Hay un tipo de animación japonesa, pegada a la realidad, especialmente capaz de mostrar la complejidad del ser humano con sutileza. Películas con finales tan abiertos como en la vida real y una estética que persigue la poesía. Este viernes llega a los cines españoles uno de estos títulos: la melancólica, pausada (tal vez demasiado) y esperanzadora A silent voice (Koe no Katachi), ganadora del premio a la mejor película de animación en los Tokyo Anime Award de 2017 y nominada a mejor película en los Premios de la Academia de Cine Japones.

Este tercer film de la joven directora Naoko Yamada recorre con fidelidad la historia recogida en el manga de Yoshitoki Ōima, publicado en España por Milky Way Ediciones. El protagonista es Shoya Ishida, un niño tan lleno de vida como la canción que nos lo presenta, My Generation de The Who. Es un brillante arranque, un canto a la despreocupación de una infancia libre, que se interrumpe con la llegada a clase de una nueva alumna, Shoko Nishimiya, que es sorda y solo puede comunicarse mediante lengua de signos y escribiendo.

A partir de ese momento seremos testigos de como Ishida acaba convertido en el azote de Nishimiya, en el abusón detestable que se ampara en una manada que ríe las gracias o ignora el dolor y aislamiento de la niña. Todos ubicados en un entorno educativo que no sabe dar respuesta adecuada a una situación que, tras estallar, supondrá la marcha a otro centro de la recién llegada.

Pero ningún estatus es inmutable, todo ser humano es complejo, cambiante y dependiente de las circunstancias y personas que le rodean, y nadie está libre de ser objeto de acoso escolar. Por eso el niño popular, fuerte y simpático, el acosador que hemos llegado a detestar, tornará en acosado, sufriendo de la misma manera que hizo sufrir.

La historia nos lleva a continuación a conocer a otro Ishida: un joven de diecisiete años tan aislado como lo estaba Nishimiya que ha llegado a odiarse a sí mismo y que inicia un camino hacia la redención de la mano de la que fuera su víctima. Un recorrido al que se sumarán secundarios que en algún caso quedan algo desdibujados y entre los que destaca la inolvidable hermana de Nishimiya.

A Silent Voice no es una película perfecta. Se resiente de alguna coincidencia forzada, un romanticismo que no toca tierra, cierto empeño excesivo en forzar la lágrima y un desarrollo que va perdiendo fuerza. No obstante, el mayor inconveniente es su ritmo. A la delicadeza de la historia y el dibujo sin duda le era necesario un caminar pausado, pero adolece en exceso de lentitud, en ocasiones es incluso redundante. Sus 130 minutos podrían haberse reducido sin dificultad. 

Pero merece la pena ser espectadores del periplo hacia la luz de este antihéroe heroico que se encara a su pasado, de esa chica obligada a esforzarse para encajar en un mundo que no se lo pone nada fácil al diferente. Lo merece porque su gran valor es entender la complejidad que encierra todo ser humano y facilitar una reflexión nada superficial.

La sombra de Your Name y su reciente y abrumador éxito de taquilla y crítica podría amenazar la identidad de este destacable título, pero estaría fuera de lugar enredarse en comparaciones. A silent voice no tiene la brillantez artística del film de Makoto Shinkai ni te lleva de la mano a un ritmo tan preciso, pero encierra con una delicadeza inusitada material de sobra para ahondar en temas complejos como el acoso escolar, la redención, la inclusión, el suicidio, la culpa o la amistad.  Por eso es especialmente recomendable para el público adolescente, para acudir en familia con ellos y charlar después incluso.