Marisa testimonio 8M
Marisa, en un parque de Fuenlabrada (Madrid). JORGE PARÍS

Marisa está cerca de cumplir los 55 años y vive en el municipio madrileño de Fuenlabrada. Trabaja solo los fines de semana (16 horas semanales) y los días festivos en el servicio de limpieza del Ayuntamiento de la localidad. Y tiene muy claro que este jueves 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, saldrá a la calle como otras miles de mujeres para reivindicar que "todavía hay mucho machismo" contra el que luchar y que ellas no son menos: "Nosotras podemos hacer igual de bien un 'trabajo de hombres'", enfatiza.

La jornada laboral la pasa junto a una compañera: ella conduce el camión y Marisa es el peón. Una maneja la grúa y la otra engancha los cubos. "No te puedes hacer una idea de cómo nos miran los hombres cuando trabajamos. Algunos nos felicitan, pero otros muchos piensan que hacemos un trabajo que no va acorde con nuestras capacidades, y les fastidia porque piensan que no es para nosotras, sino para ellos", declara Marisa y añade: "No es cuestión de fuerza, de tamaño o de sexo. Somos tan válidas como ellos".

Respecto a la brecha salarial afirma que en su empresa, en la que lleva 9 años, nunca ha tenido ningún problema. "Pero las mujeres constantemente tenemos que demostrar lo que valemos, aunque hayamos llegado a ser directoras de banca. Esto no les pasa a los hombres porque se da por hecho que valen y hacen su función". También le preocupan los jóvenes: "En el instituto hay violencia machista por parte de los chavales, y las niñas no se dan cuenta de que les controlan el móvil, el Twitter, el Facebook, la forma de vestir... todo. Ellas piensan que se ponen celosos porque las quieren".

Víctima de violencia machista

Y Marisa sabe de lo que habla. La violencia de género cambió su vida hace más de 20 años. Casada con un ludópata, sufrió en sus propias carnes el maltrato, sobre todo psicológico, por parte de su exmarido, con el que estuvo 35 años casada. Gritos, insultos e incluso amenazas de muerte y de suicidio que se tradujeron en una denuncia con la que consiguió divorciarse el 19 de mayo de 2014 tras un juicio rápido en el que el hombre reconoció sus actos.

Él, con una orden de alejamiento a 500 metros de ella y condenado a 6 meses de prisión, le dejó una deuda de la que también tuvo que hacerse cargo: la hipoteca que ahora paga con un sueldo de poco más de 700 €. Pero no era la única que este hombre tenía a causa de la ludopatía, pese a que acudió a terapia casi 4 años. "Un día, ocho años después, encontré extractos bancarios, dinero y una tarjeta en la parte trasera de su coche", motivo suficiente para explotar: había recaído. Sin embargo, por las deudas Marisa tardó hasta 10 años en tomar la decisión final, tiempo en el que convivieron, pero como si no fueran pareja: "No teníamos ninguna relación. Me decía muchas veces que a ver cuándo le iba a levantar el castigo, y yo le repetía que nunca". "No entendía que yo quisiera separarme y era muy celoso".

Y es que ella ese tiempo intentaba hacer su vida al margen de su marido, pero el maltrato fue a más. Hasta que un día se plantó y decidió grabar sus gritos y amenazas: "Me dijo que había intentado suicidarse pero que no había podido y me repetía: 'Yo no me puedo suicidar, pero a ti sí que te puedo matar'". Esta discusión para ella era "algo normal, el día a día", pero se la entregó a la presidenta de la Asociación de Víctimas de Violencia de Género y esta la instó a que fuera a denunciar.

Maltrato a sus hijos

El maltrato no le afectaba solo a ella, sino también a sus hijos Daniel y Sandra. El primero, que ya tiene 30 años, se fue de casa con solo 18 años "por no aguantarlo". Antes del divorcio, Daniel se enfrentó a su padre en varias ocasiones. Incluso de pequeño. "Cuando solo tenía 8 años y era el Día del Padre, en el colegio hicieron un pisapapeles de barro en forma de mariquita como detalle para entregárselo. Se lo dio y vino mi marido diciendo que lo iba a matar. Yo no entendía qué había pasado, pero detrás de la mariquita el niño había grabado con algo 'ojalá te mueras'. Y para que un niño de 8 años escriba eso cómo se tiene que sentir...", relata su madre.

Este joven, que ahora trabaja en Perú de integrador social, lo pasó realmente mal en su infancia y a esto se sumó la ocultación de su condición sexual a su progenitor. "Mi hijo es gay y, claro, no sabía cómo decírselo a su padre. Entonces, cuando se lo dije, le advertí directamente: 'No quiero oírte decir ningún comentario malo hacia el niño'. Y, por suerte nunca le dijo nada al respecto", respira aliviada Marisa.

Sin embargo, aunque parezca contradictorio, con Sandra "nunca se ha metido". Aunque Marisa ve en esto ya discriminación: "Al ser mujer, veía que no le podía hacer sombra, ni le molestaba ni le decía nada por eso". "Siempre fue una niña introvertida. Se encerraba en su cuarto por no escuchar los gritos de su padre". Sin embargo, tras la separación comenzó a hacer más vida social y tareas familiares. Empezó a cambiar su forma de ser, a abrirse más a la gente. Esta joven de 27 años no terminó sus estudios de ESO y ahora trabaja también a tiempo parcial: 20 horas semanales de cajera en Media Markt. Y ayuda a su madre a pagar el piso con una mensualidad de 100 euros porque su sueldo tampoco le da para mucho más.

Ahora Marisa vive en el mismo barrio que su exmarido, lo ve de vez en cuando en los bares, pero no ha vuelto a molestarla. Conque esta batalla ya la tiene ganada. A ella solo le queda seguir luchando por que no haya más víctimas de esta lacra machista y conseguir una igualdad de género en todos los aspectos: en lo laboral, en lo doméstico y en el día a día. Para ello participa en la Coral de Fuenlabrada, donde 25 mujeres cantan canciones conocidas pero con las letras cambiadas en apoyo al género femenino. Su lema: 'Cantando nos van a oír'.