Robert Redford
El actor Robert Redford, durante el Festival de Cine de Sundance de 2009. GTRES

Que Robert Redford se despida del cine dando vida a un ladrón que robó 17 bancos, lo cogieron 17 veces, lo metieron otras 17 en la cárcel y logró escapar, sí, de las 17, tiene más de filosofía de vida que de acierto de casting, más de eterna juventud que órdago final.

Porque, a estas alturas de su vida, con casi 82 agostos a su espalda, lo que piense el mundo se la trae radicalmente al pairo. Él se sabe leyenda. No porque tenga este u otro premio o porque se lo hayan repetido en entrevistas o en la panadería: sabe que es una leyenda porque así ha ido cincelando su carrera.

Cuando era actor, averiguó el camino para ser estrella. Cuando ya era una estrella, llegó el director. Cuando ya era director oscarizado, quiso crear su propio festival. Si el cine fuera una carrera espacial, Redford ya habría montado un autocine en la Luna.

Porque Robert Redford ama el cine. Ese es su secreto. Lo ama tanto como para decirle adiós. Quizá haga otra película como director, quizá se centre en Sundance, pero no más delante de las cámaras, que lleva desde los 21 produciendo endorfinas entre el público con media sonrisa, pelo pajizo y ojos azul cerúleo o azul Egeo, según el director de fotografía.

Redford ha cabalgado tanto que lo ha tratado todo, que nada le es ajeno. Parece esa canción de Rafael Berrio en la que entona un "todo lo he visto, de todo me acuerdo":

El savoir faire periodístico de Todos los hombres del presidente, aquel póster de El candidato, la honradez de Brubaker, el idilio y desengaño en Descalzos por el parque, el contraespionaje comiquero en Capitán América: El Soldado de Invierno, la naturaleza telúrica de Las aventuras de Jeremiah Johnson, los celos impíos de Una proposición indecente, la propia nostalgia de Tal como éramos, el enmudecimiento de la vejez en Cuando todo está perdido o el enamoramiento sin sentido ni preguntas de Memorias de África.

Es lo que nos deja, marcar el camino de quien ha sido estratega de su propia carrera. Una carrera de nombres propios donde sobresale el que todos piensan.

Porque solo él ha sabido, ante todo, en quién apoyarse para elevarse. Hay una fotografía hecha por Lawrence Schiller en 1969 donde Robert Redford aparece jugando al ping-pong con Paul Newman en el rodaje de Dos hombres y un destino. No son rivales, son compañeros. No competía, disfrutaba.

Luego llegaría El golpe, el único de sus papeles que ve en pantalla. Un estafador, un giro final, otro, irse, volver y al que le salía el atraco perfecto. Porque eso es lo que siempre ha sido Robert Redford, un estafador que parecía no saber lo que hacía.

Todo tan falso y tan real como el cine. Porque ahora que se va del celuloide, se toca uno los bolsillos de la memoria y descubre, como la gente corriente, que le han birlado una leyenda.