razones por las que una lengua puede verse en riesgo de desaparecer. En muchos casos, se trata de lenguas que han prosperado en el ámbito doméstico, pero no se enseñan en la escuela (especialmente, en el caso de lenguas sin escritura cuya transmisión es por vía oral). En la mayoría, además, se trata de lenguas de comunidades marginadas, con escaso nivel económico y bajo prestigio, incluso a ojos de sus propios hablantes. Cuando se dan estas circunstancias, es fácil que el uso de una lengua se diluya hasta ser sustituido por la lengua dominante de la región.

El bereber o tamazight es otra lengua amenazada, aunque con unas características algo excepcionales. Hablada en la antigüedad por una amplia variedad de pueblos a lo largo del norte de África, cuenta con un alfabeto autóctono, lo que ha permitido una transmisión bastante fiel a lo largo de las generaciones. De acuerdo al Atlas de las lenguas del mundo en peligro, publicado por la UNESCO, esta lengua es hablada, en sus diversas variantes, por el 40% de la población de Marruecos; pero aunque este pueda parecer un dato esperanzador, contrasta con el hecho de que entre el 60 y el 80% de los habitantes de África del norte son de origen bereber. Las principales amenazas para este idioma han sido su propia fragmentación en dialectos locales, a veces ininteligibles entre sí, la extensión del árabe primero y del francés durante la era colonial y las políticas arabistas de los estados del Magreb en las primeras décadas de su independencia, que escogieron la enseñanza casi exclusivamente en árabe. En la actualidad, sin embargo, se están realizando grandes esfuerzos para evitar su desaparición, principalmente por parte del estado de Marruecos.

Las guerras, como las que desde hace décadas azotan Oriente Medio, son otra causa de peligro para las lenguas. Así, la persecución del régimen de Saddam Hussein, así como los ataques de los insurgentes tras la invasión estadounidense de Irak, han supuesto golpes posiblemente fatales para lenguas como el asirio (derivado del arameo) o el mandeo, cuyos hablantes se han visto obligados a dispersarse lejos de sus zonas de origen, y en muchos casos a utilizar otras lenguas (como el árabe, el parsi o el turco) para comunicarse en sus nuevos emplazamientos.

En ocasiones, no obstante, las migraciones pueden revitalizar las lenguas. Este fue el caso, a mediados del siglo pasado, de las lenguas habladas por las comunidades judías que se trasladaron a Israel, incluyendo el sefardí y otras como el judeo-iraquí o el judeo-yemenita; al concentrarse poblaciones de hablantes en su nueva residencia, unido a políticas de carácter nacionalista por parte del nuevo estado, estas variedades vieron mejorar su situación y experimentaron una notable recuperación y crecimiento. La amenaza actual, no obstante, ha venido de la mano de la adopción del hebreo contemporáneo (que, a su vez, se vió revitalizado por esta dinámica) como lengua oficial y de la preferencia de los jóvenes a usar esta lengua.

Europa no está exenta de casos como estos, que parecen ser el principal peligro para las lenguas minoritarias del primer mundo. Lenguas de determinadas familias (especialmente, las incluídas entre las lenguas urálicas) ven sus hablantes envejecer y disminuir, debido principalmente al envejecimiento de la población europea y a su sustitución paulatina por lenguas más habladas. Es el caso de varias lenguas, como el carelio, emparentadas con el finés, o el faorés, que poco a poco está siendo desplazado por el danés, al reducirse su base de hablantes.

España es un caso peculiar: la aplicación de políticas identitarias en las diferentes comunidades autónomas ha garantizado el buen estado de sus lenguas, en especial del euskera (aunque la UNESCO advierte sobre su vulnerabilidad, principalmente por su aislamiento y su singularidad), el catalán, el gallego y el valenciano. Sólo dos lenguas españolas aparecen como amenazadas: el astur-leonés y el aragonés, y dentro de la categoría más baja.

La desaparición de una lengua supone una grave pérdida para el patrimonio de la humanidad, pues con ella arrastra buena parte del bagaje cultural y folclórico de su pueblo de origen. Es por ello que en las últimas décadas muchos organismos supranacionales, así como numerosos estados, han comenzado a implementar medidas políticas que protejen y cultivan estas lenguas. Los resultados son claros: las que experimentan las recuperaciones más notables son las que se ven rescatadas en el ámbito de la enseñanza y recopiladas en diccionarios y trabajos académicos, como ocurrió con el italiano estándar en el periodo de la unificación, el hebreo moderno (en origen una lengua litúrgica ), el maorí en Nueva Zelanda o el irlandés.