Taranto
La costa de Taranto, en Italia.  WIKIMEDIA COMMONS

Cuando el viento del norte barre el golfo de Taranto, en el sur de Italia, las escuelas del barrio de Tamburi echan el cierre para proteger a los niños de las partículas tóxicas que arrastra desde los yacimientos de una cercana y polémica acería.

Tamburi, con sus casi 18.000 habitantes, se encuentra en medio de un paréntesis contradictorio, delimitado en el sur por un espléndido mar Jonio y en el norte por el enorme yacimiento que la siderúrgica ILVA explota desde la década de 1960, no exenta de controversias.

La existencia de esta factoría ha condicionado la vida de Taranto y, en los últimos tiempos, entre problemas económicos, denuncias por contaminación y peticiones de clausura, ha provocado que las escuelas de Tamburi cierren a menudo para esquivar la polución.

Es solo una parte de un problema enorme, el de la contaminación, que ha provocado una situación "crítica" en esta ciudad, con un "exceso" de tumores presumiblemente provocados por "las condiciones ambientales, laborales y los estilos de vida de la población", según recoge un informe de 2017 del Ente Sanitario Local (ASL).

El cierre de las escuelas se da en los Wind Days, jornadas en las que el viento del noroeste supera los siete metros por segundo por más de tres horas consecutivas, arrastrando el polvo del yacimiento e impregnando todo el barrio con sus partículas ferrosas.

Cuando esta nube de polvo se levanta, las escuelas de Tamburi son sometidas a una aportación "más elevada" de partículas finas (PM10) de los altos hornos, como explica el director de la Agencia para la Protección del Medioambiente de Apulia (ARPA), Vito Bruno.

Todo, agrega, pese a que la concentración de estas partículas en suspensión ha caído en Taranto desde 2012 por las medidas del Plan Regional de Calidad del Aire y la menor producción de la factoría.

Once órdenes de cierre en tres meses

No obstante el alcalde de la ciudad, Rinaldo Melucci, ante las previsiones de viento, ha decretado el cierre de las escuelas hasta en once ocasiones desde octubre y el pasado 24 de enero ordenó que en esos días solo abran sus puertas hasta el mediodía.

En su ordenanza, el regidor además pide a ILVA que ante una previsión de viento de componente noroeste detenga las excavaciones en la mina, así como la cadena productiva, y proceda además a la "limpieza extraordinaria" del barrio Tamburi, entre otras medidas.

Para zanjar esta situación y contener el polvo, el jueves comenzó la construcción de unas estructuras que deberán cubrir toda la zona de excavaciones, con una extensión de 28 campos de fútbol, pero las obras, de la compañía Cimolai, no concluirán al menos hasta 2020.

Mientras que el director del ARPA ve esto como una "solución definitiva", el presidente de la plataforma ecologista Peacelink, Alessandro Marescotti, cree que solo es un modo de contención ya que la contaminación ha impregnado la colina sobre la que se encuentra.

"Esta cobertura por sí misma no basta porque bajo los yacimientos minerales hay una profunda contaminación de la capa más superficial (...) y esta es otra amenaza muy grave para el medioambiente y potencialmente contra la salud", advirtió el experto, que aboga por una operación de saneamiento del subsuelo "no menos colosal".

Sin embargo, gran parte de las madres y los padres de Tamburi se decantan por el cierre, como Chiara de Michele, cuyos dos hijos de 5 y 7 años se han visto afectados por las interrupciones de la escuela, según relata en una conversación telefónica con Efe.

En su opinión "no es la escuela lo que debe ser cerrada sino que son ellos (ILVA) quienes deben adaptarse" a la gente de Tamburi y asegura que la única solución es cerrar la siderurgia, en la que, como muchos de sus vecinos, trabaja su propio marido.

Lo mismo opina otra perjudicada, Loredana La Carbonara, que tilda la situación de "trágica y dramática" y reconoce cierto "sentimiento de culpa" por haber hecho algo a priori natural: hacer crecer a su hijo de 13 años en el mismo sitio en que lo hizo ella.

Otro vecino de Tamburi, Giuseppe Roberto, lamenta que la apertura de la acería cambió para siempre la vida de un lugar que, recuerda, fue una meca para los enfermos de tuberculosis que acudían para sanar respirando la limpia brisa del mar en un tiempo que ya se antoja remoto.