Javier Reverte
El escritor Javier Reverte AMAYA AZNAR

Si alguien ha viajado por el mundo y cruzado todos los mares, ese es Javier Reverte, el escritor de viajes por excelencia y por derecho más que adquirido de nuestro país. Referente en un género que en España sigue sin gozar del prestigio que en otros países es incuestionable publica Confines. Navegando aguas árticas y antárticas (Plaza&Janés).

En esta obra recorre los dos extremos del mundo, el Ártico y el Antártico, dos viajes realizados con pocos meses de diferencia. Con su habitual naturalidad nos recibe poco antes de presentar la obra y como siempre responde a todo, desde la tristeza que le produce cómo estamos matando el mundo hasta las dificultades para ser escritor cuando te has jubilado.

¿Por qué y cómo decidió hacer estos viajes?
Pues los hice en 2012. Fui a la parte más habitada del hemisferio norte, en las islas de Svalbard, porque me invitó un amigo científico para hacer una investigación sobre la contaminación de los mares. Allí hay una comunidad científica internacional. Es el último lugar habitado en el hemisferio norte.

Así que no estuvo solo viendo la belleza de la zona...
No, claro, estuve viendo cómo está el mar con científicos que saben mucho del tema.

¿Le sorprendió lo poco que sabemos?
Sí, sabemos poquísimo. A la gente le sorprende lo diferentes que son los dos universos. El Ártico no es un continente, es una capa de hielo; la Antártida es tierra cubierta de nieve. Arriba siempre ha habido presencia humana, antes esquimales y ahora llamdos de manera políticamente correcta inuits. Abajo solo hay una comunidad científica, que es la primera además. Allá no hay más seres humanos.

Repitió, pese a que siempre dijo que no volvería al mismo sitio dos veces, viaje con la Antártida...
Sí, la Antártida, sí, y repetiré. Pero a zonas distintas. Tampoco tengo ánimo de ir a sitios nuevos si no me interesan. Yo no voy a batir récords de he estado en más sitios que nadie.

Ya tiene usted un buen récord: vivir de viajar y contarlo...
No está mal, ese récord está bien, aunque cada día está más difícil. El gobierno nos ha quitado las pensiones, a mí me han partido por la mitad, ya no puedo hacer mucho porque no me puedo pagar los viajes y tengo que pagar lo que Hacienda me reclama, que son 120.000 euros en plazos de 2000 al mes. Estoy en pleito, pero mientras, imagina cómo estoy. No consideran que sean derechos de autor.

¿Enturbia eso cuando escribe? Los hay que han dicho que ya no publican...
No, pero porque yo tengo un planteamiento vital general que no me enturbia nada. Yo me planteo la vida como un combate contra la amargura, porque en general la vida nos pone amargura en cada paso que damos. Casi todo nos sale mal. Hay tíos con suerte, pero en general tenemos mala suerte, así que siempre estamos a un paso de la amargura. Y viajar es evadirte e irte de los problemas y del aburrimiento. Claro que escapo, quiero divertirme, ¿por qué tengo que aburrirme?

¿Le sorprende la falta de autores de literatura de viajes en España?
Es que aquí se ha viajado poco, ahora se está viajando más. Y aquí hay poco escritor echado al mundo. Hay muy poca visión del exterior. Y socialmente no se nos respeta nunca, o mejor dicho: desde la sociedad cultural consideran que el escritor de viajes es un turista y no tiene nada que ver. Nunca un escritor de viajes será reconocido aquí por la sociedad cultural, aunque sí por los lectores.

¿Lo que mejor  recuerda de estos dos viajes?
Es raro que no recuerde bien un viaje, pero me interesa más el Ártico.

¿Lo peor?
Que estamos matando el mundo y los líderes del planeta no se enteran o no quieren enterarse.

¿Usted cree que no enteran?
Pues no sé, son unos borricos. Los ricos que están contaminando el mundo no se dan cuenta de que son sus nietos los que van a morir envenenados. Igual que los millonarios, con la sociedad que están haciendo. ¿No se dan cuenta de que sus nietos pueden morir ahorcados en las calles?

Así visto...
Solo les importa la fortuna del momento. Es que a ellos mismos les hace daño. Es una locura. La ambición por el dinero es tal que sobrepasa los límites de la inteligencia y la prudencia. El mundo está envenenándose. Tengo 73 años y he visto cambiar el mundo. El campo no es el mismo cuando tenía 10 años que ahora. Los árboles y los insectos de la ciudad son otros. El fin de la naturaleza me da mucha pena pero también la desigualdad económica. Y me siento incapaz de luchar. Mira España o Europa, eran parísos y ahora tienen pobreza. Y no podemos hacer mucho contra ello.

¿No?
No, hay una conciencia cada vez más escéptica, nadie cree ya que las cosas se puedan arreglar.