Pablo Picasso. 'Chiquillo introduciéndose en un Hamman un día reservado a las mujeres. Suite 347'c, 1968
Pablo Picasso. 'Chiquillo introduciéndose en un Hamman un día reservado a las mujeres'. Suite 347, 1968. Punta seca y aguafuerte, 49,9 x 64,4. Colección Fundación Bancaja © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2018. PABLO PICASSO

La primera vez que Pablo Picasso (1881 -1973) visitó el Museo del Prado tenía tan solo 14 años. Apenas estuvo dos horas y tomó apuntes de dos obras de Velázquez, uno de sus grandes mitos de la pintura: El bufón Calabacillas y El bufón don Sebastián Morra. Instalado ya en París, en 1936, Azaña firmó un decreto por el que le nombraba director de la pinacoteca. La Guerra Civil ya había comenzado, así que el malagueño nunca llegó a ejercer realmente como director ni tomó posesión del cargo. De forma sarcástica, el propio pintor bromeaba sobre ello diciendo que nunca lo habían destituido de forma oficial.

Sea como sea, la relación de Picasso no solo con el Prado sino con numerosas pinacotecas fue muy frecuente y una fuente de inspiración constante en su obra. Y así lo reivindica Picasso y el museo, exposición que ya pudo verse hace tres años en Valencia y ahora recala en el Círculo de Bellas Artes de Madrid hasta el próximo 16 de mayo.

Realizada en colaboración con la Fundación Bancaja, está compuesta por cerca de 200 obras, la mayoría grabados, que abarcan 72 años de producción del pintor (desde 1899, cuando tenía 18 años, hasta 1971, dos años antes de morir). Uno de sus grandes encantos es que incluye piezas que en contadas ocasiones han salido de los centros donde están expuestas, como una de las 44 versiones que Picasso realizó en 1957 de Las Meninas de Velázquez (fue tal su fijación con esta obra de Velázquez que la pintó de forma obsesiva durante cuatro meses).

El recorrido por los museos que influyeron en la obra picassina se divide ocho bloques. El primero hace parada en el Prado, donde aparte de Velázquez, Picasso se sentiría fascinado por la obra de Goya, influencia que dejaría plasmada en una de sus grandes obras: Guernica. Tan vinculado estuvo con el museo, que el propio autor pidió que el cuadro se expusiera en el Prado una vez que España recobrase las libertades democráticas.

Allí también descubrió a El Greco, aunque la obra de éste pintor que más le cautivó, El entierro del Conde de Orgaz, la contemplaría en Toledo. Su huella se reconoce en pinturas como Las señoritas de Aviñón (1907) y varios grabados de la Suite 347, como El entierro del Conde de Orgaz, según Picasso (1968), que se puede ver en esta exposición.

Una vez instalado en París, Picasso no abandonaría la afición de pasar horas y horas en los museos. Visitaría con mucha frecuencia el Louvre, donde descubrió a Courbet y Delacroix. De éste, su cuadro Las mujeres de Argel fue objeto en 1955 de quince versiones. El parecido de la mujer de la derecha con su propia mujer, Jaqueline Roque, llevarían a Picasso a hacer más de 70 retratos de ella, que pueden apreciarse en los linograbados de 1962 presentes en esta muestra.

Otro museo parisino que le encantaba era el del Trocadero, donde descubriría el arte primitivo, iconografía que también plasmaría en Las señoritas de Aviñón. La exposición incluye, de hecho, uno de los cuadernos de bocetos, el número 7, que dio origen a esta obra maestra del arte.

El influjo de Rembrant y Degas también se manifestó en su obra. El pintor holandés apareció en 1934 en su Suite Vollard y llegó a firmar uno de sus famosos mosqueteros con el nombre de Domenico Theotocopoulos van Rijn da Silva, haciendo un juego con los nombres de El Greco, Velázquez y Rembrand. La afición de Degas por retratar los burdeles que frecuentaba, inspiró a Picasso para convertirle en espectador de los más de 50 grabados que le dedicó en la Suite 156.

Otro maestro francés con el que compartiría muchas similitudes fue Ingres: ambos estudiaron la obras de los grandes pintores que les precedieron, sentían una gran atracción por el erotismo y su admiración por Rafael y su romance con la Fornarina. Aunque le descubrió en el Louvre, fue en sus visitas al museo monográfico del artista en Montauban donde dio rienda suelda a esta pasión.

Precisamente, estos amores de Rafael con la Fornarina componen el último capítulo de la muestra, que narra como esta historia inspiró 25 grabados de Picasso incluidos en la Suite 347 y cinco poemas de su gran amigo Rafael Alberti.

Como valor añadido en la muestra pueden verse varios fragmentos del documental El misterio Picasso, del francés Henri-Georges Clouzot, que se alzó en 1956 con el Premio Especial del Jurado del Festival de Cannes. La cinta, rodada en el estudio del pintor, permite conocer la técnica y el modo de trabajar de Picasso mostrando la creación de diversas obras de arte que fueron destruidas después de la filmación.