Abusos sexuales en Iglesia de Chile
El arzobispo maltés Charles Scicluna (centro) y sacerdote español Jordi Bartomeu (dcha) en Chile. Alberto Valdés / EFE

Esta semana, dos enviados papales han estado en Chile para gestionar el escándalo por los abusos sexuales cometidos por sacerdotes y la impunidad en que se mantuvieron durante décadas. La Iglesia Católica chilena, que según el papa Francisco amparaba una "cultura del abuso", vive la peor crisis de su historia, puesta en evidencia con la renuncia masiva de los miembros de la Conferencia Episcopal.

Los enviados, el arzobispo maltés Charles Scicluna y el sacerdote español Jordi Bertomeu, ya se han reunido y han pedido perdón a víctimas de los abusos sexuales cometidos por el clero chileno.

Los testimonios de los abusos han comenzado a salir a la luz. En uno de ellos, publicado por la cadena británica BBC, el seminarista Mauricio Pulgar relata que el acoso comenzó desde el principio. A los 17 años asistió junto a más jóvenes a un campamento de verano con sacerdotes. Uno de ellos les pidió bañarse desnudos en la piscina.

"El padre M [su nombre ha sido omitido por la cadena] comenzó a pasar entre nosotros. Nos tocaba y nos decía que esto era súper bueno porque ayudaba a la confianza, a la autoestima. Fue traumático", dijo.

Ya en el seminario, Pulgar recuerda el constante acoso sexual por parte de los sacerdotes, que comenzaron a alejar a los estudiantes de sus familias.

"Los formadores te abrazaban, te tomaban por la espalda, se llevaban a compañeros a las piezas. Si uno no quería ir o rechazabas los cariños en el cuello, se enojaban", recuerda.

Violación en la parroquia

Después Pulgar fue destinado a una parroquia, donde el acoso continuó. Una vez, el sacerdote le pidió que pasara la noche en la casa parroquial, y le dio una cena que probablemente contenía una droga. "Me empecé a sentir mal y me dijo que me recostara en la cama", recuerda. "Me desvanecí y sólo me desperté al oír un jadeo. Me estaba abusando. Yo traté de mover los brazos y las piernas y no pude. Logré mover una mano, pero me la tomó, junto con la otra".

"Me dijo: 'Quédate tranquilo que aquí no ha pasado nada'. Abrió un cajón lleno de plata y me dijo que ahora era de su círculo. Le dije que no quería ser de ningún círculo y me fui", afirma. Pulgar denunció el caso, pero lo único que consiguió fue que el obispo le impidiera continuar con sus estudios de teología.

Otro seminarista, Marcelo Soto, ha recordado en entrevista con BBC que en una ocasión, después de misa, uno de los sacerdotes formadores lo invitó a ver una película en su habitación, que resultó ser de pornigrafía homosexual. "Cuando yo le pregunto él se me tira encima a tocarme los genitales e intenta hacerme sexo oral", relata.

Tras el incidente, salió corriendo de la habitación y denunció el caso a los superiores. "Yo pensé que me iban a apoyar, pero en cambio me preguntaron qué había hecho yo para que hiciera algo así, como si lo hubiera provocado", afirma. "Me recomendaron quedarme callado porque 'en la Iglesia el hilo se corta por lo más delgado".