Ya lo ha dicho todo el mundo, pero hay que insistir, aunque sea una obviedad: Alden Ehrenreich no es Harrison Ford y, por desgracia, tampoco es Han Solo; o al menos no el Han Solo que todos conocíamos y amábamos.

El joven se esfuerza, pero no logra transmitir aquella entrañable actitud canallesca de Ford, esa imagen de fría e intocable estrella del rock que, en el fondo, ocultaba un gran corazón y enamoraba a princesas del espacio. No, Alden Ehrenreich no tiene gracia, no tiene magnetismo, no llena la pantalla, apenas consigue que nos interesemos por Han Solo. El carisma no es demasiado fuerte en él, que diría Yoda. Es un blandito, dirán muchos otros.

Entonces, si el personaje principal falla precisamente en una película que lleva su nombre, el desastre parece claro, ¿no? Muchos así lo piensan, pero lo cierto es que el filme tiene ingredientes más que suficientes para contentar a los fans y entretener también a los que no lo son a lo largo de más de dos horas de vistosas peripecias visuales.

En sus periplos por el universo, tratando de encontrar su camino y convertirse en el mejor piloto de la galaxia, Han Solo nos regala algunos de los momentos icónicos que todo el mundo esperaba ver (y otros que nadie esperaba, pero están): el origen de su apellido, el inicio de su amistad con Chewbacca, su primer encuentro con Lando Calrissian, la historia de cómo le ganó a este el Halcón Milenario, cómo superó el récord del famoso corredor de Kessel y dónde obtuvo su pistola blaster, amén de algunas referencias a secuencias clásicas como aquella de quién disparó primero o su famosa respuesta: "Lo sé".

Más allá de todos estos guiños, cuya gracia radica más en la mitología de la propia saga que en el talento en la dirección de un Ron Howard más genérico que nunca, el largometraje tiene mucho que agradecer a su elenco de secundarios. Son ellos los que consiguen que la aventura fluya y que el espectador no se aburra.

Qi'ra, el personaje que interpreta Emilia Clarke, es quizá el que menos gracia tiene. Y, aun así, el primer interés amoroso de Han Solo alberga más profundidad y complejidad que el aspirante a cazarrecompensas.

Mucho mejor está Woody Harrelson como Tobias Beckett, un tipo enigmático que camina por la línea entre el bien y el mal. Además de esta dualidad, Beckett consigue mostrar en solo unos minutos una historia de amor más creíble y adulta que la de los protagonistas. Los guionistas han dicho que el personaje está inspirado en Long John Silver, el pirata antagonista de La isla del tesoro. Su esencia la tiene, también en su relación con Solo quien, por seguir con la analogía literaria, es claramente el joven Jim Hawkins.

Pero las verdaderas estrellas de la película son el Lando Calrissian de Donald Glover y su compañera androide L3-37, la gran revelación del filme. Calrissian parece poseer todas las virtudes que debería tener Solo: es pícaro, seductor, divertido...

Por otro lado, L3 es un droide femenino activista con alma humana que lucha por los derechos de los robots y que posee las que son, con diferencia, las mejores frases de todo el metraje, desternillantes y reflexivas a la par. Eso sí, si se piensa fríamente, no dice mucho a favor de la película que lo mejor sea un ser digital que solo aparece en un puñado de secuencias.

Al menos este spin-off consigue algo que el primero no logró: entretener. Rogue One tenía una buena premisa, pero aburría a los ewoks. Aquí al menos hay risas y espectáculo. ¡Ah! Y un cameo aparentemente imposible que confundirá a todos los que no hayan visto la serie animada The Clone Wars.