Cofradía La Borriquita de Almería
Capirotes de la Cofradía La Borriquita de Almería. EFE

No importa la región española en la que uno se encuentre esta semana. Primero se oye el retumbar de unos bombos y el ritmo de los tambores, quizás alguna corneta, una matraca o una saeta.

Conforme uno se aproxima al origen de la percusión comienza a respirar el aire mezclado con incienso y, por fin, al torcer la última esquina, vislumbra entre la multitud una hilera de conos de color que forman en fila una procesión siguiendo las cadencias del tañido que retumba entre las calles.

Ahí está, como haciendo de guía para quienes quieren alcanzar y ver la procesión, uno de los elementos más característicos de la vestimenta de un cofrade y emblema de la Semana Santa: el capirote.

El capirote, un complemento para los penitentes

Los primeros indicios de este elemento de la vestimenta de los cofrades se remontan a la época de la Inquisición, durante la Edad Media, existen referencias a los capirotes tanto en el sur de Francia como en toda España.

También conocidos como capuces o capuchones, los capirotes recuerdan al complemento obligatorio que acompañaba a los condenados por la Inquisición como penitencia por ciertos delitos, recordando así tanto a ellos como al resto de la sociedad qué infracción había cometido y el castigo por la misma.

Algunos documentos señalan el siglo XVII como la fecha a partir de la cual las cofradías y hermandades de Sevilla empezaron a incluir esta pieza en su atuendo, aunque también se ha llegado a fechar los primeros capirotes en procesiones en torno a 1400.

Esta práctica pronto caló, se popularizó, extendió y coloreó en distintas tonalidades por el resto de España, y hoy en día puede verse en cualquier región.

Estos colores no son elegidos al azar, al contrario, si los actos litúrgicos que celebran la Semana Santa están envueltos en una simbología meticulosamente cuidada, la elección de las tonalidades para acompañar a las cofradías y los pasos, también lo están: rojo, Pasión y sangre de Cristo; negro, de luto por la muerte de Cristo; blanco, pureza; morado, penitencia; verde, esperanza… Cada cofradía luce el color que más se adecúa a su causa, incluso pudiendo combinarlos.

De la misma forma, en algunas regiones la forma y el diseño de esta pieza de vestuario pueden variar, cambiando con ellas el término empleado para denominarlas. Es el caso del tercerol, usado en Aragón y que se caracteriza porque no incluye la estructura cónica; y la tela, de distinta longitud, cae directamente por la parte frontal y trasera del rostro.

Los uniformes de los cofrades se completan con hábitos a juego del capirote, y diversas piezas que varían en función de la cofradía, como las capas o los cíngulos; con distintas telas, las más habituales son terciopelo, sarga o lana; y todas ellas tienen su propio emblema, grabado en escudos y medallas que portan los miembros de cada agrupación durante las procesiones.