Cierra desde este 16 de enero hasta el 23 del mismo mes Chevi Muraday la celebración del vigésimo aniversario de su compañía, Losdedae, subiendo a escena de la sala Margarita Xirgú del madrileño Teatro Español el brutal montaje Black Apple y los párpados sellados. Un montaje que surge en un punto que no desarrolló Camus en La peste.

¿Cómo se le ocurrió esta pieza?
Tras leer La Peste. Camus no desarrolla la historia del matrimonio Castel; los deja cuando cierran la ciudad de Orán, infectada por la peste, y ella decide volver. ¿Por que vuelve si puede morir por la peste? Nosotros lo desarrollamos donde lo deja Camus: no pueden salir de sus casas, no hay qué comer, solo ratas, pero no pierden su dignidad.

¿Cómo de devastador es meterse en esta historia?
Es bastante devastador enfrentarte y lanzarte sin paracaídas. Tiene una exigencia muy bestia que hace que tengas que estar de verdad. Si no, no es creíble.

Había cosas conectadas a mi vida que no podía ni decir¿Cuántas teclas le ha tocado?
Muchas, porque los dos personajes están construidos desde nuestras vivencias y tienes que hurgar en lugares muy incómodos. Hay textos que ahora empiezo a vocalizar sin que se me quiebre la voz. Había cosas conectadas a mi vida que no podía ni decir. Lo que sucede es muy bestia. Tengo muchas ganas de bailarlo en este teatro.

¿Tiene un significado especial para usted?
Sí, yo pasaba por delante de este teatro todos los días con 15 años. Vivo solo desde entonces. Trabajaba en una discoteca y tras dormir dos horas iba a estudiar danza. Todos los días pasaba por delante del Español. Vivía en esta calle, Príncipe. Es muy emocionante y gratificante, porque cuando te ves en el cartel sabes que lo has hecho tú mismo.

Y solo, aunque sea una compañía, porque ha sido un empeño personal...
Si algo tengo, es que yo voy poco a poco y me tropiezo constantemente, pero siempre continúo.

¿Un canto al amor esta obra, aunque sea tóxico?
¿Por qué vuelve la señora a Orán si sabe que está infectado todo por la peste? ¿Es por la necesidad de estar con su pareja aunque no pueda estar con él y a la vez no pueda vivir separada? Así que sí, es una declaración de intenciones: es un vamos con todo.

Un «me la juego» en toda regla, ¿cuántas veces se la ha jugado usted?
Cada vez que me subo a un escenario. Salgo con contracturas, físicas y emocionales. Y esta toca lugares que tenemos casi todos muy protegidos. Esos lugares que no queremos tocar.

Esta pieza va directa a todos esos sitios, los que hayan renunciado a alguna pasión van casi a llorar viéndolo.
No sé, es muy catártico. Para mí lo ha sido.

¿Nota al público?
Cuando contienen la respiración, cuando lloran, cuando sufren...

No hay un lugar en la sociedad española para la danza ¿Y mira a la cara?
Sí, rompemos la cuarta pared. A mí me interesa mirarte a la cara, llegar a esa cercanía bestia de milímetros. Me aporta muchísimo decirte el texto mirándote a la cara.

¿Damos por perdido un teatro para la danza?
Me parece triste y patético. No hay un compromiso hacia la danza, y no solo porque no haya un espacio. Es que no hay lugar en la sociedad española para la danza y eso teniendo una embajadora como la danza española..., que no la hay en otro lugar del mundo. Es un país mutilado.

¿Culturalmente mutilado?
Hay un interés en estrangular la cultura como sea.

¿Qué se lleva de estos 20 años?
Me han servido para encontrar el sitio. Es un darte cuenta, un decirte: Llevo ya 20 años de compañía privada de danza contemporánea en España. Pienso: hazlo tú, cuando alguien me dice algo. Apuesta tú por la cultura en este país, arruínate tú y toda tu familia, embarga todos los bienes.

¿Ahí es donde uno sale y dice: vamos, si ya lo perdí todo?
Me he arruinado cuatro veces, y he vuelto a apostar. ¿Por qué? Pues porque yo tengo que hacer lo que de verdad quiero.