Vaya por delante que Niñato no es una película convencional, nada que ver con lo typical spanish ni con el cine comercial. La ópera prima del madrileño Adrián Oor es un retrato de la figura paternal, de menos de hora y cuarto, a medio camino entre lo documetal, lo indie y lo costumbrista.

También hay que aclarar que el título no hace referencia al pequeño de la fotografía sino al protagonista del filme, David Ransanz, rapero conocido como Niñato que es además un padre soltero treintañero y desempleado que debe hacerse cargo de tres niños, su hija y sus dos sobrinos.

Estas relaciones parentales apenas se explicitan en pantalla. Uno se pasa buena parte del filme tratando de desentrañarlas. Pero lo cierto es que eso es lo de menos.David es, a efectos prácticos, el padre de los tres niños. Su vida son ellos, su educación, su crianza, una lucha diaria que se hace más llevadera gracias a dos oasis, dos refugios, su chica y su música.

Pero más importante aún que lo que se cuenta es cómo se cuenta. Algunos hablan de la película como la Boyhood española. El motivo es que está rodada a lo largo de más de un lustro en el madrileño Barrio del Pilar. Adrián Oor ha grabado a su amigo David y el entorno de este durante seis años, usando la cámara como si fuera una espía. El resultado es una sucesión de planos fijos en los que se obvian muchas de las normas habituales de la producción cinematográfica –encuadres que dejan mucha información fuera de plano, sonido ambiente que llega a tapar las voces, narrativa no lineal...– en pos de la naturalidad, el realismo y la intimidad.

El objetivo se consigue. Niñato es profunda, conmovedora, muy cercana. Transmite el agobio de los apuros familiares y económicos de una ahogada clase media sin recrearse en las miserias, con escenas cotidianas que destacan, sobre todo, el gran sentido de la responsabilidad e impulso protector de la figura paterna que representa David.

La épica está en secuencias tan simples como la hora de hacer los deberes, en la imagen de unos niños que crecen en una modesta casa de paredes pintarrajeadas. Y de ellos, el pequeño Oro adquiere un papel destacado. Con poco interés por los estudios y atención dispersa, el niño es como una versión infantil de su tío / padre, al que admira e imita. Oro es en realidad la columna vertebral del filme. Él representa el paso del tiempo, la evolución, el resultado de los esfuerzos de su abnegado tutor.

Esto queda patente, de forma brillante, de tres modos diferentes: en el maravilloso cartel, que contrapone verticalmente a tío y sobrino, en la fascinación del pequeño por el rap (que da algunas de las mejores escenas de la cinta) y en el atinadísimo paralelismo entre la primera secuencia de la película (largos minutos en los que David intenta que los niños se levanten de la cama) y la última.

Aunque Niñato no puede soñar con las taquillas estratosféricas de las superproducciones de Marvel y similares, sin duda se convertirá en la reina de las pequeñas salas y deshará los corazones de los que buscan algo diferente, pausado, humano. De hecho, la cinta ya ha obtenido el Premio Nuevas Olas del Festival de Cine Europeo de Sevilla, el premio a la mejor película en BAFICI y el de ópera prima más innovadora de la sección Regard Neuf del festival Visions du rée, entre otros reconocimientos. Por algo será.