Refrescos
El Gobierno se plantea aplicar un impuesto a los refrescos si ve peligrar el objetivo de déficit. GTRES

Aunque modificar los hábitos de consumo y erradicar aquellos que afectan a la salud pública es una tarea que requiere mucho tiempo, está claro que tocar el bolsillo es siempre uno de los sistemas que mejor funciona.

De ahí que, desde hace un tiempo, la posibilidad de aplicar un impuesto a las bebidas azucaradas sea un tema recurrente. De hecho, desde el pasado verano esta norma ya se aplica en Cataluña, donde tanto refrescos como zumos, batidos o cualquier otra bebida azucarada pagan un impuesto especial que repercute -o debería repecutir- en el precio final del producto, dependiendo de la cantidad de azúcar que contenga.

Pese a que el azúcar ha demostrado ser uno de los mayores problemas de salud de los últimos años, se trata de una medida polémica con la que, por supueto, la industria alimentaria y los productores de este tipo de bebidas no están nada de acuerdo. Pero más allá del debate económico y político, ¿realmente tiene algún efecto?

Posiblemente es pronto para saberlo en Cataluña, pero en algunas ciudades de Estados Unidos donde ya lleva más tiempo en vigor los datos de recientes estudios dejan poco margen a las dudas: el consumo de refrescos se ha reducido considerablemente.

Según los datos publicados por American Journal of Preventive Medicine, un año después de que Philadelphia aplicara una de las mayores tasas sobre estas bebdias -inclyendo también las que utilizan edulcorantes alternativos al azúcar, por cierto- un 40% de los ciudadanos estaba dispuesto a abandonar su consumo diario de refrescos.

Pese al esperanzador dato, no todo son buenas noticias: aumenta la venta de refrescos en barrios periféricos de la ciudad donde, por lo visto, consiguen burlar la aplicación del impuesto y los zumos azucarados se ven mucho menos afectados por la medida. Algo que, según los investigadores, hace creer que, pese al precio, este tipo de zumos siguen manteniendo su imagen de sanos.

Según apuntan, también se registra un aumento en el consumo de agua embotellada lo que, evidentemente, es una buena noticia desde el punto de vista de la salud pero tampoco una buena idea si hablamos de sostenibilidad medioambiental.

En otras ciudades que llevan años aplicando medidas similares se han registrado caídas en el consumo de refrescos de un 20%. ¿Y tiene un efecto directo sobre la salud? Aunque la lógica hace pensar que sí, por ahora los estudios aseguran que es muy pronto para sacar conclusiones porque hay que evaluar otros datos como las bebidas que pasan a ocupar el lugar de los refrescos, así como la dieta general de la población.