Esther Ferrer. Autorretrato del estilo marxista, 1989
Esther Ferrer. Autorretrato del estilo marxista, 1989. Fotografía intervenida. 30 x 36 cm. Archivo Esther Ferrer © Esther Ferrer, VEGAP, Bilbao, 2018 ESTHER FERRER

No podría haber empezado mejor el año para Esther Ferrer (Donostia-San Sebastián, 1937), quien tras cinco décadas de carrera en pro de la performance parece estar recogiendo este 2018 los frutos y reconocimientos de toda una vida. El Reina Sofía clausuraba a finales de febrero una extensa retrospectiva sobre la artista donostiarra en el Palacio de Velázquez, que abarcó toda su trayectoria desde los años 60. Ahora el Guggenheim de Bilbao le dedica, hasta el próximo 10 de junio, Esther Ferrer: espacios entrelazados, una exposición que reúne nueve instalaciones inéditas, que reflexionan en su mayor parte, sobre la construcción del espacio.

Pionera de la performance en nuestro país, ha definido este género como "el arte que combina el tiempo y el espacio con la presencia de un público que no es mero espectador, sino que si lo desea, puede participar en la acción". Con ella representó a España en la Bienal de Venecia; y gracias a ella también fue galardonada con el Premio Nacional de Artes Plásticas en 2008.

En activo desde los años 60, desarrolló gran parte de su carrera con el conocido colectivo ZAJ (al que también el Reina Sofía dedicó una exposición hace dos décadas) y junto al resto de sus miembros (Walter Marchetti, Ramón Barce y Juan Hidalgo) mantuvo una intensa actividad entre 1967 y 1996. Todos ellos fueron deudores del movimiento Fluxus pero, sobre todo, del compositor estadounidense John Cage, de quien adoptaron la importancia del azar, los vacíos y el silencio en la producción de toda obra.

Paralelamente a sus colaboraciones con Zaj, realizó de forma individual obras plásticas a través de fotografías intervenidas, instalaciones, cuadros y dibujos, basados en la serie de números primos, objetos o piezas sonoras, que pueden inscribirse dentro del arte minimalista y conceptual además del feminismo.

Entre las instalaciones que el público va a descubrir por primera vez en el museo vasco está Entrada a una exposición (1990/2018) con la que Ferrer pretende que cada visitante tome conciencia de su propia piel a partir del contacto con un elemento externo, que en este caso son plumas.

Se trata de una obra ideada para despertar sensaciones y aumentar la capacidad de percepción de cara al resto de la exposición. "Se trata de sentir, no de pensar; para eso ya está el resto de la exposición", dice la artista para quien la piel "es la puerta de entrada de nuestras sensaciones debido a su interacción con el sistema nervioso".

Conciertos de risas

Las risas del mundo (1999/2018) es otra instalación interactiva realizada con el objetivo de que los espectadores se impliquen en ella de una forma activa. Para ello, ha colocado una serie de dispositivos electrónicos suspendidos sobre distintos puntos de un gran mapamundi dispuesto en el suelo. Se trata de más de 40 tablets que muestran imágenes de bocas de personas de diferente edad, género y procedencia, y que reproducen el sonido de sus risas.

Su reproducción está en manos del espectador ya que solo se activan si éste se acerca a ellas, permitiendo celebrar lo que Ferrer define como "conciertos de la risa" espontáneos. Para la artista el humor y la ironía son clave a la hora de crear una obra de profundo carácter crítico.

Le siguen las Instalaciones con sillas (1984 y 2018), elemento que para la artista evoca irremediablemente al ser humano. "Desde siempre me han interesado las sillas, objetos cotidianos, casi anodinos, pero que, con su sola presencia, pueden modificar el espacio de una habitación", confiesa. Su disposición, bien en solitario o en un grupo, crean conjuntos de líneas rectas o curvas que en manos de Ferrer siempre dan como resultado creaciones fascinantes.

Por último, se agrupan los Proyectos espaciales (1997/ 2018). Aunque Ferrer comenzó a trabajar en esta serie en los años 70, las instalaciones que se presentan en esta exposición corresponden a proyectos en dibujos o maquetas que datan de 1997 a 2006, diseñadas por la artista mediante estructuras de cartón similares a las maquetas de arquitectura.

Estas obras le permiten "dibujar en el espacio". En ellas utiliza elementos frágiles como hilo, cable, cuerda o elástico y los dispone entre las paredes desnudas, el suelo y el techo de estas maquetas creando infinitas composiciones geométricas en tres dimensiones. ""el espacio no es el soporte de la obra sino su materia prima, tanto el espacio natural como el arquitectónico, del que se apropia, utilizando, generalmente, los mínimos elementos posibles".