Cinema Paradiso (1988)
Philippe Noiret y el pequeño Salvatore Cascio en 'Cinema Paradiso' Les Films Ariane

Salvatore Di Vita es un reputado director de cine italiano. Un día recibe una llamada de teléfono de su madre comunicándole que Alfredo ha muerto. La nostalgia y todos los recuerdos del pasado se agolpan en su mente, y con él los de los mismos espectadores, fueran jóvenes o entrados en años. Hace tres décadas se estrenaba uno de los títulos más emblemáticos de la historia del cine, Cinema Paradiso de Giuseppe Tornatore.

Para Di Vita, las películas le habían marcado desde que era un niño de seis años al que sus vecinos de un pequeño pueblo siciliano, Giancaldo, llamaban cariñosamente "Totó". Hijo de la viuda de un soldado, su hogar fue el cine local donde se proyectaban esas historias que formaron parte su vida, y el proyeccionista de la cabina era Alfredo (Philippe Noiret), la figura paterna que nunca había conocido.

Cinema Paradiso era una emotiva crónica social de los años de la posguerra italiana, un relato de aprendizaje y de educación sentimental y también un sentido homenaje al cine y a las entrañables salas, sobre todo las de pueblos o barrios más que las grandes salas con grandes estrenos.

Por ese cine local de Giancaldo pasaban desde el Charles Chaplin de Luces de la ciudad o Tiempos modernos a Lo que el viento se llevó, musicales norteamericanos o clásicos del cine italiano. Humphrey Bogart diciéndole a Ingrid Bergman que "siempre les quedará París" o Silvana Mangano despertando la líbido del personal solo con mostrar sus piernas entre los cenagosos campos de Arroz amargo (1949).

A Totó lo interpretaron tres actores distintos, Salvatore Cascio de pequeño, Marco Leonardi como adolescente y Jacques Perrin de adulto; mientras que el Alfredo de Philippe Noiret se consagraría como un personaje icónico.

La película de Tornatore se presentó mundialmente el 29 de septiembre de 1988 en el EuropaCinema, un festival cinematográfico en la ciudad italiana de Bari especializado en las producciones europeas (a partir de 2009 se convertiría en un certamen internacional).

A las salas comerciales italianas llegaría el 17 de noviembre y a España más de un año después, en diciembre de 1989. Nada más estrenarse, se convirtió en un clásico instantáneo y una de las películas preferidas de muchos espectadores; y su música, compuesta por Ennio Morricone, en una reconocible sintonía. A finales de marzo de 1990 ganaría el Óscar a la mejor película de habla no inglesa.

Espíritus libres y en deuda con el cine

La primicia mundial de Cinema Paradiso prácticamente coincidió en fechas a la de otro gran clásico del cine español, El espíritu de la colmena de Víctor Erice, hace 45 años en el Festival de San Sebastián. Un relato enmarcado de la misma manera en un remoto pueblo, aquí de Castilla, en los años 40, durante la posguerra española y a través de la mirada pura e ingenua de una niña también de seis años, Ana (Ana Torrent).

El espíritu de la colmena (1973)

Hasta su olvidada localidad rural llegaba un cine ambulante que proyectaba Frankenstein (1931) de James Whale. Imágenes en blanco y negro, y una fascinación que traspasaba la pantalla.

Ana, en compañía de su hermana mayor de ocho años, contempló la historia de un monstruo solitario que, sin quererlo ni saberlo, también formaría parte de su madurez a tan temprana edad, y de su primer contacto con la muerte a través de la famosa escena con la niña y el monstruo tirando margaritas al agua para comprobar como flotaban.

Entre lo que era real e imaginario, Ana relacionaba a la criatura que había visto en ese enorme lienzo blanco con la de un maquis, un guerrillero antifranquista herido que había buscado refugio en una casa abandonada. Fernando Fernán Gómez interpretó a su padre, un apicultor, y Teresa Gimpera a su melancólica madre.

Con El espíritu de la colmena, el director vizcaíno creó una de las obras más poéticas de nuestra cinematografía. Con un estilo y temáticas muy distintas, Quentin Tarantino idearía otra película con un especial sentido de la justicia poética en Malditos bastardos (Inglourious basterds, 2009).

Malditos bastardos

Con la ocupación de Francia por parte de los alemanes, durante la Segunda Guerra Mundial, nos conducía hacia un final en el que una joven francesa (Mélanie Laurent) se vengaría de los invasores. Una trama en la que precisamente una sala de cine se convertiría en el escenario principal. Tarantino demostraba su enorme deuda con el séptimo arte en un largometraje que reinventaba el curso de la Historia.

Traspasando la cuarta pared

Impresionante fue, sobre todo en nuestros cines, el éxito de La rosa púrpura de El Cairo de Woody Allen en su estreno en 1985. Una mujer infeliz en su matrimonio y en su vida cotidiana; y una época, a mediados de los años 30 en Nueva Jersey, azotada por las consecuencias de la Gran Depresión Norteamericana y en la que ella, Cecilia (Mia Farrow), acudía diariamente al cine para escapar de su triste realidad.

La rosa púrpura de El Cairo

Cecilia veia cumplido su mayor sueño, y el de millones de espectadores, cuando el galán de la ficticia película (Jeff Daniels) un buen día se cansaba de estar atrapado allí dentro, rodeado siempre de los mismos intérpretes y el mismo guion. Entonces decidía salirse literalmente de la pantalla para entrar en el mundo real e incluso vivir un romance con ella.

Ingeniosa y divertida, pero también dejando un poso agridulce. La comedia de Woody Allen poco tenía que ver con otra obra, mucho más amarga y desencantada, rodada en blanco y negro por Peter Bogdanovich y estrenada en 1971. Era La última película (The Last Picture Show) en la que una sala de cine era uno de los pocos espacios de diversión que ofrecía a los jóvenes de Anarene, un mortecino pueblo de Texas, para huir de su rutina, el aburrimiento y la mediocridad.

La película de Bogdanovich también destacó por lanzar la carrera de varios de sus intérpretes, Cybill Shepherd, Jeff Bridges y Timothy Bottons entre ellos. Y aún más sórdida, pero igualmente afectiva, era la crónica de Goodbye, Dragon Inn, de 2003 y dirigida por el taiwanés Tsai Ming-liang.

Un sala de Taipei en decadencia y viviendo su última proyección antes de cerrar, el día a día del escaso personal del cine y unos espectadores, cada més más escasos aún y no siempre predispuestos precisamente a seguir la película. En este tributo al cine, y a sus salas, Buster Keaton demostró que risas y talento podían ir unidos ya desde los tiempos del cine mudo.

El moderno Sherlock Holmes

En El moderno Sherlock Holmes (Sherlock jr.) de 1924, era su personaje, el de un proyeccionista soñador y poco afortunado, el que traspasaba la pantalla introduciéndose literalmente en la película para convertirse, a su manera, en el detective creado por sir Arthur Conan Doyle. El ritmo y el ingenio de los gags todavía resultan prodigiosos hoy en día.