Anthony Bourdain en una imagen reciente.
Anthony Bourdain en una imagen reciente. CNN

Hay dos tipos de periodistas gastronómicos: los que creen saberlo ya todo y los que no paran de observar y viajar, convencidos de que en realidad no saben nada y queda todo por aprender. Hay dos tipos de críticos: los que quisieron ser Anthony Bourdain y los que todavía no lo han intentado pero seguramente alguna vez han soñado con serlo.

Bourdain era -o fue durante muchos años- el chico malo oficial de la gastronomía. Chef convertido en crítico, periodista y azote de antiguos compañeros, ese personaje un tanto excesivo, por suerte, fue dejando paso al viajero incansable dispuesto a probar lo que le pusieran en la mesa y a contarlo.

Un estilo que muchos han intentado copiar. Tenemos la pantalla llena de aprendices de malotes porque es lo que pide el guion, cocineros tatuados que nos recuerdan que son tipos duros, y algún que otro despistado que del personaje sólo se quedó con la parte del alcohol y la mala vida. Sí, suena a canción de Sabina.

Su visión de la cocina iba más allá de texturas y crocantes, para hablar de cultura, política, y entender que lo que define un país son sus mercados y no lo que sirve un 3 Estrellas Michelin o lo que explica un chef en otra charla o congreso.

Lo que no quita que entre la lista de amigos y protegidos estuvieran algunos de los mejores cocineros del mundo, por cierto. Y unos cuantos a los que no dudó en poner en su sitio, aunque es verdad que con la edad se fuera moderando.

De hecho, quienes todavía no lo hayan hecho deberían aprovechar ahora para repasar los capítulos de su serie No reservations -han envejecido muy bien- o echar un vistazo a su último proyecto para la CNN, Parts unknown.

Y es que, por mucho que insistamos en hablar del chef Bourdain, estamos ante alguien que será más recordado por sus libros y programas que por sus restaurantes y recetas. ¿Periodista? ¿Gastrónomo? ¿Divulgador? ¿Estrella de la tele?

Da igual la etiqueta. No caeremos en el tópico de decir que su final parece ser el epitafio perfecto para una historia de gastrónomo canalla. Preferimos quedarnos con la ironía que destilaba y sus libros: Kitchen confidential es ya un clásico. 

Por cierto, le encantaba hacer chistes a costa de vegetarianos y veganos –"un lujo del primer mundo", sólía decir- y admiraba a Julia Child. Otra razón para que nos cayera bien y para que su muerte sea una pésima noticia para el mundo de la gastronomía.