Vladímir Putin comienza su cuarto mandato, su última oportunidad de sacar a Rusia del retraso económico

El presidente ruso, Vladimir Putin, jura el cargo durante su sesión de investidura en el Gran Palacio del Kremlin.
El presidente ruso, Vladimir Putin, jura el cargo durante su sesión de investidura en el Gran Palacio del Kremlin.
Alexander Astafyev / SPUTNIK / EFE
El presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha asumido este lunes el cargo para un cuarto nuevo mandato de seis años en un acto en el que ha dado las gracias a la población por su apoyo en las últimas elecciones, en las que se impuso con más del 76% de los votos.

Vladímir Putin ha tomado este lunes posesión de su cuarto mandato como presidente de Rusia en una pomposa ceremonia en la sala de San Andrés del Gran Palacio del Kremlin.

Con la mano derecha sobre la Carta Magna, Putin ha jurado "respetar y defender los derechos y las libertades de las personas y los ciudadanos; cumplir y defender la Constitución de la Federación de Rusia; defender la soberanía y la independencia, la seguridad y la integridad territorial del Estado, y servir al pueblo con lealtad".

Más de 6.000 invitados, entre ellos ministros del Gobierno saliente, diputados y senadores, miembros del cuerpo diplomático, autoridades civiles, eclesiásticas y militares, y otras personalidades, han asistido a la ceremonia.

Reformas

Más de dieciocho años en el poder no han desgastado su gusto por la política ni tampoco su popularidad, pero, salvo que acepte reformar la Constitución —que prohíbe encadenar más de dos mandatos consecutivos—, los próximos seis años serán su última oportunidad de cumplir muchas de las promesas que ha hecho a los rusos.

La histórica victoria que obtuvo en las elecciones del pasado 18 de marzo, en las que fue respaldado por 56 millones de ciudadanos, le da margen para acometer reformas impopulares, pero como observó él mismo en su último discurso sobre el estado de la nación, el tiempo apremia.

Putin, que ha admitido que Rusia es un país "atrasado", con 30 millones de pobres y que sufre un "rezago tecnológico", se ha propuesto superar en seis años esos problemas y poner al país en la senda que debe llevarle a alcanzar a Occidente en riqueza y desarrollo tecnológico. Lo tendrá muy difícil para no perder el último tren antes de que la revolución tecnológica que ya está viviendo el mundo deje a su país definitivamente en la cuneta.

Para empezar el camino deberá acometer dolorosas reformas que podrían socavar su hasta ahora inquebrantable popularidad. Subir la edad de la jubilación, elevar la carga fiscal tanto a empresas como a ciudadanos, reducir el papel del Estado en la economía y dar mucha más libertad a la iniciativa privada, son sólo algunas de las reformas de las que lleva años hablando y que nunca pasan de las palabras.

El nuevo Ejecutivo

Tras la ceremonia de investidura, una de las primeras actuaciones del nuevo presidente será proponer a su candidato al cargo de primer ministro, que deberá conformar el nuevo Gobierno.

Todos los analistas coinciden en que el actual primer ministro, Dmitri Medvédev, seguirá al timón del Ejecutivo pese a su gran impopularidad, por lo que tampoco se prevén grandes cambios en los principales ministerios.

Los medios han filtrado estos días que el influyente exministro de Finanzas, Alexéi Kudrin —firme defensor de las reformas económicas y autor de algunas de las propuestas más liberales lanzadas en su discurso programático por Putin—, ocupará un alto cargo en la estructura del poder. Sin embargo, sus diferencias en el pasado con Medvédev apuntan a que será seguramente en la Administración del Kremlin, no en el Gobierno.

Política exterior

Ha hecho muchas promesas para mejorar la vida de la gente común, pero no ha dudado en granjearse enemigos a diestro y siniestro en la comunidad internacional con su política exterior.

El discurso que pronunció ante el Parlamento poco antes de las elecciones —donde presentó a bombo y platillo una nueva generación de armas nucleares y se dirigió en tono amenazante a Estados Unidos y la OTAN— confirma que la política exterior del Kremlin no va a cambiar.

Ahí seguirán el conflicto en el este de Ucrania, el respaldo de Moscú a las fuerzas populistas de Occidente (que alimentan las acusaciones sobre su injerencia en procesos electorales), y como consecuencia, las sanciones económicas que lastran cualquier intento de que Rusia levante cabeza.

Porque según parece, lo que más le importa a los rusos y a su presidente es una nación "fuerte", capaz de plantarle cara a Estados Unidos, sin importar el coste económico de las aventuras geopolíticas en las que se ha embarcado el capitán de la gran nave a la deriva.

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