Henri Michaux. Sin título, 1938–39
Henri Michaux. Sin título, 1938–39. Gouache sobre papel negro. 100 x 130 mm. Colección particular, París. © Archives Henri Michaux, VEGAP, Bilbao, 2018 Foto: Jean-Louis Losi HENRI MICHAUX

En 1955, cuando el poeta y pintor belga Henri Michaux (Namur, Bélgica, 1899 –París, Francia, 1984) contaba ya con 56 años decidió tomar parte en un atípico experimento. Bajo la supervisión del neurólogo bilbaíno Julián de Ajuriaguerra, Michaux degustó sustancias como mescalina, psilocibina y LSD 25 con ánimo de explorar sus efectos en su producción artística.

Deslumbrado por las "mutaciones psíquicas y sensoriales" que éstas generaban, llevó a cabo numerosas sesiones hasta principios de los 60 que recogería en dos obras literarias –Miserable milagro y El infinito turbulento- y gran número de dibujos. Por estos trabajos se le llegaría a considerar el precursor de la cultura psicodélica aunque él siempre insistiría en que solo era un "sobrio bebedor de agua" nada interesado en los paraísos artificiales.

Parte de estos dibujos se reúnen ahora el Museo Guggenheim como parte de la exposición Henri Michaux: el otro lado, que abarca sesenta años de una febril actividad creativa que dio pie a miles de obras sobre papel. Gracias a la colaboración con los Archivos Michaux de París, al museo vasco llegan más de 200 -entre piezas, documentos y objetos del artista – divididas en tres grandes bloques: la figura humana, el alfabeto y la psique alterada.

Su primer contacto con la pintura se produce a principios de los años 20 gracias a los trabajos de Paul Klee y Max Ernst. Desde sus inicios se pudo apreciar su especial predilección por el trazo fluido, accidentado y el desbordamiento, "deseables para un artista que siempre buscó la intervención del azar", señala el museo. "No preparaba lo que iba a hacer, sino que se ponía en disposición de lo que iba a suceder sobre el papel", añadía el comisario Manuel Cirauqui en la presentación de la muestra.

Tinta sobre papel, gouache sobre fondo negro y el frottage serían sus técnicas de cabecera para dar vida a figuras, signos y paisajes ambiguos. Él mismo llegó a confesar que el único movimiento con el que podría asociarse sería el fantasmismo, término con el que puso nombre a los personajes indefinidos de su creaciones. Especial predilección tuvo también por las escrituras orientales y los ideogramas chinos, que dio pie a la creación insistente de alfabetos inventados y una extensísima producción gráfica. La exposición podrá visitarse en Bilbao hasta el próximo 13 de mayo.