Juzgados de Violencia contra la Mujer
Juzgados de Violencia contra la Mujer en Madrid capital. 20MINUTOS

Los juzgados para asuntos de violencia contra las mujeres de la capital ocupan un edificio entero en un polígono situado al norte de la ciudad. 20minutos pasó una mañana de guardia en sus instalaciones, en la misma semana en que organizaciones feministas anunciaron el inicio de una campaña de denuncia contra aquellos juzgados que dispensen un trato deficiente a las víctimas, iniciativa que las cuatro asociaciones de la judicatura tacharon al unísono de "ataque" a su independencia.

En seis horas entre juicios rápidos, por el pasillo del juzgado de guardia y en los accesos a las instalaciones es posible ver que a día de hoy hay mujeres que denuncian violencia de género sin el asesoramiento mínimo necesario sobre el proceso que inician, mujeres expuestas al contacto con los hombres denunciados e incluso que algunas salen de los juzgados tan desamparadas como entraron, o incluso más.

La guardia la tiene en este día un juzgado ubicado en la tercera planta. Dos mujeres, denuncia en mano, esperan desde las ocho de la mañana a ser atendidas, sentadas en la fila de sillas del pasillo angosto que comparten dos magistrados, con una sala para juicios en cada extremo, y entre ambas, las oficinas de los equipos funcionariales, la fiscalía, el forense y el gabinete de la trabajadora social.

De 20 metros de largo por unos dos metros de ancho, a primera hora está vacío, pero desde media mañana parece el metro en hora punta: con denunciantes tratando de evitar que se les acerquen los acusados, familiares haciendo de parapeto, abogados corriendo de sala en sala, funcionarios trayendo y llevando papeles, y agentes de la Guardia Civil o de la Policía Nacional, a pares, conduciendo a detenidos esposados desde el calabozo a los juicios.

Profesionales habituales califican de trepidante esta guardia; hoy hay más movimiento de lo normal. A eso de las tres de la tarde la jueza suplica un receso antes de decidir si imputa también a una denunciante cuando el presunto agresor le dice que todo ocurrió al revés de lo que la mujer ha explicado: que ella lo atacó a él. La jueza pide que un descanso. "Que llevo 16 asuntos seguidos y ya no sé ni lo que hago", dirá.

Horas de espera

Mucho antes, a eso de las nueve de la mañana, un abogado de oficio del turno de las víctimas —en el juzgado hay otro turno de oficio para los imputados— se presenta y le da la mano a Ana (nombre ficticio), que será la última de sus cuatro defendidas esta mañana. Ella explica cómo hace dos días el padre de su hija, su expareja, entró en su casa y la acorraló contra la pared y la tumbó a la fuerza sobre una cama, retenida por las muñecas, recriminándole que no le hubiera cogido el teléfono en el día del cumpleaños de la niña. Su juicio está agendado para la una de la tarde, pero las mujeres deben acudir desde primera hora al juzgado porque nadie las informa previamente de la hora de su vista. Esta joven, limpiadora por horas, permanece intranquila toda la espera, recibiendo llamadas de su entorno que intentan disuadirla de que siga adelante con la denuncia.

Hasta que llega su juicio, su abogado no tendrá un minuto de respiro: rellenará documentos, leerá otras denuncias muy deprisa, tendrá que salir a buscar a los funcionarios para que separen al ex de Ana cuando se le encare en el pasillo. Y dentro de las salas de vista intentará buscar protección para sus defendidas. El ritmo es frenético. Y eso que ahora en las guardias a los letrados les han rebajado los casos que pueden atender de cinco a cuatro. Todavía los consideran demasiados, creen que tres por guardia sería lo óptimo.

En el primer juicio, al abogado le toca defender a una camarera de 20 años, que llega al pasillo de la guardia a toda prisa y con el labio roto. Anoche su novio, con el que lleva dos meses conviviendo, le dio un manotazo con el canto de la mano en plena discusión. Pero ella ha venido, dice, a retirar la denuncia. Ha pensado que mejor será separarse, sin procesos judiciales. Su abogado le hace ver que tiene una herida importante fruto una agresión. Ella insiste en que no desea que el proceso siga adelante. Su abogado le sugiere que diga al juez que no desea declarar. Pero el magistrado no se lo permite una vez en el juicio y le exige que dé su versión de los hechos. El trato del juez a la joven es correcto, incluso cercano y delicado. Los habituales dirán que es de los jueces con más experiencia de los juzgados y tal vez el más serio de todos. Por la misma puerta por la que se marcha la víctima, entra segundos después, esposado, el denunciado.

El joven ha pasado la noche en el calabozo. Está nervioso, y a preguntas de su abogada cuenta que la denunciante inició una pelea tras saber que él quería dejar la relación. Reconoce que habían bebido mucho alcohol y asegura que no quiso herirla, sino hacer que dejara de gritar y de romper cosas. El juez le corta, y le reclama que le trate de usted. La Fiscalía solicita un juicio por lesiones, el juez accede y queda fechado para unos pocos días después. En el pasillo, el abogado le explica a la joven que a este segundo juicio debe presentarse, que ahí sí podrá no declarar contra él. También le recomienda no ir sola a sacar sus pertenencias de la casa.

Contacto físico

En ese momento, en un extremo del pasillo, de la tensión el aire podría cortarse con un cuchillo. El retraso de un juicio obliga a compartir un espacio reducido a una mujer y a su ex, a punto de entrar. Ella le ha denunciado por maltrato y hoy mismo ha sabido que él ha puesto una contradenuncia en la que la acusa de acoso a ella. La familia de ella se aposta alrededor para impedir hasta el contacto visual. A él le rodea su equipo legal. Durante las dos horas precedentes, mientras se formalizaban los trámites previos al juicio, las dos partes permanecieron en plantas diferentes. Una funcionaria subía y bajaba para cada tarea burocrática. Pero este rato no se ha podido evitar el indeseado encuentro.

Las salas de vistas en estos juzgados solo tienen un acceso, y el encontronazo de las dos partes en litigio resulta inevitable. Ana, al ver lo que ocurre, intenta que alguien le diga si obligatoriamente tendrá que ver a los padres de su expareja, o a su ex mismo. Lamentablemente, es el denunciado quien un par de horas después se le apostará a un metro de distancia para hacerle ver que ya está aquí. No se mueve, hierático frente a ella. Y la saluda por  su nombre. Los segundos pasan, ella agacha la cabeza. El abogado de oficio, que en ese momento atiende a otra mujer, se percata de la situación y sale en busca de los funcionarios. Uno se lleva al denunciado al rellano. Ana llora en el baño.

A lo largo de la mañana, por el juzgado de violencia de género de guardia pasan mujeres que llevan desde dos meses de convivencia con los denunciados hasta 27 años, como es el caso de María (nombre ficticio). La acompañan sus dos hijos adolescentes, un chico y una chica. El padre aguarda afuera, en el mismo rellano que el ex de Ana. Cuando les toca el turno de pasar ante el juez, primero declara María. Sus hijos intentan acompañarla a dentro, pero una funcionaria se lo impide: "¿Les he dicho yo que entren, acaso?". Las vistas son cerradas al público. Un funcionario controla la puerta, y solo con permiso del juez es posible el acceso.

María cuenta que hace dos días ya denunció a su marido porque otra vez llegó bebido a casa y la insultó y amenazó. María, de origen latinoamericano, no entiende bien el protocolo del juicio, ni a veces qué es lo que le pregunta el magistrado. Nerviosa, no consigue especificar las afrentas o amenazas. María explica que lleva un año escondiéndose de su marido en su propia casa, dice que no le quiere ver condenado, pero que cada vez se pone más violento. La sala admite como testigo al hijo mayor, que dirá que su padre está últimamente más agresivo, desde que ella ha decidido separarse. El denunciado, por su parte, declara que no tiene problemas de alcohol y califica lo ocurrido de 'disputa conyugal'. Ni la fiscal ni el juez entienden que concurran las circunstancias necesarias para restringir sus movimientos e imponer orden de protección.

Visiblemente contrariado, el abogado sale al pasillo. "Lo que ha ocurrido es que la declaración no ha sido todo lo concreta que se esperaba. Debería haber puesto la denuncia en Policía asesorada por un abogado, para concretar los insultos, los gritos y las amenazas que está recibiendo de continuo", le explica a María. Le recomienda recurrir la decisión, así como iniciar, cuanto antes, los trámites de divorcio. A tres metros, en el mismo pasillo, otra letrada informa al marido de que no hay cargos contra él. Salen los cuatro del juzgado a vivir bajo el mismo techo.

Los abogados lamentan que las vistas sean tan expeditivas, que los jueces quieran ir directos a los hechos concretos, sin escuchar el contexto, que se meta presión a las partes y no se tenga en cuenta el alto contenido emocional de los asuntos. "En el batiburrillo es muy fácil que las mujeres no lleguen a concretar. Resulta frustrante porque así no se las puede defender". Los casos de violencia psicológica siguen siendo mucho más difíciles de probar, no hay un forense apropiado para estas víctimas, a las que no solo duelen los golpes.

Maltrato psicológico

Con la guardia en plena hora punta, y el pasillo lleno, una planta más abajo espera la llegada de un abogado de oficio una chica de 16 años. Viene a pedir a una jueza que disponga orden de alejamiento a su violador. Al percatarse de la gravedad del caso, el abogado pide al juzgado poder usar un despacho: quiere evitar que la adolescente se vea obligada a airear detalles de lo sucedido en medio de un pasillo. Los abogados no disponen en todo el edificio de un espacio privado; su labor la realizan en los pasillos y rellanos. Le dejan momentáneamente el despacho vacío de un forense. Sin embargo, no logrará que le permitan que en el juicio la menor declare con ayuda de una psicóloga, pese a que lo establece el protocolo. La joven tendrá que responder a la jueza en la vista, y sentirá que la juzgada es ella. Al principio, la magistrada se dirige a la muchacha con un tono de voz duro y seco. La joven responde temblorosa, pero cuando emergen los detalles del suceso, las maneras de interrogar de la jueza se relajan. La orden de protección le es concedida.

En la tercera planta, mientras, la jueza de guardia encara el último asunto, el de la joven Ana, que ha esperado toda la mañana entre el pasillo y el baño. La jueza le habla rápido y le corta muchas veces la exposición de los hechos. Le pide que se centre en los hechos denunciados. Pregunta y repregunta. Solo quiere oír qué le hizo y cómo se lo hizo. A los pocos minutos es el turno del denunciado, que a la primera pregunta sobre cómo se considera respecto de los hechos denunciados dirá "culpable". Su abogada se lleva las manos a la cabeza. La jueza levanta la mirada y le pregunta: "¿Culpable?". El joven se apresura a decir que no, que inocente, que fue Ana la que le agredió y que tiene heridas de un mordisco en el pecho. "¿Por qué usted no la ha denunciado a ella?". El chico dice que no quería llegar hasta aquí. La jueza ordena que el denunciado sea visto por el forense, desestimando la orden de protección, y la denunciante acaba la vista imputada. Tendrá que volver al juzgado para declarar, esta vez, como acusada. Ella se marcha sin entender qué es lo que ha pasado exactamente.