No es nada fácil hacer una crítica negativa de una película cuando uno es consciente del gran trabajo y cariño que se ha puesto en ella. Más complicado aún cuando se ha hablado con los protagonistas, cuya ilusión y buen rollo son contagiosos.

Pero Que baje Dios y lo vea no da mucha opción a la clemencia, y eso que el planteamiento tiene potencial. A saber, una especie de Sister Act con religiosos en vez de monjas y un equipo de fútbol en vez de un coro. Como en aquella recordada película musical, aquí también hay una Whoopi Goldberg transgresora, en la piel del poco ortodoxo padre Salvador (Alain Hernández), que se enfrenta a la severidad de un superior (aquí el padre Munilla de Karra Elejalde) para salvar un monasterio de la quiebra (la trama de Sister Act 2).

Por desgracia, los paralelismos se acaban ahí, ya que la propuesta española falla en sus dos grandes propósitos, emocionar y, sobre todo, divertir. Lo primero, que sería hasta cierto punto perdonable al tratarse de una comedia ligera, es culpa de una falta total de conexión entre la mayoría de los personajes. Hay poco feeling entre los protagonistas, muchos secundarios desaprovechados, un torpe uso de extras que aparecen y desaparecen de escena –según convenga hacer bulto o no– y una subtrama amorosa con escaso interés y repercusión casi nula en la trama principal, que además es más que predecible.

Pero lo más sangrante es que a una película de este tipo le cueste hacer reír. El pase para prensa de Que baje Dios y lo vea parecía un velatorio. Una de las primeras bromas, bastante escatológica, acabó de un plumazo con todas las expectativas cómicas. A partir de ahí, la incesante lluvia de chistes y bromas con poca gracia no lograron atravesar el invisible muro de perplejidad que en ocasiones se acercaba peligrosamente a la vergüenza ajena. Algunas risitas esporádicas, que casi siempre había que agradecer a Karra, salvaron la proyección del desastre absoluto.

Una de las primeras bromas, bastante escatológica, acaba de un plumazo con toda expectativa cómica

Tal vez en las salas sea diferente. Seguro que hay un público que suelta carcajadas cuando ve a un chaval recibir un balonazo en los testículos (véase Idiocracia o el cortometraje Hombre golpeado por balón de fútbol, de Los Simpson, para ampliar este concepto) y que disfruta con la sobreexplotación de clichés cómicos sobre el fútbol y la Iglesia. Después de todo, muchos consideraron la flojísima Ocho apellidos catalanes igual de buena que Ocho apellidos vascos, que no era una obra maestra pero tenía bastante mejor gusto.

Aunque la película no tiene grandes pretensiones, es una lástima que no se haya afinado mejor el tiro en una de sus dos líneas principales, bien potenciando la carga emocional (con más desarrollo de la idea de la Iglesia social y comprometida, por ejemplo) o bien apostando por otro humor quizá menos de masas pero más trascendente, si no una comedia fina e inteligente, tal vez otra menos blanca, más ácida en sus críticas y sus parodias.

Si, aprovechando que llegan los Reyes Magos a adorar al niño, a Dios le da por bajar a ver algo, mejor que lo que vea no sea esto.